domingo, 4 de enero de 2026

Pensando a la derecha (al centro y a la izquierda) de Tony Zapata

En Pensando a la derecha Tony Zapata, historiador peruano con una antigua militancia, realiza el ejercicio de entender a la derecha peruana. Zapata, es válido decirlo, no es un hombre dogmático, por lo que su trabajo es objetivo y goza de la distancia que toda labor científica —en este caso, operando en el terreno de la historia— tiene que mantener con su objeto de estudio. Más que interesante, el libro es importante, porque responde en parte a la interrogante de quiénes son los intelectuales o cuál ha sido el plan de la derecha, críticas que la izquierda siempre formula, en especial cuando, a conclusión de Zapata, la derecha viene gobernando ininterrumpidamente el Perú con unas cuantas excepciones: durante el gobierno de Velasco, parte del primer Alan García y tal vez en la primera etapa de Pedro Castillo (línea de tiempo que escapa al libro, publicado en el 2016). Repasemos, entonces, los puntos claves de Pensando a la derecha.

El autor plantea tres tesis o ejes argumentativos para entender a la derecha en el Perú: 1) los gobiernos militares de Óscar R. Benavides de 1933 a 1939, el de Manuel Odría de 1948 a 1956 y el de Alberto Fujimori 1900 a 2000; 2) el clientelismo político antes que posturas de izquierda, centro o derecha o de militancia de partidos, donde el caso de César Acuña es el más pintoresco o representativo; 3) la tecnocracia, entendida esta como los grupos que defienden el sistema y aplican recetas liberales, o neoliberales, a la economía política y generalmente asesoran a los gobiernos de turno, pero no entran a batallar en la arena política (la excepción reciente a este criterio sería el efímero gobierno de Pedro Pablo Kuczynski).

Para explicar el primer punto, Zapata traza un paralelismo entre los gobiernos autoritarios de Benavides, Odría y Fujimori, caracterizados por ser liberales en lo económico, pero represivos en lo político, desterrando a adversarios, críticos insistentes, cerrando congresos e, incluso, echándose abajo elecciones con resultados que no les favorecían. A la vez, tales mandatarios de facto, pese a sus actos ilegales, gozaban de la simpatía y apoyo popular producto de un trabajo institucional y de bases. Basta un par de ejemplos en el caso de Benavides y Odría: el primero creó el Hospital del Obrero en la avenida Grau e inauguró instituciones estatales como el Ministerio de Educación; el segundo inauguró el Hospital del Empleado en la avenida Salaverry y entregó títulos de propiedad a la invasión 3 de Octubre, espacio que más tarde sería el distrito de San Martín de Porres. Lo mismo hizo el fujimorismo construyendo colegios y carreteras, además de ubicar asentamientos humanos y repartir alimentos entre los pobres. Y sus respectivas esposas o primeras damas jugaron un papel importante, especialmente en el caso de María Delgado, esposa de Odría, y en el de Alberto Fujimori con Susana Higuchi: antes de su ruptura y denuncia del régimen, tuvo un papel activo. Zapata, en un giro de tuerca, señala el diferente rol de Keiko Fujimori al asumir el puesto de primera dama, pues así el fujimorismo cedía la posta a una nueva generación y sobrevivía a su fundador. Y los tres, en lo que es tal vez el rasgo más importante, congeniaron con la oligarquía y grupos de poder, aplicando las mismas recetas liberales y, en el caso de Fujimori, neoliberales. Síntoma de esto es el shock o el draconiano procedimiento que en 1990 noventa, once días después de tomar las riendas del Perú, el gobierno fujimorista llevó a cabo para frenar la inflación heredada de la gestión aprista, el que consistió en cortar el subsidio estatal y liberar la economía a precios reales de mercado. Tanto Benavides como Odría supieron dejar el poder en el momento idóneo y preparar el camino a la democracia, pero Fujimori intentó mantenerse el poder y esto, a fin de cuentas, fue su acabose, pues convocó a nuevas elecciones ya cuando la corrupción de su gobierno era imposible de ocultar tras los vladivideos de su asesor presidencial Vladimir Montesinos.

Cabe señalar el papel histórico que Zapata le asigna al PAP, Partido Aprista Peruano, en especial al analizar la época de la Convivencia y el segundo gobierno de Alan García Pérez. Así, se ubica al APRA como un partido de derechas, lo que no resulta polémico ni sorpresivo dado que su líder Víctor Raúl Haya de la Torre pasó de tener una postura antiimperialista a servir a los intereses de la oligarquía peruana y alinearse con la política internacional de Estados Unidos. De esto da cuenta su alianza con Odría en 1956, su otrora feroz adversario, y su continuidad con Manuel Prado Ugarteche durante los años sesenta. Muchos fueron los que se alejaron para siempre del APRA tras su reacomodo a los vaivenes oportunistas de la época. Aquella lista va desde intelectuales y poetas, hasta cuadros políticos de choque, como la carta de los hijos del “Búfalo” Barreto —aquel dirigente aprista que falleció en la fallida intentona por tomar el poder en 1932— dirigida a Haya de la Torre donde se lo acusaba de traición. Así, a la luz de estas idas y vueltas, considerando sus operaciones más significativas en el poder, es que Zapata concluye que el APRA es un partido de derechas: la Convivencia no es un periodo aislado, sino que se conecta con el gobierno liberal de Alan García durante su segundo mandato, de 2006 a 2011.

En el segundo punto tenemos a César Acuña, quien ha construido un clientelismo político que escaparía a toda posición ideológica o militancia partidaria. Lo suyo fue creado no desde el Estado, como es el caso de Benavides, Odría y Fujimori (desarrollado en el punto uno), sino por medio de un conglomerado de universidades privadas y baratas que ha sabido amasar un considerable respaldo popular. La promesa futura —la misma que se viene concretando ahora que Alianza para el Progreso, el partido de los Acuña tiene una cuota importante de poder— es que los egresados de sus universidades obtengan puestos importantes al interior del Estado. Y creo que esto se ha visto ejemplificado ya, y por mencionar un ejemplo, en la polémica que se creó cuando un exministro de salud de filiación acuñista quiso bajar la exigencia del Examen Nacional de Medicina para beneficiar a los egresados de la Universidad César Vallejo: el 70 por ciento de sus estudiantes había desaprobado. La relación Acuña-electorado es simple, entonces: votas por mí y te aseguro puestos en el Estado a toda costa.

Finalmente, y en tercer lugar, tenemos la tecnocracia de derecha. Como señalamos, Zapata ubica aquí a los asesores de la mayoría de gobiernos para quienes el modelo y el crecimiento económico es lo más importante. El Estado debe dejar de ofrecer servicios o planes sociales para enfocarse en la economía de mercado: a su juicio, solo de esta forma la riqueza podrá alcanzar a todos. Por aquí desfilan personajes como Pedro Beltrán, el otrora director de La Prensa y quien se desempeñó como ministro de Hacienda (actualmente de Economía) por dos años durante el segundo gobierno de Manuel Prado Ugarteche; también Hernando de Soto, autor de los libros El otro sendero y El misterio del capital —a quien critica sutilmente, pues algunas de sus ideas ya se encontraban en Desborde popular y crisis del Estado de José Matos Mar—, donde explicaría que el Estado se dedica a celebrar negocios con grandes grupos de poder, pero deja de lado al pequeño emprendedor (al negociante que calificaríamos de informal o improvisado), quien pese a no encontrar espacio en la economía formal contribuye a ella y a su movimiento desde lo informal. Y, por supuesto, a PPK, quien desde los sesenta ha estado vinculado a los distintos gobiernos peruanos, tal vez el caso más emblemático sea durante la gestión de Alejandro Toledo como ministro de Economía.

El caso de PPK es diferente, señala Zapata pues es el único tecnócrata que decidió intervenir en la arena política directamente al presentarse él mismo como candidato presidencial. Lamentablemente, su gestión marcó un punto de quiebre, o hundimiento, para el Perú, cuando indultó con muchas sospechas de por medio a Alberto Fujimori y cuando obedeciendo a lo dictaminado desde la Casa Blanca permitió la entrada, sin control ni filtros, de migrantes extranjeros (muchos de ellos vinculados al hampa) y, en especial, cuando no supo enfrentar la embestida antidemocrática de Keiko Fujimori, quien terminó arrancándolo del cargo de presidente y se inició, así, toda esta escalada de inestabilidad política que continuamos sufriendo hasta hoy. Todos estos tecnócratas, al menos los mencionados, se formaron a la luz de teorías económicas liberales y en universidades de Estados Unidos. Para todos ellos el estado es básicamente un obstáculo para el desarrollo económico por su burocracia —sumado al problema de la corrupción y a la incapacidad de solucionar problemas sociales— y lo culpan de la paupérrima situación en la que se encuentra el Perú pese a que la tecnocracia de derecha siempre ha estado presente —para probar esto, Zapata cita una encuesta al empresariado peruano que apareció publicada en la página web del Instituto de Estudios Peruanos, IPE, donde la autocrítica brilla por su ausencia.

Finalmente, es posible también entender a la izquierda por medio de las decisiones de la derecha, especialmente analizando su reacción. En unas cuantas oraciones el autor explica por qué la izquierda desapareció del escenario político: “La ciudadanía evalúa ambos males como generados por políticas izquierdistas; la crisis económica como herencia de las empresas públicas y la guerra interna generada por un movimiento marxista, como Sendero. Si a estos factores locales se añade el contexto internacional, la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS, se entiende que la izquierda peruana haya declinado hacia fines de los ochenta. Encima se dividió en dos candidaturas de izquierda, Alfonso Barrantes versus Henry Pease. Ese declive de la mentalidad izquierdista fue cubierto por un avance del sentido común neoliberal. En ese sentido, Hernando de Soto habría adelantado ideológicamente el giro neoliberal de Fujimori”. A mi parecer, este párrafo sintetiza la desaparición de la izquierda, por qué dejó de ser una opción durante los noventa. Es solo casi treinta años después que, con una otrora Verónica Mendoza, volvió a ser una opción para muchos votantes. No podríamos contar a Ollanta Humala, pese a que amasó una gran capital político con propuestas de izquierda —recordemos que proponía un referéndum para cambiar la constitución de 1992 y en su lista congresal estaba, precisamente, Mendoza y el histórico Javier Diez Canseco—, pero tuvo que ponerse al centro para ganarle al fujimorismo y finalmente en el poder se ubicó en la derecha al designar como ministro de economía a Luis Miguel Castilla, viceministro durante el gobierno (de derechas) de Alan García. Lo que después vendría con Pedro Castillo es caliginoso, pues hubo cuadros importantes de izquierda en los ministerios, como Pedro Francke y Hernando Cevallos, quienes dejaron sus cargos por presiones de Perú Libre y las cuotas de poder que exigía el cerronismo, pero su pésima gestión manchada de corrupción —ejemplificada en su intento fallido de cerrar el congreso y otros poderes del Estado— dio paso a que la extrema derecha gobierne.

En síntesis, Pensando a la derecha ofrece tres ejes argumentativos para entender a la derecha en el Perú: su aspecto dictatorial con apoyo popular y medidas liberales; el clientelismo político fuera y dentro del Estado; y la tecnocracia neoliberal que siempre ha rondado las dependencias gubernamentales y ha impuesto su agenda aún cuando pierde las elecciones. Explicando a la derecha, este importante libro también permite entender especialmente a la izquierda, como un vaivén dialéctico-socrático-platónico que explica el origen de las cosas desde sus contrarios. 

domingo, 18 de mayo de 2025

Larga vida al rock made in Peru: Rock en el Agustino de Mariano Vargas Vilca

Tuve el gusto de conocer a Mariano Vargas Vilca semanas antes volver a Estados Unidos en enero de este año. Sucedió gracias a Giovanni Anticona, autor de Lima Sur y músico, quien había ido con Mariano y un grupo de amigos a la casa de Omar Muñoz, músico también y antropólogo de la Pucp. Giovanni dijo que “bajaría” con un “pata” también escritor y autor de Rock en el Agustino, título que quedó resonando en mi memoria, pues había visto una copia del libro dando vueltas por mi sala y biblioteca hasta finalmente terminar en mi dormitorio, entre los libros que tenía como lecturas pendientes.

Pero la noche anterior salteé el orden y empecé a ojear el libro, yendo de una página a otra y deteniéndome ante las fotografías del distrito de El Agustino. Así que el sábado en la tarde, guitarra al hombro y libro bajo el brazo, me trepé a un bus del corredor rojo rumbo al Cono Sur de Lima. Una vez en casa de Omar, donde hacemos música todos los sábados que estoy en Lima junto con Giovani, Enver Zelada, abogado de la Pucp, y otros amigos más, Mariano me dedicó su libro entre las pausas intermitentes de cada canción y entre copas de vino tinto. Ya había empezado su lectura durante el tren eléctrico, la que he continuado con mucha atención de vuelta a Iowa.

En primer lugar, he de decir que el libro despeja muchas incógnitas sobre el rock en el El Agustino. ¿Cómo es que un distrito joven y de escasos recursos económicos, con claras raíces provincianas y andinas, resultó dando al Perú, y al mundo, bandas como Los Mojarras, Kamuflage o El Amparo Prodigioso? ¿Qué diferencia, entonces, este distrito de otros periféricos como Comas o Los Olivos en el norte o como San Juan de Miraflores o Villa El Salvador en el sur? ¿Por qué la simiente rockera prendió y germinó en El Agustino a tal punto que durante finales de los ochenta y comienzos de los noventa se celebraron los muy conocidos festivales de música Agustirocks y se gestionaron organizaciones como GRASS, Grupos del Agustino Surgiendo Solos? El nivel e impacto de las bandas, así como el público y las organizaciones mencionadas son síntomas inequívocos de que en El Agustino, a diferencia de otros lugares, tiene una identidad marcadamente rockanrollera.

Para responder aquellas y otras preguntas más, Vargas Vilca repasa la historia republicana del Perú especialmente durante la década del sesenta del siglo xx, cuando los fundos de antaño que rodeaban el centro de la ciudad comenzaron a urbanizarse. Por ende, El distrito de El Agustino nació de un fundo que, poco a poco, comenzó a ser poblado por provincianos y personas en general necesitadas de un techo y un hogar. Pero no todas las zonas de El Agustino eran pobres, lo que representa ya un microcosmos del Perú por sus contradicciones. Así, La Corporación fue el barrio más urbanizado que contaba con servicios de electricidad, agua potable y desagüe, el único que, por ende, podía hacer funcionar un tocadiscos y una radio, el primero en hacer sonar los legendarios long plays de rock and roll. Tal zona fue como una antena parabólica que irradió de lo novedoso a las adyacentes hasta ser parte de la identidad de muchos jóvenes del barrio. Y aquí me detengo para que puedan revisar el libro.

Hay que añadir que el trabajo de Vargas Vilca, pese a ser no ficción y tener cierto estilo académico, no está saturado de citas bibliográficas. Por el contrario, se cita a los mismos protagonistas de la historia rockera de El Agustino y el propio autor es partícipe de esas tertulias y tocadas, es decir, las conclusiones y argumentos que construyen el libro se apoyan en los testimonios de productores, músicos y vecinos de la zona que son fuentes de primera mano. Este hecho demuestra que, quizá por primera vez, se está escribiendo sobre el rock en El Agustino estableciendo, también, una ruta urbana de la difusión. Mercados como La Cachina o Paruro suministraron de rock a justos precios a los jóvenes de El Agustino. Apuntemos ya que no solo se trata de rock, sino de mucho más: la identidad musical de los músicos rockeros no es “pura” o no son “puristas”. Es decir, el huayno, la chicha y la cumbia, géneros musicales por antonomasia en los migrantes, han influenciado a las futuras generaciones. Y esto es notorio.

Y es que si les prestamos especial atención a temas icónicos de Los Mojarras tales como “Triciclo Perú” o “Sarita Colonia” se descubre que la guitarra eléctrica, el ritmo de la batería, el bajo y las notas de los teclados tienen una influencia cumbiambera, criolla y hasta chichera. Por ejemplo, el rock y la chicha nunca estuvieron separados, sino que se podría decir que son primos hermanos. De esto da cuenta nuestro Jimi Hendrix peruano, es decir, el gran Enrique Delgado, quien incursionó con maestría en todos los géneros musicales—vals criollo, huayno, cumbia, rock sicodélico—hasta ser el creador, para muchos, de la cumbia peruana durante los años sesenta. Otro ejemplo son las canciones de Lorenzo Palacios Quispe, Chacalón, quien se acompaña de guitarras eléctricas con distorsión y el efecto maravilloso del “wah-wah”. Es más, su solo nombre, Chacalón y la Nueva Crema, es una referencia a la legendaria banda británica de rock-blues The Cream, conformada por los genios Ginber Baker en el bajo, Jack Bruce en la batería y el que fuera calificado de dios por sus más entrañables fans dado su virtuosismo con la guitarra, Eric Clapton.

La música en El Agustino, entonces, no es un fenómeno aislado, sino que varios géneros musicales conviven en aquella geografía y han de pergeñar los acordes y letras de las canciones rockeras. Además de tener un ritmo de cumbia, ¿no canta el coro de “Triciclo Perú” las líneas más entrañables del vals “Alma, corazón y vida” compuesto por Adrián Flores Albán? Con una vocación detectivesca, por otro lado, Vargas Vilca da cuenta de la génesis de las bandas de rock del distrito, cómo se formó la vocación de los jóvenes rebeldes, trabajo que también lo lleva a explorar la relación con otros distritos icónicos como Lince (de donde salieron Los Saicos), el Centro de Lima y Breña. Por ejemplo, Los Mojarras en un inicio se llamaban Los Aparecidos, en una respuesta claramente política ante las desapariciones en los ochenta. A un joven Hernán Condori, Cachuca, y compañía, la gente del barrio les decían los O’Hara por una serie de televisión extranjera. Pero tras su castellanización quedaron como Los Mojarras, es decir, recibieron el nombre directamente de la gente. Pocas bandas tienen este distintivo.

En suma, Mariano ha escrito un libro valioso que, me arriesgo a decir, será citado por futuros investigadores, dado que es uno de los primeros (tal vez el primero) dedicado a estudiar el rock en El Agustino. En ese sentido, Rock en El Agustino era el libro que le faltaba a la historiografía urbana de la capital del Perú, en tanto completa un vacío y nos ayuda a entender esa rica mixtura que la migración interna formó en Lima. Es decir, el Perú y sus artistas no vivieron el fenómeno del rock, originado en la década de los años cincuenta en Estados Unidos, de una forma aislada o “purista”, sino que lo escucharon, lo aprendieron y comenzaron a crear con un distintivo sello personal de creación heroica.

La forma en que se crearon las bandas de rock contadas por Mariano en su libro, el ritmo con que cada músico salía y se incorporaba a otras, no me es ajeno, dado que yo también estuve en el circuito rockero y tuve presentaciones por aquí y por allá años atrás. Claro, sin la trascendencia de los grupos más emblemáticos. Y pasamos la tarde de aquel sábado como si fuéramos parte del libro: reunidos en la casa de un amigo, el común punto de encuentro, para hacer música, compartiendo algunos temas propios e interpretando otras canciones de rock y de cumbia. Finalmente, Rock en el Agustino ganó el Premio Nacional de Literatura 2024 en la categoría de No Ficción, reconocimiento que este espurio y malhadado gobierno que no representa a nadie se negó a reconocer en un inicio, afectando a otros autores como Rafael Dumett, autor de El espía del Inca (novela que también reseñamos en este blog). Falta escribirse el libro que ayude a entender cómo de un lugar como el Perú, que odia a sus artistas, siguen saliendo grandes exponentes hasta ahora. Larga vida al rock made in Peru.

domingo, 6 de octubre de 2024

Joker: Folie à deux o cuando las finanzas son mejores que las historias

La bolsa de valores que produce el cine hollywoodense, muchas veces, es inversamente proporcional a la calidad de su producto. Cintas taquilleras como Terminator y Robocop ven su continuación en una segunda, tercera, cuarta y enésima entrega que termina en una franquicia, una marca registrada cuya reproducción está condicionada por su comercial éxito. El monedero y el sonido constante y sonante de la caja registradora son, entonces, las principales motivaciones para continuar las historias. Hay ilustres excepciones, como algunas de las películas de Batman —tal vez las más exitosas fueron las dirigidas por Tim Burton y Christopher Nolan— y las secuelas de Alien —aunque del mal gusto no se salva su tercera entrega y hasta parte de las precuelas con las que se intentó expandir el universo alienígena—. Lamentablemente, no es el caso de Joker: Folie à deux, cuya expectativa y presupuesto es también proporcional al fiasco que resulta, especialmente, en sus momentos finales y cuya primera entrega recaudó más de un billón de dólares (Phoenix, siendo el protagonista, se llevó “solamente” cinco millones).

Todos hemos visto Joker y todos recordamos el final: se cierra la historia —con “White Room” de Cream sonando de fondo— con la behetría y la desesperanza instaurada en Ciudad Gótica y con el Joker convirtiéndose en líder de un movimiento anarco que renegaba del gobierno y de la corrupción generalizada. De esta forma, sus crímenes no fueron crímenes, sino actos de defensa y de justicia. El personaje de Joaquín Phoenix asesina a un conductor de televisión que, aprovechándose de su prestigio, humillaba en vivo a sus invitados; a un grupo de jóvenes abusivos e indolentes que estaban por violar a una mujer y terminan propinándole una paliza; a un falso amigo, el hipócrita que juraba protegerlo, pero que, en realidad, solo lo despreciaba y lo inició en el crimen; y a una madre psicótica que expuso a su pequeño hijo a maltratos y abusos que lo marcaron para siempre. Incluso, si nos gusta la literatura rusa, podríamos decir que algo de la teoría del superhombre de Dostoievski, en Crimen y castigo y Los hermanos Karamazov, aparece en Joker, pues se eliminó a seres malignos y corrompidos que, ciertamente, eran parte del problema de Ciudad Gótica.

Arthur Fleck, entonces, acaba detenido y es ahí donde empieza esta segunda entrega. Han pasado dos años desde aquellos hechos y, ahora, se discute la posibilidad de enviar a la silla eléctrica al Joker, quien permanece internado en una especie de cárcel-manicomio que permite, no obstante, la visita e interacción de los reclusos con voluntarios civiles. Definitivamente, no es una penitenciaría de máxima seguridad (pese a que está en una isla). Aprovechando esas licencias es que Lee Quinzel, encarnado por Lady Gaga, conoce a su héroe y se enamora de él. La diferencia sustancial con la primera parte es que ahora el film presenta momentos musicales. Literalmente, el Joker canta —lo que haría entender por qué incluyeron a Gaga en esta producción— y las escenas de más intensa subjetividad son desarrolladas a modo de un musical. El recurso de alucinar la realidad, a tal punto de que Arthur Fleck podía vivir una alternativa y propuesta en la primera cinta, busca ser reinventado por la ejecución de la música. El problema, primera falencia de esta continuación, es que así se pierde espontaneidad y sorpresa: el espectador ya sabe que las escenas musicales no son reales, que son una alucinación del personaje, contrario a lo que sucedía en la primera parte.

Otro punto crítico es que el aura caótica de Ciudad Gótica, ese clima de anarquía y fin de todos los tiempos que Todd Phillips tomó abiertamente de Taxi Driver y The King of Comedy (ambas películas del maestro Martin Scorsese y ambas protagonizadas por Robert De Niro), ha desaparecido: la gente ya no se subleva, la canallada política no está presente, no hay incendios ni saqueos, solo una escena solitaria donde Lee rompe los escaparates de una tienda y se lleva un televisor, escena tan aislada que no conecta con la naturaleza de la película. Por lo mismo, la forma en que Joker escapa de su juicio y de la corte tampoco tiene un desarrollo orgánico en función a los hechos: ambos fragmentos se sienten postizos y forzados, por lo tanto. Otro ausente es Batman y los personajes canónicos del cómic que pudieron hacer que la película se mantenga fiel a sus originales fuentes. Solo aparece un deslucido Harvey Dent como el fiscal que acusa, pero es tan intrascendente su inclusión que podría ser remplazado por otro personaje sin que nada se afecte. Pero el gran ausente es la comedia, pues recordemos que el Joker quería hacer reír a la gente. Simplemente esto ha desaparecido por completo, como si Arthur Fleck nunca hubiera sido payaso o aspirante a comediante al menos. Y gran falta también hace —como un agujero negro por donde va diluyéndose todo— alguien como Murray Franklin, el personaje de Robert De Niro que es asesinado durante una transmisión en vivo en la primera entrega. Demostrando por qué es uno de los mejores actores en la historia del cine, De Niro supo aportar aquella cuota de hilaridad que Phoenix nunca pudo con su personaje. Aquel elemento de refrescante humor que podía hacer más prolífera la película, repetimos, también ha desaparecido.  

Como señalamos en la reseña a Joker de hace cinco años, su éxito se basaba en haber tomado de Taxi Driver ese ambiente neoyorkino caótico muy bien creado por Scorsese donde el espectador tiene la impresión de que cualquier cosa, violenta, puede pasar y quedar impune y hasta ser normalizado y aceptado por los neoyorkinos. Y de The King of Comedy toma el personaje aprendiz de comediante que altera la realidad a tal punto que las fronteras con la fantasía se vuelven difusas. Ambos elementos, pilastras temáticas y de estilo en Joker, han sido sacrificados a cambio del musical y para centrarse más en la subjetividad del personaje Arthur Fleck. Como consecuencia, el desarrollo de la faceta política, económica y cultural de la sociedad capitalista propuesta en Joker ha quedado trunca, lisiada, amputada. Y de esta forma, en medio de las crisis mundiales y actuales de este primer cuarto del siglo xxi, el espectador se identifica menos con la película. Por ejemplo, ante la ola de extorsiones y sicariato, ante la podredumbre de la clase política tanto en el poder ejecutivo, legislativo y judicial —es decir, los tres poderes que hacen posible la existencia de una nación— se estuvo comparando a Lima, la real, con Ciudad Gótica, la ficticia. El crimen organizado y el hampa han tomado la ciudad, los políticos no gobiernan para la gente, sino para las mafias organizadas, las leyes que promueven solo debilitan el sistema penal y la justicia civil a cambio de salvar su pellejo, porque ellos también son delincuentes. Como era de esperarse, tanto la aprobación de la presidenta como de los congresistas, alcaldes y gobernadores regionales agoniza en una cifra del cinco por ciento y son repudiados por la gente vayan a donde vayan. Es decir, ya no representan a nadie y nosotros los ciudadanos no les deberíamos obediencia a un gobierno espurio, corrupto y manchado de sangre. Sin embargo, la protesta social no ha estallado como se esperaría, el Perú continúa desunido, fragmentado, y no puede sumar sus cóleras dispersas en una sola. En Joker es Arthur Fleck quien hace posible todo ello: es el mechero para toda esa pólvora que estaba esperando arder con furia y así vaciar sus miedos y frustraciones. Pero Joker: Folie à Deux ya no representa nada, es solo la muestra de que su director y guionista, al alejarse del camino trazado por Scorsese, en vez de alzar vuelo se estrellan estrepitosamente contra la realidad de sus propias limitaciones.

Finalmente, esta película desinfla y vacía de valor la personalidad esquizofrénica y dual que tenía Fleck. Recordemos que este se volvió un ídolo al hacer justicia por su propia mano, justicia que estaba negada por el sistema corrompido de Ciudad Gótica. Pero en esta entrega se niega todo ello y se niega, también, la posibilidad de que el Joker exista y, por tanto, se le quita voz a las personas de a pie que se sentían representadas. Esta es la razón por la cual Lee lo abandona y también por qué lleva un rótulo en francés. Solo aquel hecho ya me hacía pensar que esta segunda parte estaría muy por debajo de su primera y habría de ser una decepción, pues apelar a un referente externo —en este caso, a la canción “Ne me quitte te pas”, “No me dejes”, interpretada por el belga Jacques Brel que fue un éxito en Francia desde su lanzamiento en 1959— demuestra que por sí misma no puede crear ni ofrecer nada nuevo. A estas alturas uno se pregunta cómo es que Hollywood puede desperdiciar millones de millones de dólares y cómo es que un actor como Joaquín Phoenix va de desacierto en desacierto, pues previamente había protagonizado otro gran fiasco: Napoleón. Esperemos que esto no signifique el ocaso de su carrera.

domingo, 1 de septiembre de 2024

Historia personal e historia universal en Desembarcos de Evgueni Bezzubikoff

 En los poemas que componen Desembarcos de Evgueni Bezzubikoff la historia personal con la historia universal se entrelazan y alumbran una nueva voz, como aquel artefacto narrativo de los vasos comunicantes donde la conjunción de dos historias crea una tercera. En nuestro caso, épica y lírica vuelven a su original afluente, cuando, por ejemplo, un poeta y guerrero como Arquíloco, cientos de años atrás en la antigua Gracia, participaba en las contiendas y guerras de aquel entonces y escribía la historia, vuelta poesía, para registrar aquellos magnos eventos. De esta forma, en Desembarcos hay una reconciliación entre épica y lírica que contrasta con la poesía contemporánea. Recordemos, también, que poesía y narrativa vienen del mismo modo de la épica.

 

Así, el libro se abre con la sección que sintomáticamente se llama “El mundo que aún tenemos”, donde aparecen personajes de la historia universal como Alejandro Magno, rey de Macedonia, Senaquerib, rey de Asiria y San Agustín, los que merecen una reinvención y son, por ende, retratados desde una perspectiva poética. Citemos precisamente el poema “Visión de San Agustín de Fra Filippo Lippi”: “

 

Iba San Agustín con su walkman

caminando por las colinas de la Toscana.

Escuchaba

To the Moon and Beyond.

Se preguntó, como hombre santo,

¿Cómo Gavin Luke

había podido componer

tal fragmento de la gracia de Dios?

 

El uso del walkman y la cita al artista Gavin Luke, sin duda, son un punto que nos remiten al presente, pero es un presente que, en esta era de rápidos cambios, envejece y va volviéndose parte de la historia. El sabio e iluminado San Agustín, avanzando en el poema, recibe una gran lección de un niño. Citemos

 

Niño, qué haces con una cuchara sacando agua del río

y llenándola en ese pozo pequeño.

Querer comprender el misterio de la canción que escuchas

y que yo soy los tres y el todo

desde el tráfago de la vida humana

es tan vano como llenar el riachuelo en este pozo

con una cuchara.

 

 

Uno de los poemas que condensa la historia personal con la historia universal es “Vienes de imperios y reinos”. Citemos:  

 

Mi hija ha llegado desde los Aqueos

y de los barcos Fenicios.

Ella ha llegado

a esta orilla después

de las Termópilas

y tantas huidas de Darío logradas por Alejandro.

 

La hija del poeta, la musa de vinculo filial en estos versos, no está aislada en el seno del hogar, sino que se conecta precisamente con la antigua Grecia y con las batallas más importantes que hubo durante esa época y contra los turcos. La historia personal, así, es posible gracias al vínculo inexorable con la historia universal. Todos descendemos, de alguna o muchas maneras, de Homero y de su Olimpo de dioses, todos nos hemos conmovido con Ilíada y Odisea y con las batallas e historias entre atenienses y espartanos. Y esto, creo entenderlo así, repercute de una forma más sonora en Desembarcos, especialmente si pensamos en el nombre del poeta, Evgueni, y en su apellido, Bezzubikoff, de ascendencia rusa.

No solamente lo griego está presente, sino que también se desciende de:

 

De las arenas y ríos del Imperio seléucida

de la piedra Inca y de estas palabras del que fue el Reino de Castilla.

Hoy que baja veloz por la resbaladera

continuamos nuestra historia

en otro imperio

 

Así, España y Perú están presentes en el linaje que compone el presente o lo presente. Pero este presente, o presentes, no está agotado, sino que el viaje continúa ahora “en otro imperio”. Y este imperio contemporáneo son los Estados Unidos de Norteamérica. La mención a “hoy que baja veloz por la resbaladera” no es arbitraria, sino que responde, precisamente, a la descendencia que compromete muchos orígenes y el paso del tiempo que lo hace posible es “continuamos nuestra historia”. De esta forma, la voz poética construye un recorrido que, considero, trasciende lo migrante o el espacio migrante, pues por lo general esto último se termina cuando el sujeto migrante parte de un origen y llega a su final. Aquí no existe origen ni final, sino que la historia y la sangre fluyen por todo el planeta y por los momentos más importantes de su línea de tiempo.

Quiero hacer mención, ahora, a otra cualidad del poemario. Me refiero a esa sencillez asombrosa con que están construidos muchos versos, a esos descubrimientos posibles en la poesía. Me refiero, por ejemplo, a los poemas “La última tarde de este mundo” y “Killari cumple un año en las esferas”. En el primero asistimos a la despedida de un ser querido, en este caso, de un hermano (sintomático es que esta sección llamada “Misha” tenga una cita a César Vallejo en “A mi hermano Miguel”). El fulgor poético está llegando al final:

 

Te sostenía de la mano

y fuiste lentamente bajando tu respiro

Como si tus latidos empezaran a ir de puntillas.

Cada vez más lentos

Cada vez más cerca

Del Otro espacio.

Hasta que sonaron más allá

que aquí.

 

La muerte, por obra y gracia del poema, recibe otro nombre, es descrita desde otra perspectiva. Con la palabra “puntillas” entendemos que hay cierto movimiento, que pueden ser los pasos del que comienza a irse de este mundo, lenta pero inexorablemente. Efecto similar ocurre en el segundo poema. Cito:

 

Por eso con tanto gusto, a tu breve tiempo,

te he enseñado la luna y tú (orgullo que me hace llorar)

me has enseñado el otro día un punto blanco arriba en ese lienzo oscuro: a’ ta.

Ahora Marte se llama a’ta en medio de mi corazón.

 

Esta vez el efecto poético es posible gracias a la presencia de la musa filial y el vínculo paterno. Así en vez de corregir o señalar el nombre de Marte, lo que hace la voz poética es aprender de su hija y rebautizar de una forma personal aquel planeta. Toda esta escena se refuerza con uno de los siguientes versos, muy tierno y entrañable:

 

la vida no durará en mí más que tu amor

 

Es decir, la vida es posible gracias al amor. El signo de lenguaje, lo sabemos, es arbitrario y eso abre más posibilidades a modificarlo sin pasar por las reglas que, nuevamente, son arbitrarias.

De esta forma, Evgueni inscribe la historia personal del padre y de la hija en la historia universal y todo ello, la línea de tiempo que les tocó vivir, es un constante desembarco, desembarco que no se limita a una región, sino que los ríos de la sangre están por los seis continentes que componen el mundo y viajan por sus distintas eras. Ese viaje, por supuesto, incluye a los libros de ficción o literatura, con personajes creados, recreados o hasta modificados. Incluso el orden cronológico puede ser atemporal o mezclarse el pasado con un pasado más cercano, como nuevamente sucede en el poema “Visión de San Agustín de Fra Filippo Lippi” donde San Agustín, que anda escuchando música en su walk man, se encuentra con una versión infantil de Jesús.

domingo, 18 de agosto de 2024

¿Es, verdaderamente, El espía del inca una novela histórica peruana?

Terminé de leer la colosal novela El espía del inca de Rafael Dumett hace un par de semanas. La empecé a mediados del 2020 y tuve que interrumpir su lectura debido a las obligaciones del doctorado y al peso de la maleta. Esto último me obligó a dejarla en Pittsburgh o en Lima y a volver a ella intermitentemente. En esos vaivenes, la releí desde el comienzo hasta en tres ocasiones. Hay libros que tienen su propio ritmo de consumo, en parte por los deberes y el estado de ánimo que genera, pues tal proceso jamás me había ocurrido cuando leí, por ejemplo, Los miserables, Los hermanos Karamázov, La guerra y la paz o El Quijote. Por fin terminé de leerla —enterarme de las reimpresiones y sucesivas ediciones del libro a lo largo de los años, como de que ahora pertenecía al sello editorial de Alfaguara, fue el constante recordatorio de una deuda pendiente— y una de mis primeras impresiones es que es la novela que le faltaba a la historiografía de la literatura peruana. Lo menciono porque es poca la literatura ambientada en el incanato. Personalmente, he leído los cuentos de César Vallejo y de Abraham Valdelomar, pero más allá de aquellas menciones nuestros más resonantes narradores no se han encargado de aquel periodo determinante, y genético, de la historia peruana. Ni siquiera autores indigenistas, o andinistas, como José María Arguedas, Ciro Alegría, Manuel Scorza se trazaron aquella misión, mucho menos Mario Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro, Alfredo Bryce Echenique o Miguel Gutiérrez. Nada.

Aquí repasemos, de manera breve, los hilos conductores de la historia: la formación de Oscollo como espía del Inca, sus misiones en diferentes reinos o pueblos a conquistar, sus muchísimas identidades en aquel juego bélico y, finalmente, el plan de rescate a Atahualpa cuando este es apresado por Francisco Pizarro y compañía, donde se hizo pasar como recoger oficial de los restos del Inca para estar a su lado permanentemente. La historia principal, la llegada de los españoles, el rapto del gobernante, su posterior ejecución y la caída del imperio es atravesada por otras tantas, donde nos enteremos cómo es que Oscollo adquirió el don de contar, de un solo vistazo, diversas cosas, desde frondosos ejércitos y guerreros hasta piedras del camino y granos de maíz en enormes vasijas. Del mismo modo, Dumett aprovecha las licencias que tiene el género de la novela, esa potestad de entrelazar diversas historias con la principal, de presentar digresiones y explorar distintas focalizaciones —como brincar de la tercera a la primera persona repentinamente o como reproducir el español vapuleado por la gramática quechua y aimara con el que Guamán Poma de Ayala compuso Nueva corónica y buen gobierno— a lo largo y ancho de las casi ochocientos páginas que tiene El espía del Inca.

Esta forma de entrelazamiento busca, también, reproducir el sistema cifrado de los quipus, donde una cuerda larga y de muchos nudos está escoltada por otras más cortas. Uno de los pasajes, o nudos con sus cuerdas, que recuerdo con cierta nostalgia son los referentes a Felipillo: cómo es que conoce a los “barbudos” que vienen navegando en “cáscaras gigantes” y va aprendiendo su idioma y lidiando después con el quechua, pues el manteño era su lengua materna. Otro es cómo el espía, por órdenes superiores, usurpa la identidad del hijo de un importante curaca para lograr la admisión en la casa del saber del Cusco, donde solo podían asistir los descendientes de distinguidas personalidades, lo que es parte de su formación para ser espía del Inca. Del mismo modo, las páginas donde se narran la elección de Huáscar como único Inca al ser hijo reconocido de Huayna Cápac y haber cumplido con todos los ritos y, posteriormente, el estado de enajenación en el que acaba por detentar el poder y creerse omnipotente. Es ahí donde comienza a tejerse la treta para deponerlo y proclamar a Atahualpa, el mocho (recordemos que le faltaba el lóbulo de una oreja) como único Inca en su lugar.

No obstante lo señalado, es decir, a pesar de la ambientación del pasado o la recreación de un contexto histórico, esto es, el tránsito entre el descubrimiento y la gesta de conquista de los españoles, ¿es posible afirmar categóricamente que El espía del Inca es una novela histórica? ¿Es suficiente la sola historización literaria de un particular periodo? Creo que algún ingrediente más, o condición, es necesario, pues de otro modo una novela escrita en el tiempo en que su autor nace, crece y muere —lo que constituye la mayoría de novelas publicadas— con el paso de los años también podría ser una novela histórica. Gyorgy Lukács en uno de sus más conocidos libros, The Historical Novel, señala que lo esencial para que ocurra una novela histórica, además de la ambientación, es la capacidad para retratar el espíritu de la época. A esta conclusión llega tras analizar algunas de las más conocidas novelas de Walter Scott ambientadas en el siglo xii y en Inglaterra. Aquel espíritu de la época ha de recoger las inquietudes, conflictos y procesos sociales de tal modo que ofrezca una construcción verosímil de la historia. De esta forma, por ejemplo, Redoble por Rancas o La tumba del relámpago de Manuel Scorza sería una novela histórica en tanto desarrolla los movimientos y conflictos sociales de aquella era, es decir, el problema de la tierra, el fin del feudalismo en el Perú y la resistencia de las comunidades andinas ante las haciendas y el avance de las mineras.

Pero aún hay algo más, razón por la cual me pregunto si El espía del Inca es, efectivamente, una novela histórica. Si pensamos en libros como Quo vadis, En nombre de la rosa, La guerra y la paz o, incluso, El evangelio según Jesucristo, advertiremos que su historia medular se construye sobre un vacío de la historia oficial, la que por ser o tener rigor científico no puede ir más allá de lo comprobable, es decir, puede conjeturar, pero no fabular, imaginar, soñar. En Quo vadis Sienkiewicz retrata la agitada Roma del césar Nerón, en especial por qué y quién la incendió, lo que desataría una persecución y ejecución contra los cristianos y, a la larga, sería el detonante para convertirla en una de las más importantes religiones en el mundo, tal cual un efecto dominó. Del mismo modo, en En nombre de la rosa Eco explora la posibilidad de que el libro de la risa de Aristóteles haya estado guardado en una abadía del siglo xiii en Italia. El hecho de que haya sido celosamente guardado y no reproducido por los monjes copistas y medievales responde a que fue un libro subversivo que enseñaba a reír, es decir, a burlarse y por ende a perderle miedo a dios. La guerra y la paz también llena o completa un vacío que la ciencia de la historia no puede explicar a cabalidad: la condición humana, la vena de espiritualidad que tienen los grandes hombres en el contexto de la guerra entre Francia y Rusia, cuando el emperador Napoleón invadió Moscú. El evangelio según Jesucristo de José Saramago va más allá: completa las muchas lagunas que hay sobre la vida de Jesucristo, especialmente los días que pasó aislado en el desierto y su momento final tras ser crucificado. La pregunta, entonces, es evidente: ¿El espía del Inca completa un vacío que la ciencia de la historia no ha podido?

Planteo esta nueva pregunta en tanto es evidente la documentación de Dumett para escribir su opus magnus. Pocos días antes de viajar a Pittsburgh en el 2019 para iniciar los estudios de doctorado, pude asistir a una de las varias presentaciones de la novela en San Isidro y en la oficina editorial de Lluvia Editores. En una charla franca y amena, Dumett fue repasando los libros de historia que había leído al derecho y al revés para componer El espía del inca. En un momento de la tarde, respondiendo las preguntas de algunos presentes, olvidé que la disciplina artística que nos convocaba era la literatura, pues la conversación se había centrado exclusivamente en la historia y en libros de historia. De esta forma, pese a la copiosa bibliografía, y en consonancia al espíritu de la época y a las novelas citadas, ¿cuál es el vacío de la historia que la novela completa? Esta ha sido la pregunta que, pasadas las trecientas páginas, me acompañó hasta el final de mi lectura. Y es que la historia de la captura de Atahualpa ha sido largamente documentada ya por cronistas de esa época (Francisco de Xerez, por ejemplo, fue uno de los primeros que narró cómo fue raptado el gobernante inca) y continúa siendo materia de investigación y debate por parte de historiadores contemporáneos. Consciente de ello, es que Dumett decide no narrar de nuevo la captura de Atahualpa y obviarla completamente, lo que da la sensación de que falta una importante escena al desarrollo de la novela.

Por lo ampliamente registrado, pienso que que El espía del Inca no completa un vacío de la historia como las novelas que he ido citando. Pero en cambio explica o retrata la rápida caída del incanato, es decir, responde la urgente pregunta de cómo fue posible que un puñado de españoles pudiera conquistar a una de las más importantes civilizaciones de la humanidad en tan poco tiempo, en especial cuando había alcanzado su estatus de imperio. No obstante, esto último también está documentado: recordemos que la estrategia de Francisco Pizarro y compañía fue aprovechar el rencor y ánimo revanchista que pueblos como los huancas guardaban contra los incas por haber sido conquistados y obligados a pagar tributo. Al apoyo que recibieron los españoles de los propios indios, se suma la guerra civil entre Huáscar y Atahualpa, quien además había masacrado a todo aquel que apoyó a su hermano. A ello podemos sumar la estructura social del incanato, es decir, capturado el gobernante muchos súbditos obedecían ahora a quien ocupara esa posición, además de las enfermedades traídas por los europeos y la ventaja armamentística (el uso de la pólvora para hacer estallar trabucos y bolaños fue determinante e intimidante [se creyó que los invasores habían logrado controla al dios del trueno andino, el illapa, en sus “cañas de fuego”]).

Consciente, entonces, de que la historia del incanato, descubrimiento y conquista no ofrece grandes vacíos a completar como los temas de las novelas históricas citadas, Dumett se apoya en otro tipo de limbo, esta vez de carácter técnico: los quipus. Sabemos que los quipus fueron usados como instrumentos de contabilidad y registro, pero existen aquellos que eran más largos, tenían más nudos y colores y que, por su propia complejidad, no se sabe cómo leerlos. Partiendo de allí, de la posibilidad que ofrece aquel desconocimiento, es que el autor de El espía del Inca fabula con los pasajes más importantes de aquel periodo de la historia peruana. He de agregar que aquel tema, la posibilidad de que ciertos quipus nos rebelen otra versión de la historia, ya había sido tratado por Genaro Ledesma Izquieta en La conquista del Iberosuyo, donde es el imperio incaico el que conquista la península Ibérica y, así, se invierte la historia.

Concluyo con lo siguiente: El espía del Inca, especialmente durante sus páginas finales, y más allá de su identidad histórico como novela, pone sobre la mesa y exhibe, cual descubrimiento arqueológico que revela lo que significa ser peruano, el gen del sectarismo y, por ende, la desunión y rencillas internas que siempre existió en el Tahuantinsuyo, primero, y en el territorio geográfico que se conoce como el Perú, después. Es decir, la respuesta a la interrogante de Zavalita, “¿En qué momento se había jodido el Perú?”, se remonta al periodo prehispánico y no se inicia con la llegada de los españoles (desromantizando la figura de un pasado glorioso durante el incanato). Y es que ¿qué enfermedad carcome a una civilización que apoya y pacta con un extranjero luego de haber capturado violentamente a su gobernante? Tras la colonia, la independencia y la república aquella anomalía no cambió: el Perú siguió desunido, fracturado y fragmentado y de ello dan muestras los sucesivos golpes de Estado y el escenario político contemporáneo, el que tiene otra forma de golpe de Estado, ya no militar, pero sí civil: los que gobiernan están por la fuerza, pero un país unido y dueño de su porvenir (como decía José Carlos Mariátegui durante las primeras décadas del siglo xx sobre los cuatro millones de indios, es decir, sobre la gran mayoría de habitantes peruanos) no desespera y logra expectorar a esa presidenta y congreso que solo tienen cinco por ciento de aprobación, tal vez el más bajo en nuestra historia republicana. En cambio, ¿qué ha sucedido con las protestas sociales? Luego de la represión sanguinaria, vino la desunión, es decir, el cáncer del Perú: los líderes de los movimientos regionales se pasaron al oficialismo y la calle se dividió entre castillistas y no castillistas, y antes de esto, el escenario social ya estaba dividido entre los que defendían la mentira del fraude electoral y los que respaldaban el proceso de las elecciones. Y esta desunión es como una víbora que une los diferentes tiempos y realidades del territorio llamado Perú. Recordemos que el dios Inti, Viracocha y Pachacútec fue impuesto en culturas como Paracas y Nasca, así como fue impuesto posteriormente el dios cristiano. El espía del Inca logra este friso, doloroso, de la identidad nacional, es decir, el adn de la peruanidad, especialmente cuando nos enteramos, en el final de la novela, lo sucedido entre el espía, Oscollo, y su gobernante Atahualpa. Finalmente, interpretar la realidad del Perú a puertas del bicentenario, procesar sus facetas históricas y entregarlo en una colosal novela de cientos de páginas, es solo posible cuando su autor conoce muy bien su país y su tradición literaria.

 

Orange City, Iowa
17 de agosto de 2024