domingo, 24 de julio de 2022

"La irrealidad y sus escombros" o la destrucción del hogar

Rocío Uchofen acaba de publicar el cuentario La irrealidad y sus escombros (2021) con el sello editorial Maquinaciones, su sexto libro entre poesía y narrativa. Es decir, estamos ante una escritora que ya tiene miles de palabas sumadas, unas tras otras, en el oficio y a lo largo de los años, por lo que este solo hecho amerita prestarle atención a su trabajo. Esto sin mencionar los premios y menciones honrosas que ha conseguido en diversos certámenes literarios, además de las antologías en Lima y en New York (ciudad donde radica actualmente) en las que han aparecido otros cuentos y poemas suyos.

La literatura producida por mujeres en Sudamérica probablemente tenga su mayor parangón en Clarice Lispector, aquella escritora brasilera de origen ucraniano que produjo grandes obras como Lazos de familia, La pasión según G. H., La hora de la estrella. Es precisamente con el primer libro mencionado donde podemos encontrar ciertas coincidencias en cuanto a temática. Así, los catorce cuentos que componen el libro tienen como materia de análisis la descomposición del hogar y de la familia, de modo que desfilan personajes desposeídos no de bienes materiales, sino de afecto y empatía. Apuntemos, también, que en el Perú todavía no existe la figura institucionalizada de una narradora, a diferencia de la poesía, donde nombres como el de Blanca Varela, Magda Portal y Yolanda Westphalen brillan por propios méritos. No obstante, en las últimas décadas la narrativa escrita por mujeres ha aumentado considerablemente, con antologías en importantes editoriales y en el circuito contracorriente de la literatura peruana, lo cual celebramos desde esta humilde tribuna. Creemos, de esta forma, que en los próximos años aparecerá una narradora, o narradoras, que finalmente se consagren y se sumen a las figuras todavía solitarias de Laura Riesco o Pilar Dughi, por ejemplo, de modo que esa clasificación artificial de literatura escrita por mujeres y literatura escrita por hombres sea superada y podamos hablar, simplemente, de literatura peruana.

La irrealidad y sus escombros se inicia con una cita al prolífico Guy de Maupassant. Reparar en este hecho nos va arrojando primeras luces sobre la obra de Uchofen, pues el escritor francés no está allí solo porque es uno de los mejores cuentistas de todos los tiempos. Su presencia apunta hacia la temática. Como ya anunciamos líneas arriba, por las páginas de este cuentario emergen desencuentros, sinsabores, escenas de hogares fragmentados y de personajes solitarios que ansían otra suerte, otra realidad. De esta manera, podemos afirmar que, como Maupassant y también Antón Chéjov (otro referente imprescindible del relato corto), los personajes de Uchofen no son condeses, reyes, presidentes, grandes artistas o seres aureolados por el poder u otro elemento que los vuelva importantes. Más bien, conocemos los sueños y anhelos de niños convalecientes, oficinistas aburridos, hombres y mujeres de diversos oficios que —rasgo que los une como hilo conductor— no se sienten plenos con el destino que les tocó vivir. Sintomático es que en cuatro cuentos (“Las intrusas”, “Bajo la luna”, “El beso en Poblenou” y “Encuentro en Times Square”) los lectores nos enfrentemos a presencias que se desvanecen repentinamente, dejando, de nuevo, en la orfandad a los personajes que se relacionaron con ellas.

“Diana cazadora” es uno de los primeros relatos con que se inicia el relato y en él se manifiesta claramente aquella temática del aburrimiento y la desazón, de tal forma que esto parece ser la respuesta a por qué una mujer soltera, joven y bonita, accede a ser la amante de un hombre casado y de edad madura. Y pese a que el personaje protagonista ha aceptado, consciente de lo emocionante que puede resultar vivir tal aventura, continúa sintiéndose en soledad y aburrimiento. El cuento acumula varias líneas donde aquella vaga sola por las calles y monumentos de Ciudad de México, con monólogos donde reniega su poca fortuna en la vida. Citemos: “Tiempo después, me di con que era una solitaria, una mujer en espera en una ciudad inmensa que me absorbía” (pág. 31). El desenlace de la historia, sorpresivo, pero afín a tales circunstancias, parece confirmar su monotonía. Entonces, esta dama termina aferrándose no tanto al hombre, sino a lo que él tiene y cree que puede compartir con ella: una familia. Lo mismo aparece también en el siguiente cuento, “El reflejo”, que desarrolla lo distópico o lo futurista. En una país y tiempo desconocidos es posible revivir, o prolongar, la existencia de los seres queridos, de modo que estos permanezcan indefinidamente entre nosotros. Lo que se busca, y el relato experimenta muy bien con aquella posibilidad, es mantener unidas la familia, de modo que estas no se desintegren con la natural desaparición de los suyos. Citemos: “Si esto falla, me responde, tendremos que vivir en la soledad de nuestros cuerpos, como cualquier hijo de vecino lo hace al morírsele el ser más querido de la tierra” (pág. 37). Es también interesante la técnica con la que está construida esta historia: a base de datos escondidos o silencios. El narrador no explica el funcionamiento de aquel dispositivo, simplemente continúa como si el lector ya lo supiera. El efecto causado es de intriga y suspenso, lo que acelera la lectura para enterarnos qué está ocurriendo.

“El peso de la capa” es otro cuento que apunta hacia aquella imposibilidad de construir un hogar. Esta vez, estamos ante el amor de dos mujeres. La historia no se centra tanto en lo peculiar o diferente que pueda tener una relación lésbica, sino en el peso del pasado de una de las protagonistas (de ahí que el cuento apele a “peso” y “capa”, como una carga que se arrastra). Es decir, justo cuando no hay ningún impedimento que permita formar un hogar, aquella posibilidad se destruye. El cuento acusa marcados rasgos sicológicos, además, lo que se adhiere al efecto o desenlace último. En “Soy la morsa” y “Bajo la luna” (donde, además, hay una escena de hechicería con rezos, cánticos y animales) el protagonista de la historia es la enfermedad que aqueja a sus personajes principales, niños que ven interrumpidos sus dóciles días de aquella primera juventud. Ambos cuentos tienen saltos en el tiempo, temporalidades borrosas, imágenes disímiles como apariciones producto de aquellos males. Y estos son los que abren grietas en la familia y modifican, para siempre, la forma de relacionarse de los niños con la realidad, de modo que no vuelven a ser los mismos en el colegio y comienzan a crecer una pasión-consuelo por la música, es decir, por el arte.

“Un beso en Poblenou” y “Encuentro en Times Square” son los cuentos en los que el tema de la soledad y el hastío por la vida aparecen con más notoriedad. En ambos, unas mujeres jóvenes y que pueden valerse por sí mismas, es decir, con trabajos y cómodas posiciones económicas, se citan con unos hombres, pero estas citas no llegan a concretarse de una manera plena. Y esto sucede no por falta de empatía, sino por el repentino desvanecimiento de sus presencias, especialmente en el primero. En el segundo, relato que cierra el libro, desde la primera línea sabemos que Jaime está muerto y, no obstante, la protagonista de la historia decide partir con él, precisamente hacia un lugar más allá de la vida donde ya no sienta aquel hastío por su suerte ni por la soledad. Sintomático es que ambos relatos tengan escenarios de viajes, pues ambos transcurren entre Europa y Estados Unidos.

Finalmente, no puedo terminar esta reseña sin comentar “Noches de hormiga”, pues aquí estamos ante un diferente tratamiento de la técnica narrativa de los vasos comunicantes. En esta, dos escenarios diferentes se juntan o son puestos en uno solo, de tal forma que de su unión surge un tercero. Escritores de la talla de Gustave Flaubert en Madame Bovary y William Faulkner en Las palmeras salvajes, por mencionar, tal vez, los casos más emblemáticos, la han empleado en sus trabajos. En el caso de Uchofen, y en el cuento en mención, el cuartel militar y el ejército de hormigas devorando a un insecto no se entrecruzan, sino que habitan un mismo escenario, como si la realidad pudiera devenir de humano a insecto y viceversa. Este modo de emplear los vasos comunicantes ya había sido llevado a cabo por Manuel Scorza en su último libro antes de su trágica, y repentina, desaparición, La danza inmóvil, solo que, por tratarse de una novela, con mayor espacio y desarrollo. Uchofen lo lleva al relato corto, por lo que su efecto es diferente: más intenso y sorpresivo.

En síntesis, La irrealidad y sus escombros desarrolla el tema de la soledad y el hastío por la vida en personajes oficinistas, pequeños burgueses o clasemedieros. Incluso, el cuento que se desarrolla en medio de la pandemia del covid-19, “Esos días perdidos” (y escrito en segunda persona), tiene como protagonista a una mujer solitaria que vive en New York, cuyo único vínculo con sus seres queridos, en medio de la desesperación por el virus, es la comunicación telefónica hasta Perú. Los cuentos, por otro lado, no ofrecen una descripción de los escenarios o límites geográficos, de modo que solo sabemos que estamos en Ciudad de México o Nueva York por la mención al lugar. En tal sentido, podemos cambiar el nombre de la ciudad a otra como Lima, por ejemplo, y el resultado del cuento no se habrá alterado. Más que una debilidad, creemos que esto responde al oxímoron del título, donde lo real ha trocado por lo irreal, por ende, la geografía no importa tanto como la temática y el particular tratamiento que Uchofen le da en sus cuentos.

domingo, 17 de julio de 2022

La otra vida de John Lennon

Toda novela tiene su propio tiempo y espacio. Incluso las que podemos calificar de “realistas”, poseen un único tiempo y espacio. Por ende, toda novela es dueña de sus acontecimientos, los que pueden ser muy diferentes del mundo que habitamos. Aquello se cumple en Karma instantáneo para John Lennon (editorial Mesa Redonda, 2012) de Arturo Delgado Galimberti. En esta historia distópica —género literario que tiene a sus más celebrados representantes en Philip K. Dick, Margaret Atwood y en algunos libros de José Saramago—, el autor de “Starting Over” no ha sido asesinado por un fan a la salida de su apartamento en el edificio Dakota, frente al Central Park en New York, sino que está por cumplir setenta años durante la administración de Barack Obama. Más bien, quien sufre aquella fatalidad es Paul McCartney, ultimado por un fanático japonés tras presentarse en un concierto en Japón. Estos acontecimientos habrán de cambiar la línea de tiempo que nosotros, los lectores, conocemos, de tal forma que la realidad presentada por Delgado Galimberti es una viva posibilidad del devenir de un futuro diferente.

Tras la separación de los Beatles en 1970, Lennon y McCartney, los líderes de la banda, tomaron rumbos opuestos. Por ejemplo, el primero se volvió más contestatario, con letras que, tras el fárrago de la protesta, se volvían tristes, melancólicas y hasta depresivas. Y viceversa. Para muestra un botón: el contraste de canciones como “God” e “Imagine”. Por su parte, el segundo se volvió más comercial y muchas de sus canciones parecen coexistir en un mundo perfecto y feliz, contrario, como decíamos, a Lennon, quien protestó constantemente contra la Guerra de Vietnam, por ejemplo. Pero en Karma instantáneo para John Lennon aquel dualismo está roto y el autor más bien nos presenta a un atormentado Lennon que, absorbido por el activismo político, no ha podido seguir reinventándose musicalmente y es consciente de que en lo artístico ha sido superado por el desaparecido McCartney. Es este quien es venerado y elevado al nivel de leyenda tras su temprana desaparición, lo que suele suceder en el rock y en casos como Jimi Hendrix, Jim Morrison o Kurt Cobain.

Pero el libro no se queda en la anécdota de “qué pasaría si…”. Al constituir una novela, se desarrollan espacios narrativos que son una construcción particular. Por ejemplo, se explora en el móvil del asesinato de McCartney, qué había detrás, e interiormente, de su verdugo, qué hizo que un fan, alguien que ama con todas sus moléculas a su artista favorito e inspirado por ello termina elaborando una hagiografía, pueda trocar su completa admiración y amor hacia un odio visceral que culmine en un homicidio, opacando para siempre el firmamento de la humanidad al faltarle, de ahora en adelante, una estrella. Por otro lado, también resulta muy interesante el empleo de la figura de William Campbell. Desde finales de los sesenta cundió una de las más resonantes teorías conspirativas en la que el compositor de “Yesterday” había muerto en un accidente automovilístico en noviembre de 1966. En adelante, fue remplazado por un doble o impostor, dado que la banda estaba en su mejor momento y anunciar la muerte de uno de sus más importantes integrantes habría significado su final. Y con ello la producción de millones de dólares para los músicos y, especialmente, para sus productores y representantes. Delgado Galimberti fabula con ello y lo incorpora a la ficción.

La posibilidad de una realidad paralela y alternativa, es decir, de que científicamente sí existan otros mundos se deja sentir en el personaje Alexis Mardas, quien una tarde se encuentra con John Lennon, cuando este reflexionaba sobre el cosmos y los astros tendido de espaldas en el gras del Central Park, es decir, en el centro del planeta. La física cuántica ya ha probado que eso es posible, en palabras de Mardas, y que el tiempo no es lineal, sino que sus infinitas ramificaciones crean infinitas realidades. Así, podemos decir que la novela tiene, también, cierto toque futurista o de ciencia ficción, pues el debate sobre los agujeros negros y otras dimensiones continúa vigente en la actualidad. De esta forma, en una de esas líneas de tiempo el exbeatle está vivo y su activismo político lo meterá, a la larga, en serios problemas, dado que se lo vincula a cierta actividad terrorista.

Finalmente, la palabra “karma” en el título tiene una doble connotación. Apela a la canción “Instant Karma” de Lennon y al karma de la religión hinduista, donde una acción o causa cometida en libre albedrío tiene una natural consecuencia. En función a ello, los seres humanos, más allá de la muerte, pueden rencarnarse en otro tipo de vida, como animal o vegetal, o, incluso, pueden recibir premios o castigos en la presenta existencia. Por cómo termina la novela, parece ser que John Lennon siempre será John Lennon en la justa medida de sus actos, pues eternamente ha de ser el soñador de un mundo mejor desde el amor y la música. Y esa consecuencia será su fatalidad, en esta notable novela que está cumpliendo diez años de haber sido publicada y que goza de una pulcra edición, pese a que algunos nos quedamos con las ganas de leer más sobre la relación del exbeatle con otros exmiembros como George Harrison y Ringo Starr e, incluso, con Yoko Ono, de quien el autor de “Julia” se aleja, para satisfacción de muchos fans, seguramente.

domingo, 10 de julio de 2022

Rancas, 2022

Cerro de Pasco odia a los forasteros. Especialmente, si vienen de regiones llanas como la costa o la selva. El peor momento de su rencor es la noche: además de descender su temperatura a -10 grados centígrados, la falta de oxígeno impide conciliar el sueño. Si gracias al cansancio y la fatiga del viaje se logra cerrar los ojos, de pronto uno despierta con desesperación, pues la falta de oxígeno obliga a buscar una mejor postura. Literalmente, el efecto es de ahogamiento con una sensación de vómito y migraña. Y así se pasa lentamente la madrugada hasta el despunte del nuevo día. Es imposible dormir en sus alturas, si es que el cuerpo no se ha aclimatado. Pero este proceso es lento, y no sucede en las siete horas de viaje que separa Lima de Cerro de Pasco. Peor aún si se viaja en avión hasta Jauja y de ahí se toma un carro hasta allá.

Con 4500 msnm, es sin duda Cerro de Pasco una de las ciudades más altas del mundo. Para que el viajero se aclimate su cuerpo tiene que producir más hemoglobina en la sangre, que es la encargada de transporta el oxígeno. Cuando se superan los 2500 msnm aquel empieza a disminuir en el aire. Lo mismo, evidentemente, sucede en el cuerpo, por lo que este debe producir más hemoglobina. Pero este, proceso, como apuntaba líneas arriba, toma al menos una semana, razón por la también se ensaña, incluso, contra los cerreños que, asentados en otras zonas, han perdido su aclimatación Al padecimiento del soroche hay que sumarle el espectáculo de la ciudad. Cerro de Pasco está condenada a desaparecer. La actividad minera, en su extracción de cobre y plata, continúa escarbando los cimientos de la ciudad, de tal forma que la minera Volcan ya ha comprado cuadras y cuadras de Cerro de Pasco que dejarán de existir. Esta parte es conocida como la zona vieja, pero en un lugar tan pequeño lo nuevo con lo viejo colindan inevitablemente. De esto da cuenta, por ejemplo, los niveles de plomo, y otros minerales, en la sangre de los pobladores, además de que el agua está racionada y llega, también, sucia de relaves.

Los cerreños, no obstante, quieren la minería, pese a lo ya mencionado y a que ha destruido sus lagunas más cercanas. Estas brillan de radioactividad, sus aguas parecen la superficie de Marte, con tonalidades que van de escarlata a lo ocre. Alguna vez se quiso saber cuánto tiempo podía vivirse en esas aguas muertas. Alguien dejó nadar un pez allí y su cadáver flotó inerte sobre la superficie 40 minutos después. Por ello, las aves, parihuelas, patos, flamencos e ibis tienen que irse más allá, camino a Rancas, donde todavía hay vida y limpieza en el medo ambiente. Una corta caminata por las calles de Cerro de Pasco revela que su vida económica es la minería. Sin ella sería una ciudad fantasma, lo que ya sucede con ciertas casas y condominios abandonados, los que fueron de exclusividad para los ingenieros y directivos de las minas. Si uno camino por la Plaza de Armas, alrededor de la gigantesca estatua de Daniel Alcides Carrión, se encontrará con negocios de toda índole, desde ventas de gorras, bufandas, dulcerías, restaurantes, tiendas y tiendas de artesanías (con pequeños bustos del muki, el duende de las minas) y hasta libros. Pero lo común en las gentes es ese halo de tristeza, esa náusea y jaqueca que expresan sus rostros ya sea por la altura o por el progreso que los mata lentamente. Muchos quieren irse o se han ido de su ciudad.

Escenario diferente ocurre en San Antonio de Rancas. A quince minutos de Cerro de Pasco, Rancas ganó fama mundial gracias a las novelas de Manuel Scorza, especialmente a la primera, Redoble por Rancas. En ella se cuenta la lucha de las comunidades campesinas por recuperar las tierras que el juez hacendado Francisco Montenegro (inspirado en el juez Francisco Madrid) y la Cerro de Pasco Corporation les arrebataban sistemáticamente. El Cerco, aquel personaje cuasi mitológico en la novela, es el encargado de devorar las tierras de los ranqueños. Esta lucha, no recogida por la historia oficial, fue retrata por Scorza con la libertad sin límites que puede ofrecer la literatura. Para muestra un botón: el autor de Las imprecaciones quiso circunscribir su prosa al espacio de la crónica y empezó a redactar Informe de Rancas, pero pronto se dio cuenta que la objetividad no le hacía justicia a los magnos e increíbles acontecimientos, por lo que nació Redoble por Rancas y, posteriormente, todo el ciclo de La Guerra Silenciosa. La matanza en Rancas de la guardia de asalto contra los comuneros y la encarcelación de su abogado, Genaro Ledesma Izquieta, son recordados por la comunidad, de tal forma que siempre se conmemora el dos de mayo, fecha en que nacieron los mártires (el personero Alfonso Rivera Rojas, Teófilo Huamán Travezaño y Silveria Tufino Herrera) de aquella historia.

60 años después, la comunidad de Rancas ha progresado enormemente, alimentada, en gran parte, por el recuerdo de aquella inmolación. Pues al final se logró recuperar las tierras que les quitaban, a tal punto que aquello es reconocido por las actuales leyes del Estado peruano. Como comunidad tienen reglas claras: está prohibido lotizar ni un milímetro de las aproximadamente 19 hectáreas que poseen y no se explotan minerales. Todos son dueños de las tierras y la junta directiva, a quien eligen con votos, es la encargada de tomar las decisiones. Para evadir el costo del progreso de la actividad minera, Rancas ha desarrollado industria y comercio. Por ejemplo, la comunidad es dueña de grifos, de fábricas de yogurt, manjarblanco y leche, y de calzado que ya están comercializando en Lima, además de dedicarse, también, a la esquila (poseen cientos de cabezas de ganado ovino, auquénido, además de vacuno). Y no son antimineros, pues, más bien, trabajan con la minera, de tal forma que le han alquilado un conducto para que aquella desagüe los relaves. Es decir, en vez de depender de una actividad extractivista como la minería, han optado por producir industria peruana, demostrando que comunidad y modernización pueden ir de la mano. Grato también es el recuerdo no solo de los caídos el dos de mayo, sino también la memoria heroica que tienen de su abogado, el gran Genaro, mi abuelo. Sin él, muy probablemente las muertes hubieran sido en vano y el extractivismo se hubiera impuesto a sangre y fuego. Como comunidad, tienen el derecho de elegir a qué actividad se consagran, especialmente con todos los pasivos que la minería en el Perú tiene. De esta forma, Rancas es un ejemplo para otras comunidades de Cerro de Pasco. Por lo dicho, los ranqueños, al no dedicarse a la minería, no viven en el atraso. Tampoco viven en la opulencia, es cierto (lo que casi siempre desencadena en un vertiginoso consumismo), pero sí viven en bienestar social, que es lo más importante.

domingo, 13 de diciembre de 2020

Historias al ritmo de Fernando Carrasco

Acabo de leer Historias al ritmo de Chacalón de Fernando Carrasco y la sensación que queda, al cerrar el libro, es de haber incursionado por bares, conciertos de chicha, pichangas zonales, atracos, balaceras y ajustes de cuentas, es decir, por esa Lima periférica, y convulsa, que todavía no termina de aparecer en la literatura peruana, como bien señala Arturo Quispe en el colofón del libro.

Las grandes migraciones de la sierra a hacia la costa se iniciaron durante los años cuarenta. El Perú era gobernando por el primer mandato de Manuel Prado Ugarteche, José Bustamante y Rivero y Manuel Odría, cuando se dio la diáspora del campo hacia la ciudad, una implosión que configuraría para siempre la capital. Los nuevos habitantes de Lima tomaron los terrenos adyacentes al centro y ahí fundaron la nueva ciudad. Pasarían veinte años para que aquello se cristalizara en la literatura, lo que finalmente ocurrió con escritores como Oswaldo Reynoso, Enrique Congrains y Julio Ramón Ribeyro. La narrativa urbana, así, iba naciendo, o registrando, los cambios de la época y la reconfiguración de la capital: esta no solo era el centro, Miraflores y vecindarios adyacentes, sino Los Olivos, Comas, La Victoria, Cerro San Cosme, El agustino. Es solo con el conflicto, con la pugna de la Lima vieja con la Lima buena que se produjo buena literatura, porque valía la pena contárselo. Quizá podamos incluir, también, en esta lista al primer Vargas Llosa con La ciudad y los perros, en cuanto el colegio militar Leoncio Prado constituye un pequeño cosmos donde están todas las sangres. Pero aquello es un friso ya hecho de nuestra sociedad. En cambio, los escritores citados registran el movimiento de ese cambio por primera vez.

Podemos decir, entonces, que Fernando Carrasco se inscribe en esa narrativa urbana que Reynoso, Congrains y Ribeyro inauguraron a finales del cincuenta y comienzos del sesenta. Si en Los inocentes se registran a los hijos de esos migrantes que quedan al garate en la gran capital o la llegada de esos migrantes en Lima hora cero o la adaptación y sobrevivencia de los mismos en Los gallinazos sin pluma, en Historias al ritmo de Chacalón los lectores nos acercamos a esos mismos compatriotas que, pese al tiempo transcurrido, todavía no han sido incorporados a la Lima centro, es decir, a la Lima privilegiada. Como alguna vez sentenciara Manuel Scorza: “Miraflores es un distrito rodeado de Perú por todas partes”. El aporte, la principal diferencia de Carrasco con tales narradores, es la inclusión de la música en sus historias no como un elemento ornamental, sino como un personaje más. Incluso, podemos decir que la chicha y los boleros constituyen cráteres argumentativos de ígneo poder narrativo, precisamente como aquellas erupciones volcánicas donde se originan todas las historias. Este procedimiento ya lo había demostrado en Bolero matancero, historias de barrios marginales al son de la música popular. Esta vez, las canciones de Chacalón, el que fuera en vida Lorenzo Palacios, es el que dictamina los quehaceres de los personajes y sus sinos: las letras de sus canciones son el marco poético de las historias de Carrasco.

Además, lo meritorio de este libro de cuentos —y no de relatos, pues hay una diferencia: en el primero la poética, los personajes y escenarios, se repiten, mientras que en el segundo no, por lo que no tienen mucho en común— es que difumina los límites del bien y del mal. Esto sucede en, por ejemplo, “Los Once Chavetas”, cuento con que se inicia el libro. En un cerro populoso un equipo de fútbol compite por ganar el campeonato zonal. La oncena está compuesta por delincuentes con un código moral, pues nunca “trabajan” en su barrio, sino en distritos adinerados y alejados. Su capitán, Chaveta, es un delincuente avezado que llega a un acuerdo con la policía en un desenlace inesperado hacia el final. Como en todas las historias, vemos que estos personajes no buscan delinquir, no quieren ser malhechores, sino que la falta de oportunidades y el querer hacerse del confort que el sistema ofrece —ropa de marca, viajes lujosos, carros nuevos, etcétera— los empuja al camino del hampa. Lo mismo sucede en “Robacarros”, donde Emilio, el pequeño de un taxista, sufre un accidente doméstico. Para salvarlo de la muerte, su padre se ve obligado a percibir más dinero, algo que no podrá lograr con su oficio de chofer. Por lo tanto, se ve obligado a contactar a Malacara, un delincuente que aparecerá en otros cuentos de este volumen y que se dedica, entre otras cosas, a la desmantelación de vehículos robados. De igual forma ocurre en el cuento “¡Al ritmo de Chacalón!”, donde Lorenzo, apodado Chacalón por llamarse igual que el cantante, se ve obligado a delinquir, volviéndose un asaltante temido e importante, para sacar adelante a sus tres hermanos menores. Finalmente, esto también sucede en la última historia, “Tú serás la causa de mi muerte”, donde un taxista jubilado de fechorías vuelve a las malas andadas para hacerse de un dinero extra en medio de su necesidad y pobreza: ahora va a ser padre y necesita, por ende, aumentar sus ingresos.

Pero también es cierto que no solo la pobreza empuja al hampa a los personajes. El amor también puede atizar aquel conflicto en los personajes. Por otro lado, hay que anotar que estas historias estallan durante la segunda mitad de la década de los ochentas, cuando el país se hundía en una de las peores crisis de nuestra historia: tanto en “Los Once Chavetas” como en “Tú serás la causa de mi muerte” se menciona a aquel viejo partido político que había tomado el poder y a su líder, el mismo que se suicidara para evitar la justicia en el caso Odebretch. Entonces, estamos ante un libro de cuentos que sitúa muy bien su espacio temporal y geográfico y nos ofrece a los lectores un friso de aquella Lima que no termina de incorporarse a la central, aquella reducida donde la democracia sí parece alcanzar. Como resultado tenemos personajes que sufren un determinismo, pues ninguno cambio su estatus o situación, todos perecen o se mantiene tal cual luego de diferentes peripecias. Mención especial merece “Tú serás la causa de mi muerte”: aquí no simplemente nos situamos en el terreno de los bares, los conciertos de chicha, las balaceras, los atracos, con impenitentes asaltabancos y asaltacasas, sino en el tráfico ilícito de drogas, es decir, en el narcotráfico, un tema que también, anunciamos, ya tendrá su narrador que lo desarrolle aún más.

En conclusión, “Historias al ritmo de Chacalón” es otro buen libro de relatos de Fernando Carrasco. Fiel a su temática, los lectores somos transportados a esa Lima marginal que Reynoso, Congrains y Ribeyro ya habían inaugurado durante los cincuentas y sesentas. El aporte de Carrasco es que continúa desentrañando esos territorios, explorándolos y entendiéndolos y ofreciéndonos un cuadro de nuestra sociedad, gracias al poder de la literatura, que ningún tratado de sociología o antropología podrá lograr jamás. Sintomático es que todas las historias tengan el registro de la oralidad, pues un personaje le cuenta a otro personaje, que es escritor, lo que sucedió en el barrio, lo que les sucedió a ellos o a otros. Este personaje escritor, finalmente, se confiesa en el último cuento del libro y nos da a entender que él está recolectando las historias. Es decir, el efecto logrado es que los propios protagonistas de estos periplos con sabor a cerveza, olor a pólvora y adrenalina de persecuciones, son quienes hablan directamente y sin el filtro del intelectual, aquel que maneja la palabra y que, por tanto, cree tener la razón, subalternizando al otro. Esto no sucede en “Historias al ritmo de Chacalón”. Se podrá decir que la oralidad, esa primera persona, tiene, entre otros, un problema: elimina el suspenso de saber si a nuestro protagonista le llega la muerte, pues de otro modo no podría contar su historia. Este punto débil no llega a empañar los logros que de por sí el libro tiene. Otro narrador, aunque sin el swing de la música, que también se inscribe en esta temática es Richard Parra con Los niños muertos, libro del que también hemos escrito en este blog.