En Pensando a la derecha Tony Zapata, historiador peruano con una antigua militancia, realiza el ejercicio de entender a la derecha peruana. Zapata, es válido decirlo, no es un hombre dogmático, por lo que su trabajo es objetivo y goza de la distancia que toda labor científica —en este caso, operando en el terreno de la historia— tiene que mantener con su objeto de estudio. Más que interesante, el libro es importante, porque responde en parte a la interrogante de quiénes son los intelectuales o cuál ha sido el plan de la derecha, críticas que la izquierda siempre formula, en especial cuando, a conclusión de Zapata, la derecha viene gobernando ininterrumpidamente el Perú con unas cuantas excepciones: durante el gobierno de Velasco, parte del primer Alan García y tal vez en la primera etapa de Pedro Castillo (línea de tiempo que escapa al libro, publicado en el 2016). Repasemos, entonces, los puntos claves de Pensando a la derecha.
El autor plantea tres tesis o ejes argumentativos para entender a la derecha en el Perú: 1) los gobiernos militares de Óscar R. Benavides de 1933 a 1939, el de Manuel Odría de 1948 a 1956 y el de Alberto Fujimori 1900 a 2000; 2) el clientelismo político antes que posturas de izquierda, centro o derecha o de militancia de partidos, donde el caso de César Acuña es el más pintoresco o representativo; 3) la tecnocracia, entendida esta como los grupos que defienden el sistema y aplican recetas liberales, o neoliberales, a la economía política y generalmente asesoran a los gobiernos de turno, pero no entran a batallar en la arena política (la excepción reciente a este criterio sería el efímero gobierno de Pedro Pablo Kuczynski).
Para explicar el primer punto, Zapata traza un paralelismo entre los gobiernos autoritarios de Benavides, Odría y Fujimori, caracterizados por ser liberales en lo económico, pero represivos en lo político, desterrando a adversarios, críticos insistentes, cerrando congresos e, incluso, echándose abajo elecciones con resultados que no les favorecían. A la vez, tales mandatarios de facto, pese a sus actos ilegales, gozaban de la simpatía y apoyo popular producto de un trabajo institucional y de bases. Basta un par de ejemplos en el caso de Benavides y Odría: el primero creó el Hospital del Obrero en la avenida Grau e inauguró instituciones estatales como el Ministerio de Educación; el segundo inauguró el Hospital del Empleado en la avenida Salaverry y entregó títulos de propiedad a la invasión 3 de Octubre, espacio que más tarde sería el distrito de San Martín de Porres. Lo mismo hizo el fujimorismo construyendo colegios y carreteras, además de ubicar asentamientos humanos y repartir alimentos entre los pobres. Y sus respectivas esposas o primeras damas jugaron un papel importante, especialmente en el caso de María Delgado, esposa de Odría, y en el de Alberto Fujimori con Susana Higuchi: antes de su ruptura y denuncia del régimen, tuvo un papel activo. Zapata, en un giro de tuerca, señala el diferente rol de Keiko Fujimori al asumir el puesto de primera dama, pues así el fujimorismo cedía la posta a una nueva generación y sobrevivía a su fundador. Y los tres, en lo que es tal vez el rasgo más importante, congeniaron con la oligarquía y grupos de poder, aplicando las mismas recetas liberales y, en el caso de Fujimori, neoliberales. Síntoma de esto es el shock o el draconiano procedimiento que en 1990 noventa, once días después de tomar las riendas del Perú, el gobierno fujimorista llevó a cabo para frenar la inflación heredada de la gestión aprista, el que consistió en cortar el subsidio estatal y liberar la economía a precios reales de mercado. Tanto Benavides como Odría supieron dejar el poder en el momento idóneo y preparar el camino a la democracia, pero Fujimori intentó mantenerse el poder y esto, a fin de cuentas, fue su acabose, pues convocó a nuevas elecciones ya cuando la corrupción de su gobierno era imposible de ocultar tras los vladivideos de su asesor presidencial Vladimir Montesinos.
Cabe señalar el papel histórico que Zapata le asigna al PAP, Partido Aprista Peruano, en especial al analizar la época de la Convivencia y el segundo gobierno de Alan García Pérez. Así, se ubica al APRA como un partido de derechas, lo que no resulta polémico ni sorpresivo dado que su líder Víctor Raúl Haya de la Torre pasó de tener una postura antiimperialista a servir a los intereses de la oligarquía peruana y alinearse con la política internacional de Estados Unidos. De esto da cuenta su alianza con Odría en 1956, su otrora feroz adversario, y su continuidad con Manuel Prado Ugarteche durante los años sesenta. Muchos fueron los que se alejaron para siempre del APRA tras su reacomodo a los vaivenes oportunistas de la época. Aquella lista va desde intelectuales y poetas, hasta cuadros políticos de choque, como la carta de los hijos del “Búfalo” Barreto —aquel dirigente aprista que falleció en la fallida intentona por tomar el poder en 1932— dirigida a Haya de la Torre donde se lo acusaba de traición. Así, a la luz de estas idas y vueltas, considerando sus operaciones más significativas en el poder, es que Zapata concluye que el APRA es un partido de derechas: la Convivencia no es un periodo aislado, sino que se conecta con el gobierno liberal de Alan García durante su segundo mandato, de 2006 a 2011.
En el segundo punto tenemos a César Acuña, quien ha construido un clientelismo político que escaparía a toda posición ideológica o militancia partidaria. Lo suyo fue creado no desde el Estado, como es el caso de Benavides, Odría y Fujimori (desarrollado en el punto uno), sino por medio de un conglomerado de universidades privadas y baratas que ha sabido amasar un considerable respaldo popular. La promesa futura —la misma que se viene concretando ahora que Alianza para el Progreso, el partido de los Acuña tiene una cuota importante de poder— es que los egresados de sus universidades obtengan puestos importantes al interior del Estado. Y creo que esto se ha visto ejemplificado ya, y por mencionar un ejemplo, en la polémica que se creó cuando un exministro de salud de filiación acuñista quiso bajar la exigencia del Examen Nacional de Medicina para beneficiar a los egresados de la Universidad César Vallejo: el 70 por ciento de sus estudiantes había desaprobado. La relación Acuña-electorado es simple, entonces: votas por mí y te aseguro puestos en el Estado a toda costa.
Finalmente, y en tercer lugar, tenemos la tecnocracia de derecha. Como señalamos, Zapata ubica aquí a los asesores de la mayoría de gobiernos para quienes el modelo y el crecimiento económico es lo más importante. El Estado debe dejar de ofrecer servicios o planes sociales para enfocarse en la economía de mercado: a su juicio, solo de esta forma la riqueza podrá alcanzar a todos. Por aquí desfilan personajes como Pedro Beltrán, el otrora director de La Prensa y quien se desempeñó como ministro de Hacienda (actualmente de Economía) por dos años durante el segundo gobierno de Manuel Prado Ugarteche; también Hernando de Soto, autor de los libros El otro sendero y El misterio del capital —a quien critica sutilmente, pues algunas de sus ideas ya se encontraban en Desborde popular y crisis del Estado de José Matos Mar—, donde explicaría que el Estado se dedica a celebrar negocios con grandes grupos de poder, pero deja de lado al pequeño emprendedor (al negociante que calificaríamos de informal o improvisado), quien pese a no encontrar espacio en la economía formal contribuye a ella y a su movimiento desde lo informal. Y, por supuesto, a PPK, quien desde los sesenta ha estado vinculado a los distintos gobiernos peruanos, tal vez el caso más emblemático sea durante la gestión de Alejandro Toledo como ministro de Economía.
El caso de PPK es diferente, señala Zapata pues es el único tecnócrata que decidió intervenir en la arena política directamente al presentarse él mismo como candidato presidencial. Lamentablemente, su gestión marcó un punto de quiebre, o hundimiento, para el Perú, cuando indultó con muchas sospechas de por medio a Alberto Fujimori y cuando obedeciendo a lo dictaminado desde la Casa Blanca permitió la entrada, sin control ni filtros, de migrantes extranjeros (muchos de ellos vinculados al hampa) y, en especial, cuando no supo enfrentar la embestida antidemocrática de Keiko Fujimori, quien terminó arrancándolo del cargo de presidente y se inició, así, toda esta escalada de inestabilidad política que continuamos sufriendo hasta hoy. Todos estos tecnócratas, al menos los mencionados, se formaron a la luz de teorías económicas liberales y en universidades de Estados Unidos. Para todos ellos el estado es básicamente un obstáculo para el desarrollo económico por su burocracia —sumado al problema de la corrupción y a la incapacidad de solucionar problemas sociales— y lo culpan de la paupérrima situación en la que se encuentra el Perú pese a que la tecnocracia de derecha siempre ha estado presente —para probar esto, Zapata cita una encuesta al empresariado peruano que apareció publicada en la página web del Instituto de Estudios Peruanos, IPE, donde la autocrítica brilla por su ausencia.
Finalmente, es posible también entender a la izquierda por medio de las decisiones de la derecha, especialmente analizando su reacción. En unas cuantas oraciones el autor explica por qué la izquierda desapareció del escenario político: “La ciudadanía evalúa ambos males como generados por políticas izquierdistas; la crisis económica como herencia de las empresas públicas y la guerra interna generada por un movimiento marxista, como Sendero. Si a estos factores locales se añade el contexto internacional, la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS, se entiende que la izquierda peruana haya declinado hacia fines de los ochenta. Encima se dividió en dos candidaturas de izquierda, Alfonso Barrantes versus Henry Pease. Ese declive de la mentalidad izquierdista fue cubierto por un avance del sentido común neoliberal. En ese sentido, Hernando de Soto habría adelantado ideológicamente el giro neoliberal de Fujimori”. A mi parecer, este párrafo sintetiza la desaparición de la izquierda, por qué dejó de ser una opción durante los noventa. Es solo casi treinta años después que, con una otrora Verónica Mendoza, volvió a ser una opción para muchos votantes. No podríamos contar a Ollanta Humala, pese a que amasó una gran capital político con propuestas de izquierda —recordemos que proponía un referéndum para cambiar la constitución de 1992 y en su lista congresal estaba, precisamente, Mendoza y el histórico Javier Diez Canseco—, pero tuvo que ponerse al centro para ganarle al fujimorismo y finalmente en el poder se ubicó en la derecha al designar como ministro de economía a Luis Miguel Castilla, viceministro durante el gobierno (de derechas) de Alan García. Lo que después vendría con Pedro Castillo es caliginoso, pues hubo cuadros importantes de izquierda en los ministerios, como Pedro Francke y Hernando Cevallos, quienes dejaron sus cargos por presiones de Perú Libre y las cuotas de poder que exigía el cerronismo, pero su pésima gestión manchada de corrupción —ejemplificada en su intento fallido de cerrar el congreso y otros poderes del Estado— dio paso a que la extrema derecha gobierne.
En síntesis, Pensando a la derecha ofrece tres ejes argumentativos para entender a la derecha en el Perú: su aspecto dictatorial con apoyo popular y medidas liberales; el clientelismo político fuera y dentro del Estado; y la tecnocracia neoliberal que siempre ha rondado las dependencias gubernamentales y ha impuesto su agenda aún cuando pierde las elecciones. Explicando a la derecha, este importante libro también permite entender especialmente a la izquierda, como un vaivén dialéctico-socrático-platónico que explica el origen de las cosas desde sus contrarios.