domingo, 22 de marzo de 2026

Mario Vargas Llosa, el indigenista

Tal vez la primera reacción al leer estas líneas sea de confusión o, incluso, de indignación. Especialmente porque se ha extendido la idea de que el indigenismo no solo es la literatura que cuenta sobre el indio, sino que busca reivindicar su cultura y denunciar su explotación. Por lo tanto, es imposible que un autor como Mario Varllos Llosa sea indigenista tras la publicación de La utopía arcaica, donde sostiene que el incanato y la supérstite cultura andina simbolizan el atraso en el Perú contemporáneo, en contraposición a la modernidad importada de Europa. Nada puede ser y no ser a la vez, dijo Aristóteles miles de años atrás en su célebre Metafísica, complementando la dialéctica de Platón, la misma que comprueba que los opuestos son como los reversos de una misma moneda, es decir, la luz es a la oscuridad como la grandeza a la pequeñez, el dolor al placer e, incluso, la muerta a la vida. Y viceversa. Si este axioma es universal, entonces, ¿cómo es posible que el autor de La ciudad y los perros, el combatiente de mitos y supercherías, y adalid de la razón, sea un intelectual moderno e indigenista?

La respuesta es simple y compleja. El indigenismo fue un movimiento cultural que apareció durante las primeras décadas del siglo xx y, como su nombre indica, buscaba atender a la problemática indígena que, a un siglo de independencia, las jóvenes repúblicas y antiguas provincias de ultramar españolas no habían solucionado. Por ejemplo, en el Perú las tres cuartas partes eran andinas, es decir, herederas del incanato y culturas preincas. Y, sin embargo, ese gran contingente humano sufría el régimen feudal cuasi esclavista de las haciendas, dedicados a la agricultura y al vasallaje. No tenían el estatus de ciudadanos y muchos —evidenciado claramente durante la guerra contra Chile— ni siquiera sabían qué era el Perú. Aquello se trató de atender desde diferentes vértices y se propuso soluciones educativas, religiosas, administrativas y hasta burocráticas. Es durante el Oncenio de Augusto B. Leguía que se creó el Patronato de la Raza Indígena, una institución que daba cuenta, entre otras funciones, del número de rebeliones y levantamientos andinos contra el régimen de las haciendas. Pero no fue hasta la aparición de 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana que, por fin, se atendió aquella emergencia de forma idónea. “El problema del indio es el problema de la tierra”, dijo lúcidamente José Carlos Mariátegui, es decir, el problema era económico.

Había que acabar con el feudalismo y reformar, así, las bases de la sociedad peruana, limpiar al Perú, de una buena vez por todas, del lastre heredado de la conquista y la colonia: el régimen de las haciendas. Y es que mientras Inglaterra, por ejemplo, había llevado liberalismo a Estados Unidos (lo que explicaba su rápido ascenso como potencia mundial), España había traído a América el feudalismo, un sistema económico que ya durante el siglo xvi se mostraba como caduco, obsoleto, atrasado. No era para menos, aquello venía de la edad media. El fin de los pequeños reinos se terminó en el Perú, parcialmente, con la tardía reforma agraria de 1969 y tras el golpe de Estado del general Juan Velasco Alvarado.

Es en aquel contexto en el que podemos inscribir al indigenismo: como un movimiento cultural que buscaba mejorar la condición social de los indios, pero que no proponía ningún cambio a las bases de la sociedad y economía peruana. Y creo que en la literatura latinoamericana aquel propósito se deja ver más claramente. Novelas como Raza de bronce (1919) del boliviano Alcidez Arguedas o Huasipungo (1934) del ecuatoriano Jorge Icaza contaban la vida de los indios en las haciendas. Pero las críticas no iban contra el régimen de explotación, sino contra los indios, quienes no sabían “vivir en sociedad” al conservar sus costumbres religiosas y comunales. Es decir, el indigenismo quería que los indios se adhieran al sistema capitalista y a la vida en la ciudad, que renuncien a sus creencias y tradiciones, en suma, que abracen la modernidad entendida como lo importado de Europa.

La poética de autores como Clorinda Matto de Turner, Enrique López Albújar y Ciro Alegría rezumaba aquello en Aves sin nido, Cuentos andinos y El mundo es ancho y ajeno, respectivamente. En el primer libro el drama principal es el incesto, en el segundo la “justicia” brutal que ejercían los indios sin ley y en el tercero el despojo contra la comunidad de Rumi debía combatirse renunciando a las costumbres andinas, calificadas como de supersticiones. No es sino hasta la aparición de José María Arguedas, Gamaliel Churata y Manuel Scorza que la epistemología o filosofía andina, por medio de personajes, grupos sociales y escenarios, es descrita sin las trabas de autoridad o superioridad moral e intelectual del indigenismo.

Entonces, aquel buscaba solucionar los problemas sociales del indio, pero sin respetar su cultura y sin un cambio estructural en las bases del sistema económico (entendido como el fin del régimen de las haciendas hacia un liberalismo nacional) aquello era solo un intento fútil más. Un autor como Antonio Cornejo Polar en La novela indigenista ya había advertido sus límites y contradicciones. Nuestro Premio Nobel de Literatura 2010, en ese sentido, es un ilustre indigenista, en tanto sostuvo que los herederos del incanato y culturas preincas debían renunciar a su cultura y anexarse al ritmo socioeconómico de la ciudad. Citémoslo en La utopía arcaica:

 

"Sea positivo o negativo el juicio que merezca la informalización de la sociedad peruana, lo innegable es que aquella sociedad andina tradicional, comunitaria, mágico-religiosa, quechuahablante, conservadora de los valores colectivistas y las costumbres atávicas, que alimentó la ficción ideológica y literaria indigenista, ya no existe. Y también, que no volverá a rehacerse, no importa cuántos cambios políticos se sucedan en los años venideros. Las futuras utopías, si surgen, serán de otra estirpe. Vuelva la democracia o se consolide el régimen autoritario, se mantenga la política económica actual o se modifique en una dirección socialdemócrata o socialista, todo indica que el Perú se halla encarrilado hacia una sociedad que descarta definitivamente el arcaísmo y acaso la utopía".

 

Mario Vargas LLosa entiende, y celebra, que el Perú, finalmente, se haya inscrito a la modernidad y que aquel pasado milenario “ya no existe”. Esto último da cuenta que nuestro escritor más laureado, en realidad, no conocía el interior de su país y esto puede explicar, en parte, los errores que cometió durante su campaña electoral, los mismo que lo llevaron a perder ante un donnadie Alberto Fujimori de aquel momento. El aspecto religioso y mítico de la cultura andina sigue vivo y pujante al interior del país y suscitan diversas celebraciones cada año. Síntoma de esto es la salud que tienen algunas costumbres andinas y lenguas como el quechua y el aimara, a tal punto que han tenido que ser reconocidas como oficiales por el Estado. Si bien es cierto la religión mayoritaria que profesan los peruanos es el catolicismo, esto no ha desterrado el culto a deidades incaicas gracias al sincretismo. Al mismo tiempo, Vargas Llosa parece restarle importancia a la dictadura fujimorista, pues durante ese tiempo se llevaron a cabo las reformas económicas que él había propuesto en su plan de gobierno.

En su mismo libro de ensayo, cita a El zorro de arriba y el zorro de abajo como una fuente que valida su postura, pues está escrito por el propio José María Arguedas. Para el Nobel peruano la novela aquello representa la construcción de un país moderno, pues pobladores andinos migran hacia la pujante e industrializada ciudad de Chimbote, en la costa, donde se emplean en las fábricas harineras. A la larga, algunos extrabajadores terminan convirtiéndose en pequeños burgueses al montar sus propios y pequeños negocios. El costo de ese progreso es haber abandonado sus pueblos, sus costumbres, olvidar el quechua. Pero, en realidad, para José María Arguedas la ciudad de Chimbote es un ejemplo de modernidad fallida, pues los antiguos peones de haciendas son explotados por los dueños de las fábricas y la paga que reciben es gastada en las cantinas y prostíbulos que el progreso ha traído a la región. Lo confirma el hecho de que los dueños de las fábricas sean los mismos que de los lupanares y así el círculo de explotación se ratifica.  

Mario Vargas Llosa tiene razón cuando confesó que no pudo entender a José María Arguedas. En eso estamos de acuerdo, pues no podía concebir —al igual que los indigenistas— que su proyecto de nación buscaba cambiar las bases de la sociedad para incluir los saberes andinos en sus aspectos comunales y míticoreligioso, lo que simplemente es una faceta cultural y no una opción insensata por el atraso. Crítica similar recibió Felipe Guamán Poma de Ayala al español con que compuso Nueva corónica y buen gobierno, influenciado por la gramática del quechua y del aimara y al considerarse que mentía o alteraba la historia. Tal vez el único en entender, y reivindicar, el proyecto de Guamán Poma fue Gamaliel Churata, quien en aquel español andino vio el posible nacimiento de un nuevo idioma, el idioma del Perú. Por ello, en una de sus últimas entrevistas Vargas Llosa, refiriéndose a la polémica que Arguedas sostuvo con Julio Cortázar, califica de tontería lo dicho por el autor de Los ríos profundos respecto al oficio de escribir, que un escritor ha de quedarse en su país si quiere expresarlo genuinamente. No sé de otro intelectual que con tanta seguridad pueda calificar de esa forma a alguien tan importante como Arguedas. Su caso es particular, no tanto por la aguda depresión que atravesaba en el momento de la polémica, sino porque al habitar el mundo andino e hispánico al mismo tiempo su viaje era interior. Mientras que Vargas Llosa tuvo que aprender francés de adulto y como segunda lengua para migrar a Europa, Arguedas habitó desde niño el mundo de la costa y el de la sierra y aprendió ambos idiomas, español y quechua, de forma natural. Además, nos dejó un enorme trabajo antropológico que suma varios tomos, donde se dedica a estudiar los Andes y a analizar su relación con lo hispánico. Teniendo en cuanto lo anterior, ¿es justo calificar, de buenas a primeras, como tonterías lo dicho sobre su personal oficio a un escritor como Arguedas?

Debo señalar que mi intención no es sugerir que Arguedas fue mejor que Vargas Llosa o viceversa, simplemente resaltar una vez más la incomprensión de nuestro Nobel hacia el mundo andino y, por ende, hacia uno de sus más ilustres autores. Eso lo llevó a sostener que el habitante de la sierra debía renunciar a su cultura, debía dejar atrás los mitos y leyendas con que entendía el mundo y unirse a occidente y a la real civilización, es decir, seguir los designios culturales y económicos del capitalismo o neoliberalismo, exactamente lo que los escritores indigenistas profesaban como trasfondo de sus novelas. En forma de caricatura o sátira, ¿acaso esto no ocurre en Lituma en los Andes o en El hablador?

Hacia el final de estas líneas es necesario añadir que como escritor soy deudor de La ciudad y los perros, Los cachorros, La guerra del fin del mundo, pues definieron mi vocación y cambiaron para siempre mi percepción de la realidad. Incluso, puedo decir que como lector me sentí especialmente cerca de La ciudad y los perros, pues aparecen calles y diversos lugares que recorrí de adolescente, como Miraflores, Jesús María y especialmente el distrito de Breña donde crecí y La Salle de la avenida Arica, donde estudié parte de la primaria y toda la secundaria. Es decir, comparto con Vargas Losa el ser exalumno del mismo colegio. Por todo ello, es que nuestro Nobel es el más ilustre de nuestros indigenistas.

 

A modo de post data.

Los estudios andinos, en la actualidad, se han desarrollado y profundizado más y de ello dejo constancia, y cito, en mi tesis de doctorado que realicé en University of Pittsburgh dedicada al trabajo narrativo de Manuel Scorza. Para una mejor diferenciación que marque distancias con el indigenismo o el término «indigenista», he propuesto el uso de «andinismo» o «andinistas» para referirnos a autores como José María Arguedas, Gamaliel Churata o Manuel Scorza, quien, sustento, no es indigenista, sino moderno y andino a la vez. Aquella tríada de autores desarrolla la epistemología o filosofía andina, de modo que no censura los saberes incaicos y preincaicos; por el contrario, nos acercan a ellos sin los filtros de autoridad moral que tenía el indigenismo.

Finalmente, es posible entender desde el logos de la filosofía por qué Vargas Losa pasó de ser el más ilustre y acérrimo antifujimorista a ser el más ilustre y acérrimo fujimorista durante las últimas elecciones. Citando a Platón, los opuestos se generan en el proceso de la dialéctica. De ahí que no sorprenda el cambio radical en su postura política. No es posible, como decía Aristóteles, ser y no ser a la vez, por lo que el espacio entre ambos es el tiempo. El Vargas Llosa de los sesenta no se reconocería en el del primer cuarto del siglo xxi. Pero así es la dialéctica y por muy racional que haya intentado ser, no pudo escapar a la musa de filosofía.

domingo, 8 de marzo de 2026

La tiranía de los imbéciles

Han pasado más de 2500 años desde que Platón compusiera sus célebres diálogos y la humanidad, desde entonces, no ha mejorado sustancialmente el método científico que se encuentra en aquellas páginas. Hacia el final del libro vi de República, donde se expone cómo sería la sociedad perfecta, el filósofo griego inventa y lega para la posteridad esa primera piedra de ciencia. Esto también lo podemos leer en Fedón, tratado que demuestra la inmortalidad del alma y el mismo que cuenta por qué Sócrates es condenado a beber la cicuta. Y también por qué aceptó su injusto destino pese a que tenía posibilidades de luchar contra ello. Y es que Sócrates fue el primer científico y pagó con su vida su intento por encontrar la verdad, pues socavó los cimientos culturales de la época, dado que el mito todavía era considerado veraz o posible.

Platón, como parte del método científico, plantea la hipótesis. Del terreno de la filosofía pasamos al de las matemáticas o geometría, pues la construcción de una hipótesis para los geómetras es posible mediante modelos a escala y semejantes al principio de la verdad. Por ejemplo, al ocuparnos de la geometría tenemos que echar mano de triángulos y paralelepípedos y, su vez, conocer sus propiedades básicas, como la suma total de sus ángulos. Aquello recuerda mis días de postulante a la universidad, cuando llenaba mis cuadernos no de versos o historias, sino de cuadrados y rectángulos para despejar teta o alfa en el problema. Gracias a una conjunción de hipótesis realizada miles de años atrás en la antigua Grecia, sabemos que los triángulos equiláteros tienen sus tres ángulos iguales en sesenta grados o que el teorema de Pitágoras —otro filósofo y matemático muy importante— indica que la suma al cuadrado de los catetos en un triángulo rectángulo es igual a la hipotenusa también al cuadrado. Aquellos son principios que han devenido en axiomas comprobables y comprobados. Esto todavía no es la verdad, advierte Platón en sus célebres diálogos, sino el camino a ella. Una vez que conocemos estos principios, podemos hacer a un lado las herramientas que nos llevaron a las hipótesis y continuar, mediante un método deductivo, hacia el gran friso de la verdad.

Pues bien, este no es otro que el camino de la ciencia moderna que conocemos, pilastras en las que se apoyan las repúblicas del siglo xxi. Es la manera en que los científicos, en sus relucientes laboratorios y tras sus impecables mandiles, analizan y estudian a los virus y bacterias que actualmente atacan a la humanidad, por ejemplo. El mundo acaba de salir de una pandemia y sin garantías de que no ocurra de nuevo, las investigaciones deberían seguir incentivándose en las universidades. Tras trabajar con una hipótesis inicial de por qué el covid-19 mató a millones de personas en el mundo se encontró un principio a base de recolectar datos y analizar pacientes. Tras esto se supo que el covid-19, como muchos otros virus, atacan el sistema respiratorio y puede ser más mortal para los niños y las personas mayores, y puede agravarse por otros factores. Aquello es parte de la verdad, pues todo estaría relacionado y de ejemplo tenemos que los opuestos se complementan, es decir, la vida viene de la muerte como el día de la noche. Su constante búsqueda, gracias a la cual Platón construyó su filosofía y definió virtudes como la belleza y la justicia, define el progreso de la sociedad.

Pero el panorama actual nos empuja a la época oscura de la Edad Media, pues son los ignorantes y los bárbaros los que gobiernan países importantes y tienen decisiones influyentes no solo en sus ciudadanos, sino en los del mundo entero. Y los resultados lo vivimos ahora mismo, tanto en el plano nacional como internacional. Platón define justicia como lo que le corresponde a cada uno. No es una definición aislada, sino comunitaria, pues aquello que le merece a cada quien está inserto en función a la sociedad. Por ejemplo, es sabido que los seres humanos tienen aptitudes diferentes y por lo tanto habrán de orientarse a distintas disciplinas del conocimiento. Así, el que nació para ser abogado merece ser abogado, el ingeniero para ingeniero, el zapatero para el zapatero, el gobernante para gobernante, el soldado para soldado y así sucesivamente. Todo con el objeto de cubrir idóneamente, es decir, de asignar con sabiduría, las áreas dentro de la república que cada persona merece ocupar.

Para Platón los gobernantes deberían estar imbuidos del amor por la filosofía, de la búsqueda y contemplación de la verdad, pues son ellos quienes determinarán, con sus decisiones, el fracaso o éxito de la sociedad. Pienso que el autor de Fedro declararía que vivimos en behetría y que las repúblicas han sido tomadas por bárbaros y, sobre todo, se ha hecho pedazos la naturaleza de las aptitudes, pues los que gobiernan, evidentemente, no han nacido para ser gobernantes. Analizando el panorama actual podría decir que el sistema de gobierno es en realidad una oclocracia, nombre en los diálogos filosóficos para la enfermedad de la democracia, como oligarquía lo es para la aristocracia.

Finalmente, ante el avance y acentuación del capitalismo tardío, sucedido el estrepitoso fracaso del comunismo, no ha habido nada que se oponga al actual sistema en que vivimos y nada que, ni siquiera, le pueda poner un freno. Las humanidades, lo que dio origen a la creación de las universidades, vienen siendo desterradas y solo prevalece lo que se sume a la gran máquina y pueda generar dinero. El resultado ya lo estamos viendo, no es necesario que nos proyectemos en el futuro para caer en la cuenta de que es el tiempo de la tiranía de los imbéciles.

Los principios y virtudes no percibibles por nuestros cinco sentidos que, no obstante, constituyen ideales a seguir, han sido removidos por la producción de bienes, poder y dinero, justamente lo que Sócrates denunciaba como flagelos. Tal vez es momento de regresar a las fuentes, de volcarse a las humanidades, pero con el añadido de que Platón y Aristóteles sean criticables o mejorables y que sepamos la deuda que tienen con la filosofía egipcia o india. Del mismo modo, hay que reconocer que la filosofía no es únicamente una actividad intelectual de Europa, que existe también en China, África y en los Andes sudamericanos. En suma, volver a la búsqueda de la verdad y dejar atrás etiquetas que solo han contribuido al problema que actualmente enfrentamos.