domingo, 29 de enero de 2017

"Muerte de Catulo", primer poemario de Marco Antonio Murillo

Decía Frederick Engels, el gran filósofo inglés, que sumergiéndose en la obra de Honoré de Balzac aprendió más sobre el impacto de la Revolución Francesa en la Francia de aquel entonces que leyendo libros de historia, más sobre el nuevo burgués y con, ello, la transformación de la sociedad del siglo XIX. Y es que la literatura, a diferencia de cualquier disciplina científica, tiene la capacidad de recrear y entender desde una ubicación privilegiada cualquier devenir que se quiera narrar: desde la solitaria vida de un individuo contemporáneo hasta la era arcaica grecolatina, por ejemplo, tanto en poesía y narrativa. Reflexionando sobre la historia, esta tiene que mantener cierta distancia con los hechos que analiza, para así sostener un tono objetivo sobre lo que va contando. En cambio, en la literatura uno puede romper esa línea de la fantasía con lo real y crear, en el amplio sentido de la palabra, un mundo que no obedece a ninguna regla, sino todo lo contrario.
Sin duda, esto sucede en Muerte de Catulo (2009) primer libro del poeta yucateco Marco Antonio Murillo, con el que ganó el premio Rosario Castellanos y actualmente becario para la fundación de las Letras Mexicanas. Por lo general, uno empieza a escribir sobre su tiempo y en ello desfilan los recuerdos de infancia, de adolescencia, primeros amores y la partida de algún ser querido, como puntos de quiebre o heridas sobre las cuales la escritura busca ser cicatriz. Murillo también toma este inicio, pero de una manera diferente: aquellos sentimientos o situaciones mencionadas aparecen a través del personaje Catulo, uno de los poetas más importantes de la época de oro romana. Por ejemplo, enfoquémonos en el siguiente poema: “A fin de cuentas, las palabras escritas en los muros/ terminan borrándose/ por el sol y nuestros ojos; ya sólo queda/ devolver en ruinas/ todas aquellas cosas que nombramos./ Al amarte, yo mismo me he nombrado”. Sin mencionarla, Lesbia está presente en estos versos, aquella amante que le causara tantos dolores a Catulo. Así, el tema del amor aparece, más claramente, en “al amarte, yo mismo me he nombrado”. Siguiendo la ilación de las líneas precedentes, el poeta al entregarse al amor, a ese terrible amor, se destruye, pues todo lo nombrado —como una manera nostálgica de tratar de evocar, sino ya revivir, lo que el tiempo ha arrebatado— por las palabras se ha perdido. El antiguo imperio, sus peristilos y pilastras dóricas, sus atrios y salones, son ahora escombros que el ejercicio de la poesía trata de dar vida nuevamente. Lo mismo ocurre con Catulo: al nombrarse es porque, igual que su antigua ciudad, es escombros.
Los siguientes versos toman la posta de la cita previa: “Pero ¿a quién engañar? Lesbia lo sabe./ Ella ha leído en periódicos y muros,/ e incluso de la boca de otros amantes,/ cada una de esas líneas,/ y no le importa quién las escribió”. Quien escribe esas líneas es, indudablemente, Catulo. Pese a ello, pese a que la inspiración ha venido de Lesbia, a ella no le importa. La autoproclamación de ser ruina ahora está ejemplificada en esta nueva cita y refleja muy bien lo que el poeta debió sentir ante la indiferencia de su amada, además de ser una ventana que nos deja vislumbrar ese sentimiento tormentoso al leer “de la boca de otros amantes”. Notemos que todo el poema está escrito en primera persona, lo que es una manera de darle voz al poeta latino y acercarse más a su dolor y a ese mundo de desventuras.
Pero no solo aquel amor autodestructivo desfila por los versos de Murillo. Una colosal nostalgia se puede leer en la siguiente cita: “Cuánto me entristece ver que esta mañana en la ciudad derrumban/ las últimas estatuas para levantar rascacielos, árboles que no/ darán fruto sino sombra”. La voz de Catulo, gracias a la poesía, puede proyectarse en el tiempo y contemplar los cambios que hay en torno, y sobre, su antigua ciudad, cuyas crónicas “hoy son el único documento que ha/ quedado”. Una vez más, la escritura, como una forma de mencionar o cantar lo perdido es lo único que ha podido dejar testimonio y recordar la antigüedad. Aquel pasado, en contraste con la modernidad está muy bien expresada en la siguiente estrofa: “Cuánto me entristece ver que el amor, el odio, y otros grandes/ sentimientos y palabras son sólo envolturas, colillas que se/ amontonan en las acequias”. Quizá el amor y el odio hayan sido los motores de las grandes historias épicas, como núcleos de los cuales se desprendían otros. Solo la Ilíada tiene de eje central el rapto de Helena, una historia de amor que oscila entre el odio y en la que se desprenden otros sentimientos, como el honor, muy importante entonces. Pero parecería que la actualidad (“envolturas, colillas que se/ amontonan en las acequias”) supone una pasividad y frustración que ya no concibe grandes epopeyas. Será por eso que ante ese pasado perdido, el oficio de la escritura cae como un reproche: “En contra del presagio de los profetas, ves arder tu casa, sus cenizas/ también se perderán en la noche de los siglos./ Cuánto me entristece verte escribir con un dedo al aire creyendo/ que al final podrás salvarte del fuego”. Aquellos últimos versos, están escritos en segunda persona, lo que constituye un llamado de atención de Catulo a sí mismo, una forma de preguntarse, pesimistamente, si valió la pena haber cantado.

Pero el poema que condensa mejor la temática de Muerte de Catulo, podría decir, es el siguiente: “Lo escribo no/ para que me admiren/ las generaciones/ que vendrán./ Tampoco para amarte/ cuando ya me haya ido./ Sino para que el tiempo/ el tiempo/ que logré derrotar/ después de treinta y tres años,/ se detenga, y los días/ que sigan a éste, siempre/ sean el día de hoy”. La escritura se erige como una lucha contra el tiempo, una lucha por sobrevivir a él y construir un gran artefacto incólume al paso de los años. Si el imperio, como la cuna de la civilización por aquel entonces, y el amor, como la fuerza pasional que hace feliz o infelices a las personas, han sucumbido al tiempo, la escritura parece resistir. Si pensamos en que Catulo sigue siendo un clásico, por ende, un referente mundial, tenemos que darle la razón. Aquello parece confirmar, recordando a Kafka y a Pessoa, por ejemplo, que la literatura es un oficio póstumo. Murillo con Muerte de Catulo ha podido completar esa vida —con un notable juego de voces que mezcla la primera, segunda y hasta tercera persona— de treintaitrés años que dejó un legado que sobrevive.

domingo, 11 de diciembre de 2016

"Train to Busan": mucho más que una película de zombies

No es de extrañar que el cine surcoreano haya dado una extraordinaria película como Train to Busan. Títulos como The Chaser (sobre el mundo sórdido de la prostitución en Corea del Sur) de Hong-jin Na y Dongju (sobre la ocupación japonesa en Corea durante los años cuarenta) de Joon-ik Lee solo confirman el buen momento que está viviendo aquel cine oriental. Ni qué decir de cintas mundialmente vistas como Samaritan Girl o Spring, Summer, Winter… and Spring del ya consagrado y talentoso director Kim Ki-duk. En esta ocasión la temática a desarrollar es archiconocida: la plaga rabiosa de los zombies. Pese a ser un tema tan mentado —con producciones archimillonarias que, sin embargo, muchas veces han terminado en fiascos—, el joven realizador Sang-ho Yeon ha logrado que su trabajo se diferencie notablemente de todas las cintas financiadas por Hollywood y por otras grandes industrias del cine, como el británico.
¿De qué trata la película? Un hombre de negocios y su pequeña hija, a pedido de esta última, un día viajan en tren a Busan, en Corea del Sur, para un rencuentro familiar. Pero durante el trayecto hechos insólitos suceden: un repentino incendio en la ciudad, un animal silvestre que revive inexplicablemente y finalmente una estación, adonde van los protagonistas, que es tomada por los zombies. La película, más allá de apelar a la acción y a los efectos especiales, explora la condición humana de las sociedades contemporáneas, y para esto se sirve de aquella plaga que azota al mundo entero. Así, esta es solo un pretexto para desnudar los flagelos del hombre actual y afilar una dura crítica contra la sociedad. De ahí que esta película sea diferente al clásico film de zombies. Estos, al menos los que la industria hollywoodense ha producido, son una ecuación aislada que los sobrevivientes al holocausto deben de resolver: cómo escapar de la epidemia y no perecer en el intento. Así, producciones que van desde Night of the Living Dead, de George Romero, hasta World War Z, de Marc Foster y protagonizada por Brad Pitt, ofrecen al espectador una situación extrema de sobrevivencia que, sin embargo, no tienen ninguna crítica al modelo actual socioeconómico, por ejemplo, ni al carácter esquivo y egoísta que este ha podido desarrollar en las personas. Son películas entretenidas y hasta interesantes, que en el mejor de los casos no aburren y ayudan a pasar las horas, pero que carecen de la profundidad que las grandes obras de arte pueden tener. Es así que en Train to Busan la epidemia de los zombies está al servicio de la intención del autor, la que es mostrar la soledad e indiferencia que reina en el mundo actual, por lo que tiene alcances mayores que el montón de otras cintas mencionadas no.
Por ejemplo, mucho antes de que los hechos violentos se desencadenen la película nos muestra escenas del hombre de negocios y su pequeña hija: cómo este está entregado a su trabajo, lo que ha deteriorado su matrimonio y, por consecuencia, afectado el desarrollo emocional de su hija en el hogar. Esta es una niña solitaria, triste, retraída, que a punta de sinsabores ha madurado rápidamente en la vida, haciendo a un lado los justos juegos pueriles que un infante de su edad necesita para desarrollarse a plenitud. De ahí que sea ella quien convence a su papá de viajar a Busan para rencontrarse con su mamá. En apariencia, en aquel cuadro de pérdida de valores y crisis emocional solo estarían ellos tres, la familia disfuncional. Pero conforme la película avanza vemos que aquello se repite en los demás personajes que componen la historia. El caso más repudiable, sin duda, es el del otro empresario coreano, mayor que el padre de la niña, quien está dispuesto a todo para sobrevivir; es decir, para salvarse a costa de los demás.
Por otro lado, todos los personajes son extáticos: los esposos, el empresario inescrupuloso, la pareja de jóvenes enamorados y la pareja de hermanas mayores. El único que sufre una transformación, producto del caos que le tocó vivir, es el padre de la niña. Escapando de la peste, es ayudado desinteresadamente por los grupos de personajes mencionados, incluso también por un vagabundo que se unió a ellos. Antes de eso, él solo pensaba en sobrevivir a solas con su hija y esta, advirtiendo lo que tramaba su padre, es quien lo confronta y, finalmente, le hace cambiar de parecer. Démonos cuenta de que los personajes más puros, más nobles, son los jóvenes, es decir, los que menos tiempo tienen viviendo en el mundo de hoy. De ahí que la niña sea la más sensible, seguido de la pareja de jóvenes enamorados.
En la literatura abundan las novelas que también se apoyan en catástrofes mundiales para desnudar al hombre contemporáneo. Dos obras maestras al respecto son Ensayo sobre la ceguera de José Saramago y La peste de Albert Camus. Aquellos escenarios caóticos fungen de pretexto ideal para analizar la conducta humana y crean interrogantes que confrontan a los lectores. Lo mismo ocurre en Train to Busan: la epidemia de los zombies pone de manifiesto la naturaleza de los seremos humanos y qué tipo de valores engendra la sociedad actualmente. Sentimientos como la soledad, la vacuidad por la vida y el extremo individualismo son reinventados en esta película bajo la mirada particular del joven director de cine coreano.

Para terminar solo queda resaltar la actuación de la joven actriz Soo-an Kim y estar pendiente de la próxima película de Sang-ho Yeon o de cualquier otro realizador coreano que siga en la misma dirección artística mencionada al comenzar estas líneas. Un gran ejemplo del uso de espacios cerrados (la mayoría de hechos ocurren en los vagones estrechos de los trenes) y abiertos (ya cuando toda la ciudad es tomada por los zombies) es Train to Busan, cuyo director ya había dado a luz cintas de animación. Estamos ante un trabajo que tanto en forma como en contenido resulta descollante.

domingo, 27 de noviembre de 2016

"El cerco de Lima", de Óscar Colchado Lucio

Borges decía que las buenas obras sobreviven a las malas traducciones. Quizá debió agregar que también a las malas ediciones. Pese a ello, El cerco de Lima de Óscar Colchado Lucio, publicada en el 2013, destaca por su temática y fluidez de estilo, así como por su estructura al hacer un notable uso de saltos en el tiempo y cambios de perspectiva narrativa, de primera a tercera persona en función al contexto y al impacto que busca generar en el lector. La violencia interna que sacudió al país por dos décadas y causó heridas imborrables en la sociedad peruana, ya ha producido novelas que han ganado importantes premios internacionales, y con el tiempo quizá se convierta en un género particular, similar a lo ocurrido con la producción sobre la guerra Civil Española, por ejemplo.
En esta obra, a diferencia de Rosa cuchillo, el autor desarrolla la lucha armada en la urbe. Un acierto es que nos ayuda a entender, en su totalidad, la visión del mundo de los otros, de las minorías, elemento fundamental que la buena literatura posee. De esta forma, Colchado Lucio no presenta a los terroristas como un montón de fanáticos oligofrénicos carentes de escrúpulos. Todo lo contrario: los hace humanos y, y lo más importante, comprensible su postura, en función a las desigualdades sociales inherentes a la sociedad peruana.
Así, exploramos los anhelos y frustraciones de Manuel Rojas Padilla, camarada Alcides, uno de los protagonistas de la historia, militante que hará un trabajo importante de bases y adoctrinamiento de los nuevos cuadros. La pregunta a “¿por qué brotó el terrorismo y tuvo tantos adeptos?”, se responde a través de este personaje. Lo material (factor esencial de la lucha) arrinconó a Manuel, lo que le impidió ascender socialmente y tener una vida digna, en notable oposición a lo que sí tendría cualquier persona de clase media o acomodada. Es así que trabaja como vendedor de frutas en un mercado, ganando un mísero sueldo que solo le permite sobrevivir. En la universidad, adonde ingresa gracias a que unos senderistas preparaban gratuitamente a los postulantes, sufre un terrible desengaño: advierte quiénes controlan los medios de producción, quiénes tienen acceso a los altos puestos, a quiénes protege realmente el Estado y sus fuerzas del orden. Ante ello, con una Izquierda Unida en el parlamento que discrepaba de sus posturas radicales y a quienes acusan de defensores del sistema, no le queda más camino que tomar las armas y luchar por el nuevo Estado.
Por otro lado, está el policía de servicio de inteligencia que narra el primer atentado terrorista con que se inicia la novela. La aparición de este personaje es de vital importancia. Si gracias a Alcides nos interiorizamos en los cogollos del accionar senderista, es por medio de este agente encubierto que conocemos el modus operandi de las fuerzas del orden: su trabajo de espías, su aparente entrega y desenfado por la causa revolucionaria, sus métodos brutales de tortura y represión, así como la espada de Damocles que amenazaba con caer sobre sus cabezas si eran descubiertos. Es notable el capítulo donde se cuenta el origen y desarrollo del grupo Colina, nombre de un miembro del servicio de inteligencia que llegó hasta las más altas cúpulas senderista y que murió en manos de sus propios colegas paramilitares.
Por otro lado, también tiene un rol importante un tercer personaje: el Predicador, quien viste túnicas y se parece a Jesucristo (barba y cabello largo), siendo portador de una fe religiosa basada no en un dios supremo ni en el amor a la humanidad, sino en la vida extraplanetaria, factor allende al orden estatal y a la revolución. Está convencido de que la raza humana fue creada por seres superiores tanto en organización política como en constitución biológica. Es más, cuenta haber volado en un ovni a aquel planeta y ser testigo de la superior vida de tales creadores. Incluso presenta evidencias que respaldan sus increíbles afirmaciones. Este personaje aglutina gente en las plazas, arrastra oyentes en los conos de la ciudad y es respetado por los senderistas, quienes lo ven como un posible foco de difusión de sus posturas.

Esta corta, pero intensa, novela de Colchado Lucio retrata a los representantes de ambos bandos de las fuerzas en conflicto de una manera muy humana: no son brutos, salvajes, fundamentalistas que solo se oyen a sí mismos, son, ante todo, seres humanos sensibles que exhiben las profundas contradicciones concomitante a la existencia. Otras escenas logradas de la novela son la masacre de El Frontón contra reclusos senderistas, así como la aparición del personaje Mario Vargas Llosa en un mitin por la libertad, cuando el gobierno aprista, en un manotazo de ahogado, intentó nacionalizar la banca mientras el aparato estatal se ahogaba en un océano de corrupción. Por sus logros y sus visos de novela fantástica, El cerco de Lima es una obra que escapa de lo estrictamente realista, lo que ya puede diferenciar a Colchado de sus coetáneos. 

domingo, 20 de noviembre de 2016

La fauna humana en "La casa apartada", de Antonio Gálvez Ronceros

El profesor Ricardo González Vigil acierta rotundamente cuando en la presentación de La casa apartada, en la última Feria Internacional del Libro en Lima, dijo que el maestro Antonio Gálvez Ronceros es un autor en el sentido cabal del término. Es decir, su pluma encierra un universo rico, lleno de fantasía e imaginación que se inspira, en este caso y como hiciera en Monólogos desde las tinieblas, en lo rural, en los pueblos alejados de la metrópoli. Hoy quiero comentar directamente los cuentos, pues un autor consagrado como Gálvez Ronceros no necesita mayores presentaciones.
Para empezar, los animales, en estas historias, tiene un peso gravitante y muchos de ellos sufren una metamorfosis que los humaniza. Así pues, esto ocurre con el perro en el primer cuento, “¿Recuerdas?”. Los lectores nos adentramos en el monólogo de un personaje que va recordando lo que ocurría en su pueblo cuando era niño. Frente a su casa había un mendigo que, al tener que ir a comprar comida o resolver algún importante trámite, dejaba, en su lugar a su perro. Para esto disfrazaba muy bien al can, los vestía como él, le ponía una chalina, una gorra y una casaca, de modo que adquiría la fisonomía de un ser humano y la lata con que mendigaba no dejaba de percibir monedas. El cuento adquiere ribetes de gran jocosidad cuando una mujer ebria, para indignación de todo el pueblo, comienza a gritar “¡Pero si es un perro!” señalando con el dedo al perro disfrazado. Pero hay un giro de tuerca en la historia, porque el mendigo regresa y toma, nuevamente, su lugar, haciéndose pasar, además, como ciego. El uso del lenguaje es envolvente, con un ritmo que de por sí ya atrapa al lector y no lo suelta hasta terminar.
El segundo cuento, “Lecturas extravagantes”, también explota muy bien el humor. De esta manera, el sastre de un pueblo confunde las palabras al leer los titulares de los periódicos. Por aquella distorsionada interpretación personal, se sumerge en un estado de compulsiva paranoia. No es sino con la presencia de un aprendiz, quien es el que narra el cuento en primera persona, que el viejo sastre va retomando la cordura nuevamente cuando le leen lo que los titulares realmente decían. Si bien es cierto, en esta historia la presencia de un animal no es tan notoria, no obstante, en las divagaciones del sastre desfilan burras, perros, chanchos y demás animales que uno puede encontrar en los pueblos pequeños y alejados de Lima.
Pero en los tres cuentos siguientes aquel protagonismo animal vuelve a la carga. En “Un perro en la noche” un ladrón de gallinas, al ingresar desnudo a un corral para burlar la vigilancia canina, sufre la mutilación de sus verijas por un perro sabido que no se dejó asustar por su desnudez. El cuento, además de ser hilarante, tiene una flexibilidad real que quizá nos acerca un tanto a lo fantástico, pues el ladrón va a la búsqueda de sus verijas para que una vieja curandera se las pueda volver a poner con el apoyo de ciertas hierbas. El perro demuestra mayor inteligencia de lo que uno puede esperar de un animal y, al final de la historia, vuelve a burlarse del pobre hombre capado. En el siguiente cuento, “Jacinto y manfreda”, es más notorio el peso de los animales en el imaginario de Gálvez Ronceros. Jacinto, un hombre solitario, se enamora perdidamente de una burra llamada Manfreda. Así, la compra y la lleva a su casa, la pasea por su huerta y luego se encierra con ella en veladas interminables. Pero su caso no es excluyente: su vecino, Tomás Pacherres, al ver a la burra también queda enamorado, a tal punto que la rapta y huye con ella. A Jacinto no le queda más que salvar su honra, asesinar a su vecino y huir para siempre de la justicia. En un final abierto, un hombre llega a París y, en un cafetín, es acompañado por una mujer que la voz narradora describe de la siguiente manera: “El cuello es asombrosamente largo y grueso y está cubierto en su totalidad por un collar de muchas vueltas. Y bajo un gorro que impide verle el cráneo y las orejas, se advierte un rostro de grandes ojos laterales que a veces, bien mirado, produce la desconcertante impresión de ser el alargado rostro de una burra”.
En “La casa apartada”, el cuento que da título al libro, volvemos al estilo del monólogo. Así, la voz narradora lleva al lector ante una extraña posibilidad: qué pasaría si uno va a visitar a un amigo que lleva por nombre Juan y de pronto descubre que alguien lo llama “Juan, Juan, Juanjuán, Juan”, pero en su casa solo viven el amigo y su papá, quien se llama Gregorio, y ya frente a nosotros aquella exclamación continúa repitiéndose. Poco a poco descubrimos que quien llama de esa manera es el perro de la casa. Hay un juego con el sonido de las palabras, entre “Juan” y “guau”, como onomatopéyicamente podríamos reproducir el ladrido de un can. Y aunque parezca delirante, y haga pensar que quizá pueda romper lo verosímil, la construcción del relato, la geografía y la naturaleza de los personajes hace que aquello pueda ocurrir en una casa apartada de un pueblo al interior del Perú. Como en “¿Recuerdas?” y “Un perro en la noche”, nuevamente un perro tiene protagonismo relevante en la historia. Como habíamos señalado líneas arriba, su rol no es ordinario, sino que, respondiendo la idiosincrasia del lugar, los animales sufren una transformación que los humaniza y en muchas escenas desaparece esa distancia que hay entre seres humanos y animales, una distancia que los vuelve objetos o los subestima, muy afín a como son tenidos en cuenta en las ciudades. El último relato, “Madrugada triste”, es una excepción a esta poética, puesto que no aparecen animales y más bien estamos ante una historia policíaca que tampoco apela al humor. Así, guarda una identidad distinta a los otros cuentos, pues nos embarcamos hacia otra orilla: el homicidio de una familia entera y su fácil resolución para dar con el asesino. Otro elemento que difiere es que la voz narradora nos da lugares específicos, Oxapampa y Cerro de Pasco, por ejemplo. En cambio, en los otros relatos, al no revelarnos una ubicación exacta, el lector puede fantasear más y no saber en qué región del Perú ocurría ello, si en la costa, la sierra o la selva.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Una gran novela: "Las partículas elementales", de Michel Houellebecq

Como en Ampliación del campo de batalla, Houellebecq nos vuelve a presentar dos personajes antagonistas en entorno a quienes se irá deshilvanando la historia. Si aquella relación se dio entre el narrador sin nombre y Tysserand, ahora, en Las partículas elementales, aquello ocurre con Bruno y Michel. Ambos son hijos de Janine, una parisina que abrazó los postulados de la liberación sexual y de la vida sin frenesí que experimentó el mundo hacia finales de los cincuenta y los sesenta. Pese al parentesco consanguíneo ambos son muy diferentes: el primero, Bruno, es un profesor de literatura que está a la caza de los placeres sexuales, mientras que Michel, un descollante científico, se mantiene alejado de ello y constituye, en función a cómo termina el libro, un hombre que comienza a superarse, pues no depende tanto del sexo, del amor ni del miedo a la soledad. La novela es desgarradora, cruel y apasionante, y el lector contempla, atado de brazos, cómo los personajes desfilan por un infierno llamado sociedad, cómo se derrumban sus esperanzas y cómo es que su vida, por más que luchen contra ello, enfila hacia un sórdido fracaso que el más despiadado de los determinismos les tiene deparado.
Debo empezar resaltando lo que más llama la atención desde un inicio: el estilo ensayístico que la prosa adopta en muchos pasajes. Gracias a esto, uno tiene la sensación de que los personajes son depositados en un formicario, aquella jaula para hormigas que deja ver cómo estas excavan sus túneles bajo la tierra. Del mismo modo, los protagonistas tienen que recorrer, y sufrir, los vericuetos inherentes a la existencia humana. Además del estilo, la narración se mezcla con un vocabulario científico que complementa las escenas. Por ejemplo, cuando la voz narradora intenta explicar por qué Michel y Bruno tuvieron aquellas vidas se da un entrelazamiento con digresiones científicas sobre el adn, los átomos y hasta cómo es que crecen ciertos mamíferos sin el cuidado inicial de sus madres. Lo mismo ocurre al describir la maduración del cuerpo femenino: “A partir de los trece años, bajo la influencia de la progesterona y del estradiol que secretaban los ovarios, la muchacha empezó a acumular grasa en los senos y las nalgas. En el mejor de los casos, estos órganos adquieren un aspecto lleno, armonioso y redondeado; su contemplación despierta un violento deseo en el hombre”. Contrario a lo que podría pensarse, aquella construcción no se siente artificial a lo largo de la novela, ni mucho menos es una salida fácil que la vuelve enrevesada y compleja a la fuerza. Pocos libris han podido mezclar la prosa con datos científicos sin que esto se vuelva una impostura y termine aburriendo al lector.
Pero no daríamos en el meollo si no dijera que el contexto social es determinante. Así, es vital situarnos en una línea específica del tiempo. Y esta es los años setentas, la etapa posterior a las corrientes libertarias que recorrieron la tierra expresados en Mayo del 68 y en el movimiento Hippie, como sus puntos más álgidos. Este contexto es determinante para que la historia funcione, pues la liberación sexual es el gran tema que oprime a sus personajes. El mal, como una genealogía corrompida, viene de la madre, quien precisamente fuera una libertina, lo que marcaría para siempre a sus hijos. Como ambos venían de un hogar disfuncional, Bruno tuvo que crecer en un internando, donde era humillado terriblemente por sus contemporáneos —lo meaban en la cara, el metían un cepillo con restos fecales a la boca y hasta lo obligaban a practicarle felaciones a los más bravucones—. En un entorno así, Bruno no podría desarrollarse normalmente, por lo que, pese a no ser feo, no ser tonto y gozar de cierta posición económica, no era visto como un partido por las chicas. Entonces, su vida será una lucha por ser aceptado sexualmente por ellas. En la otra orilla está Michel (nótese que Houellebecq también se llama así), un hombre que no sabe amar, que no puede amar y que, pese a tener a la hermosa Annabelle a su lado, pues crecieron juntos, no puede consumar su amor. La escena en que la pierde para toda su juventud es majestuosamente cruel y tiene que darse en la raíz del mal: en un campamento hippie. Así, los hermanos y Annabelle viajan a aquel campamento para, supuestamente, pasar una increíble velada. ¿Pero qué sucede? De pronto aparece en escena David, el hijo de un líder hippie, atractivo y con ínfulas de grandeza, que quería ser un rock star. Pronto, Annabelle es seducida por él y pasan dos semanas enteras teniendo sexo en su tienda. Michel, sin nada más que hacer, abandona el campamento.
Pero la novela no solo se limita a narrar tales desencuentros. Al final adquiere tintes futuristas y hasta de ciencia ficción. Lo que trata de ser el texto, y lo logra con extrema maestría, es presentar una pesadilla real: cómo los seres humanos sucumben ante el deseo carnal y ante los sentimientos. Entonces Michel, quien había dedicado su vida a la investigación científica, antes de desaparecer de la tierra, deja un legado para la humanidad: la receta para crear unos clones que no tengan que sufrir por todo ello. Así, al final del libro, nos enteramos que la voz narradora es, en realidad, uno de esos clones que deja como testimonio la vida antes de la creación mejorada de los seres humanos. De ahí que esas digresiones científicas hayan sido necesarias para entender racionalmente por qué el hombre sufría en la tierra. Cuando todo termina, nos enteramos que los seres humanos clonados, despojados del deseo y de los sentimientos, constituyen una mejor especie: viven en armonía, son más sensatos, cuerdos, y han podido convivir pacíficamente con los animales y la naturaleza.

De esta manera, ambos hermanos constituyen dos ejemplares que demuestran por qué el mundo es malo y por qué hubo de encontrarse una solución a ello. Las mujeres que se relacionan con ellos, o que estuvieron cerca, también sufren espantosamente. Me parece que la novela, explora, con la agudeza de un escalpelo, la sociedad contemporánea: sus anhelos, sus aspiraciones, sus temores y pusilanimidad. La propuesta final de Houellebecq es que todas esas promesas de liberación y reivindicación, todas esas modas que se originaron en Estados Unidos, por ejemplo, y llegaron a Europa, en el fondo no eran más que falsas posturas que llevaron a la bancarrota existencial a masas enteras de generaciones. Las referencias a Aldus Huxley con Un mundo feliz, al Marqués de Sade y a la movida hippie tienen un peso gravitante. Los seres humanos, sin saberlo, son esclavos de los edictos de la sociedad, una sociedad, con la acentuación del capitalismo, dominada por el sexo, el consumo y una vacuidad de valores. El único lúcido, y que por ello sufre menos, es Michel, quien crea la receta de los clones para eliminar la humanidad de siempre y, con ello, legar mejores seres a la naturaleza. 

domingo, 30 de octubre de 2016

"Un beso del infierno" de José de Piérola

José de Piérola (1961), escritor peruano residente en Estados Unidos desde comienzos de los noventas, ha publicado tres novelas —El camino de retorno, Pishtaco Slayer y Un beso del infierno— y varios cuentos —recopilados en Norte y Sur— sobre la violencia interna que azotara al país, según el conteo oficial, durante veinte años: de 1980 al 2000. De esta manera, su suma a títulos como Lituma en los Andes de Mario Vargas Llosa, La hora azul de Alonso Cueto, Rosa Cuchillo de Óscar Colchado Lucio y Abril rojo de Santiago Roncagliolo, por nombrar los libros más representativos sobre el tema.
La novela en mención —cuya versión preliminar, Un beso del invierno ganó el premio Novela Corta Julio Ramón Ribeyro 2000— cuenta la vida de un grupo de amigos que un día, tras mucho meditarlo, decide salir de Lima rumbo a la sierra, a la búsqueda de una feliz estadía entre la naturaleza que una altura de 4000 msnm puede ofrecer. Pero un desenlace fatal convierte aquel viaje esperado en una horrenda pesadilla: al amanecer, inexplicablemente y con las manos atadas a la espalda, encuentran muerto al promotor del viaje, Catulo. Así, De Piérola se apoya en parte de la estructura con que Mario Vargas Llosa cuenta sus novelas. El texto está dividido en dos tiempos: el primero, sobre el que se monta la historia, cuenta la acción real; y el segundo se construye a base de flashbacks, los que nos irán mostrando, e iluminando, las demás facetas de los personajes. De manera inmediata me viene a la memoria La ciudad y los perros, pues la estructura es similar: a la vez que se cuenta el robo del examen de química, el castigo a los culpables y la muerte del Esclavo, esta línea de tiempo es rellenada con escenas de los cadetes antes de entrar al Leoncio Prado. Entonces, en Un beso del infierno la línea de tiempo principal constituye la muerte de Catulo y cómo es que los supervivientes se enfrentan al asesino, lo que es reforzado con la exploración de su vida, la de sus amigos y el proceso de conocerse todos, hecho que los llevaría, finalmente, a la sierra del país, escenario principal de las masacres durante el conflicto armado. Esta forma de narración es muy lograda, pues permite al autor mostrar la vida de los personajes antes del viaje, explorar en ellos, y cómo es que estos, en menor o mayor medida, estuvieron envueltos en el conflicto: desapariciones de los paramilitares, militancia en las fuerzas subversivas, resistencia de la izquierda contraria al terrorismo y, lo más importante, las secuelas en una sociedad tan desigual como la limeña.
Por otro lado, contrario a lo que podría pensarse, la novela no desarrolla de lleno los hechos violentos en sus puntos más álgidos. Más bien, se centra en un periodo posterior, cuando la democracia había regresado al Perú en el 2000. Así, el viaje de los amigos se da justo en el momento en que el país comenzaba a dejar atrás ambos escarnios (la de la dictadura y la del terrorismo). Pero he ahí que el fantasma de la guerra resucita del pasado y trae la muerte a ellos. En los flashbacks, o segunda línea de tiempo, los lectores nos enteramos de un soldado al que llamaban Charapa, el que, tras un enfrentamiento contra Vanguardia Revolucionaria (en realidad Sendero Luminoso) enloquece y se interna en las punas más duras e inhóspitas de la sierra. Justo donde aquel grupo de amigos llegó a acampar. En su locura, cree que ellos son vanguardistas y que la guerra interna continúa.
La novela también tiene ríos subterráneos o hilos conductores que tienden símiles entre los personajes. Por ejemplo, Catulo fue expulsado del seminario por no someterse a la doctrina eclesiástica, lo mismo que María, expulsada de Vanguardia Revolucionaria cuando aún era una joven entusiasta. Es decir, ambos eran seres libres que no se dejaron doblegar por las reglas rígidas de las respectivas organizaciones. Entonces, vemos que el autor sugiere, pese a que son completamente distintos, que tanto la iglesia como el grupo subversivo exigen, a sus militantes, una fe ciega que no admite cuestionamientos, despojándolos de su capacidad de dudar, de su propia convicción, es decir, volviéndolos autómatas. Alguien que sí acatara por completo este pedido sería el Charapa, pues jamás puso pero alguno a las órdenes que sus superiores le exigían y abrazó hasta el final las consignas castrenses, lo que lo llevaría a ese estado de demencia y embrutecimiento.

Finalmente, como hiciera Manuel Scorza (a quien de Piérola le dedicara su tesis doctoral) en su pentalogía llamada “La guerra silenciosa”, cinco novelas sobre la resistencia de los campesinos en la sierra central en la década de los cincuenta (entre ellas Redoble por Rancas y La tumba del relámpago), los capítulos cortos que componen el libro enganchan al lector a la historia y no lo sueltan sino hasta terminar el libro. Quizá podríamos decir que hay un tiempo muerto, aquel paso necesario que no avanza en la historia pero que sin embargo está ahí por su función de bisagra y porque explica un hecho que de estar ausente desmontaría la trama entera. Aquí sucede en cómo el narrador protagonista y María, acorralados por el Charapa, encuentran mejor cobijo entre otros cerros. Es por ello que este pasaje trata de ser lo más breve posible y, al final, pasa ligero gracias a la extensión de los capítulos. Al terminar la lectura y cerrar el libro, y esto gracias a la construcción sólida de los personajes, uno tiene la certeza de que la novela no ha terminado y que la vida de los personajes continúa más allá de nuestra lectura: dentro de nosotros mismos, acompañándonos al ir al trabajo, al estudiar o al leer otro libro. Sobre todo, nuestra imaginación se abisma a aquella otra vida que no es contada y que solo aparece sugerida. Sin duda, Un beso del infierno está entre las mejores novelas sobre la guerra interna hasta el momento publicadas.

domingo, 23 de octubre de 2016

"El fuego de las multitudes", segundo libro de Alexis Iparraguirre

Alexis Iparraguirre (Lima, 1974) luego de El inventario de las Naves (Premio Nacional de Narrativa Pontificia Universidad Católica del Perú 2005, concurso actualmente desaparecido) ha publicado su segundo libro: El fuego de las multitudes (2016). El entusiasmo que ha despertado en los lectores se deja sentir en las reseñas y palabras de elogio que en las redes sociales se comparten una y otra vez. Y es aún más al saber que el libro es fruto de la maestría de escritura creativa que el escritor peruano cursó por dos años en la Universidad de Nueva York (NYU). Así, El fuego… se compone de tres cuentos y un relato largo que tienen como escenarios el mundo contemporáneo actual, en especial el último de estos.
El primer cuento, “Albedo”, relata la vida del capitán Musso y su extraño amor por una mujer con desórdenes mentales con la que, a pesar de ello, se casó y tuvo una familia. El cuento, demostrando que el escritor está comprometido con su oficio, se empapa de palabras técnicas sobre la Antártida y los trabajos de exploración que allí se realizan. A todas luces esta historia acusa una investigación —todo el libro, en realidad—, pues nada más el título “Albedo” es un término específico y relativo al ambiente científico de la historia. No obstante lo señalado, el cuento se torna un tanto previsible. Es decir, el lector, desde un inicio, ya sabe que el capitán Musso irá a desaparecer en las profundidades blancas de la Antártida. Y esto se anuncia cuando se entrega ciegamente a las labores de exploración tras la muerte de su esposa, por lo que toda la construcción de un ambiente tan particular como es el polo y la base de exploración pierden cierta conexión: ya se sabe qué pasará y solo se espera el preanunciado desenlace. A este respecto valen recordar las palabras del maestro Gabriel García Márquez cuando escribió Crónica de una muerte anunciada. En una entrevista —la que se puede encontrar en Youtube— confiesa que, a mitad del libro, se dio cuenta que la muerte de su personaje era inminente y lo que habría hecho sería adelantarse hasta el final para comprobar aquello. ¿Qué hizo?: anunció su muerte desde la primera línea de la historia, con lo que el interés se trasladó a otra orilla, en saber cómo moriría Santiago Nassar. Así pues —lo que hasta cierto punto hace recordar a La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares—, el capitán Musso va tras un espejismo que él mismo, en conjunción con un fenómeno atmosférico del polo y una fotografía, ha proyectado de su esposa. Creo que el cuento hubiera podido ganar más si se exploraba por qué un hombre tan ecuánime como el capitán pudo enamorarse de una mujer con tales trastornos.
Aquello previsible también ocurre en el segundo cuento, “No es fábula”, la historia de un profesor de literatura que se enfrenta a la Víbora, personaje que lo quiere fuera de la comunidad universitaria. Y esto sucede, efectivamente, al final del cuento, aunque bajo una justificación poco convincente: la de que todos sus alumnos, coincidentemente, fueron suicidándose luego de llevar su clase. Es decir, se sugiere que la poesía, el contacto con ella, enloquece y vuelve orates a sus protagonistas, a los que se internan en el ojo del huracán de los versos. Esto se refuerza cuando el segundo alumno, leyendo Trilce de César Vallejo, le clava un cuchillo en la cara a su novia. Más allá de que los personajes tengan o hayan nacido con una herida, y esto sea el móvil que los lleve a acercarse a la literatura, es caer en un lugar común —como el nombre Víbora para alguien que es mujer y, a la vez, el villano de la historia— el sugerir que los poetas están locos o son incomprendidos.
El tercer cuento, “Demonio Atómico”, aborda la vida de un científico con una aparente enfermedad terminal que lo hace entregarse por completo a los placeres mundanos, ya en las postrimerías de su vida. Esto se expresa en bailar con la compañía de una mujer hermosa. Por momentos, el estilo hace recordar al más duro Cortázar, aquel que rezuma una prosa hermética. Lo mismo, Iparraguirre construye una historia densa, donde a todas luces su intención fue hacer el texto difícil de leer. Pese a que está contado en tercera persona, es decir, contrario a lo que sería una primera, la voz narrativa se aproxima fielmente a los pensamientos del científico, a tal punto que —y precisamente por ello— se vuelve hermético. Lo mismo ocurre en El perseguidor, por ejemplo. Cuando el saxofonista siente la música, el relato cobra dimensiones extraordinarias al tratar de explicar en palabras aquello. No obstante, había vasos comunicantes que nos hacían aterrizar en la historia, lo que la hacía más asimilable. Y son, aunque quizá a gusto de cada lector, esas conexiones las que faltarían en “Demonio Atómico” para que este no se vuelva un reto de lectura. Pero a diferencia de las dos primeras historias, aquí el personaje sufre una liberación inesperada que supera aquella previsibilidad señalada al comienzo.

Mención aparte merece el último cuento o relato largo Punto ciego. El mérito de la historia es desmenuzar y develar los grupos de poder que dictan el destino de naciones y hasta de continentes enteros. Es elogiable aquello, pues da una interpretación de los hilos invisibles que mueven al mundo. El paso del tiempo demostrará si una propuesta así fue acertada, y precisamente por ello, por el riesgo, es digna de aplaudir. Así, Punto ciego tiene rasgos futuristas, algo muy poco trabajado en la literatura peruana. Por ejemplo, partiendo del hecho de que un expresidente del Congo no fue un héroe, sino que por el contrario siempre supo de las matanzas y atrocidades que se cometían en su país, pero prefirió callar y pasar a la historia como un farsante en secreto, el relato se proyecta hacia una globalidad escalofriante. Aparecen grupos secretos que controlan los fármacos, los armamentos e, incluso, el clima mundial ante un fuego de multitudes —de ahí el título del libro— que deja sugerido un escenario de enfrentamiento y de cambios teñidos de sangre.