domingo, 17 de mayo de 2026

La leyenda del fujimorismo

Todos tenemos un amigo, familiar o conocido, todos hemos oído la oración balbuceante “votaré por K. Fujimori porque su papá derrotó al terrorismo y arregló la economía del Perú”. A casi 40 años del inicio del fujimorato, desde una perspectiva histórica que el tiempo concede, conviene analizar aquella oración para darnos cuenta que es solo un mito, una leyenda concebida por la frágil memoria y desconocimiento de los hechos que podemos padecer los peruanos. A la vez, aquello revela que las opciones políticas muchas veces están llevadas por el corazón, más que por la razón.
Un desconocido profesor de matemáticas, catedrático de la Universidad Nacional Agraria de La Molina y nikkei, le ganó las elecciones presidenciales de 1990 al laureado escritor Mario Vargas Llosa. Su carta de batalla fue la promesa de no aplicar ningún shock económico o desregular la economía, es decir, liberarla a precios reales del mercado sin ningún subsidio del Estado. En otras palabras, el plan de gobierno de Fujimori, si es que alguna vez lo tuvo, era exactamente opuesto a lo que hizo y lo que hizo fue, precisamente, aplicar el plan de gobierno en materia económica de Vargas Llosa. Ergo, es al autor de La ciudad y los perros a quien realmente el Perú debería de agradecer el haber “arreglado la economía”, si es que se puede sostener aquello considerando la cifras de pobres y el crecimiento atrofiado que tiene el país. Siguiendo esa tendencia, la de desautorizar al Estado de toda actividad económica, fue que se empezó a privatizar las empresas nacionales que el parasitario gobierno aprista había plagado de “compañeros” inútiles e irresponsables. ¿Y dónde quedó el dinero de la privatización? ¿Dónde los miles de millones de dólares que valieron empresas como la de telefonía y minería nacional? ¿En qué se invirtieron aquellos miles de millones? Fueron a las arcas espurias de los Fujimori: recordemos que Alberto, el patriarca, se declaró culpable por ciertos delitos de corrupción. El Perú, durante el segundo quinquenio en los noventa, era una dictadura y sufría recesión y, por lo tanto, desempleo. El gobierno de Valentín Paniagua recibió un país con una constante inflación y es con el retorno de la democracia, es decir, cuando se aleja del poder el cáncer fujimorista que la economía empieza a mejorar. Así, el país no tuvo durante la dictadura de los noventa un crecimiento como los vividos durante la transición y durante los gobiernos democráticos que después vinieron.
Segundo, así como Fujimori y Vladimiro Montesinos capitalizaron el “arreglo de la economía”, lo que realmente le pertenece a Mario Vargas Llosa, también se supo capitalizar la derrota del terrorismo. Cuando Abimael Guzmán, camarada Gonzalo, fue detenido en la casa de Surquillo en 1992, la dupla Fujimori-Montesinos no lo sabía: el primero estaba en la selva pescando paiches con Kenyi y el segundo asistía a un acto protocolar en una embajada. El Grupo Especial de Inteligencia, Gein, había capturado al que quizá era el hombre más buscado del mundo en ese momento solo con un tiro de pistola y al aire, es decir, sin lastimar ni mucho menos asesinar a nadie. Mientras la estrategia del gobierno, de la dupla Fujimori-Montesinos con el apoyo de los militares, consistía en combatir el terror con el terror, en matar primero y a todos, la estrategia del Gein fue una labor de inteligencia, es decir, de paciente seguimiento. Gracias a ello pudieron dar con la guarida del líder de Sendero Luminoso y capturarlo. Es más, actualmente se sabe que el gobierno, en 1990, decidió no capturar al terrorista Abimael Guzmán, pues tenerlo en libertad, dejarlo que asesine a más peruanos inocentes y, especialmente, siga sembrando el pánico entre los sobrevivientes le resultaba un negocio rentable para sus planes de reelección indefinida. Así lo sostiene el exoficial del Equipo de Investigaciones Encubiertas e Inteligencia de la Dirección Contra el Terrorismo, Dincote, quien tuvo que abortar la operación el 6 de diciembre de ese año
por una orden expresa de Palacio de Gobierno, es decir, de los socias Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. Los crímenes del fujimorismo fueron juzgados en un juicio limpio y ejemplar, deslumbrando a la comunidad internacional, y por ello el exdictador purga 25 años de condena, especialmente por las masacres de Barrios Altos y La Cantuta.
Entonces, los dos grandes “argumentos” con los que muchos peruanos piensan darle su voto, ahora, a Keiko Fujimori se basan en una leyenda, en un mito exagerado como lo es todo mito que sufre alteraciones con el tiempo. Aún si ese par de mentiras fueran ciertas, eso tampoco ameritaría votar por una persona que ha sido cruel con su madre, con su hermano, con sus hijas y, ahora también lo confirmamos, con su propio padre, pues la señora se negó a que Alan García indultara a su padre. Y, de nuevo, por cálculo político. Recordando a Aristóteles, para quien la construcción de la sociedad era como la construcción de un mapa geográfico, la naturaleza pone todo en su lugar. Es decir, no es posible sembrar árboles en el mar ni criar peces en las montañas, del mismo modo no es posible darle el poder ni ponerla al frente del timón de país a alguien como Keiko Fujimori, simplemente porque no es una buena lideresa y no ha nacido o no tiene las aptitudes y vocación para gobernar. Y esto pese a los miles de dólares, sacados de erario público, que costó su educación privada en Estados Unidos. En otras palabras, ella no es Alberto Fujimori. Fujimori fue un hijos de migrantes japoneses que, apoyándose en la familia de su exesposa Susana Higuchi, labró una carrera como profesor y autoridad al interior de una universidad nacional. En otras palabras, hizo algo con su vida y demostró que tenía cierta inteligencia (la que usó para delinquir). No es el caso de su hija mayor, cuyo único “mérito” es haber heredado el caudal político como quien hereda una casa o un carro, bajo el costo de traicionar a su madre, es decir, ser “hijita de papá”.
Por ende, no es natural que ella gobierne. Los resultados ya lo estamos viviendo más claramente desde el 2016 cuando vacó al entonces elegido Pedro Pablo Kuczynski, PPK. Desde ese momento el país cayó en un espiral de inestabilidad y descomposición institucional nunca antes vista. La aprobación de una paquete de leyes procrimen que protege a los delincuentes y dificulta la tarea de policías y fiscales probos, así como el auge de la minería ilegal, entre otras causas, van siendo los flagelos nacidos de aquel golpismo parlamentario y fujimorista. Aquello ha sido un caldo de cultivo para la pataleta del fraude, cuando nunca han habido pruebas fehacientes como las encontradas durante la tercera reelección de Alberto Fujimori en el 2000. El Perú es un paciente convaleciente que está siendo derrotado por infecciones causadas por los virus que han debilitado sus defensas, es decir, su institucionalidad. Porque es el congreso el que ha abierto la puerta para el cáncer y el sida. Un gobierno de la señora Fujimori, por todo lo expuesto, sería un punto de no retorno, el descanso en el ataúd o el hueco en la fosa común. Estamos a tiempo de impedir ese aciago destino.

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