domingo, 17 de julio de 2022

La otra vida de John Lennon

Toda novela tiene su propio tiempo y espacio. Incluso las que podemos calificar de “realistas”, poseen un único tiempo y espacio. Por ende, toda novela es dueña de sus acontecimientos, los que pueden ser muy diferentes del mundo que habitamos. Aquello se cumple en Karma instantáneo para John Lennon (editorial Mesa Redonda, 2012) de Arturo Delgado Galimberti. En esta historia distópica —género literario que tiene a sus más celebrados representantes en Philip K. Dick, Margaret Atwood y en algunos libros de José Saramago—, el autor de “Starting Over” no ha sido asesinado por un fan a la salida de su apartamento en el edificio Dakota, frente al Central Park en New York, sino que está por cumplir setenta años durante la administración de Barack Obama. Más bien, quien sufre aquella fatalidad es Paul McCartney, ultimado por un fanático japonés tras presentarse en un concierto en Japón. Estos acontecimientos habrán de cambiar la línea de tiempo que nosotros, los lectores, conocemos, de tal forma que la realidad presentada por Delgado Galimberti es una viva posibilidad del devenir de un futuro diferente.

Tras la separación de los Beatles en 1970, Lennon y McCartney, los líderes de la banda, tomaron rumbos opuestos. Por ejemplo, el primero se volvió más contestatario, con letras que, tras el fárrago de la protesta, se volvían tristes, melancólicas y hasta depresivas. Y viceversa. Para muestra un botón: el contraste de canciones como “God” e “Imagine”. Por su parte, el segundo se volvió más comercial y muchas de sus canciones parecen coexistir en un mundo perfecto y feliz, contrario, como decíamos, a Lennon, quien protestó constantemente contra la Guerra de Vietnam, por ejemplo. Pero en Karma instantáneo para John Lennon aquel dualismo está roto y el autor más bien nos presenta a un atormentado Lennon que, absorbido por el activismo político, no ha podido seguir reinventándose musicalmente y es consciente de que en lo artístico ha sido superado por el desaparecido McCartney. Es este quien es venerado y elevado al nivel de leyenda tras su temprana desaparición, lo que suele suceder en el rock y en casos como Jimi Hendrix, Jim Morrison o Kurt Cobain.

Pero el libro no se queda en la anécdota de “qué pasaría si…”. Al constituir una novela, se desarrollan espacios narrativos que son una construcción particular. Por ejemplo, se explora en el móvil del asesinato de McCartney, qué había detrás, e interiormente, de su verdugo, qué hizo que un fan, alguien que ama con todas sus moléculas a su artista favorito e inspirado por ello termina elaborando una hagiografía, pueda trocar su completa admiración y amor hacia un odio visceral que culmine en un homicidio, opacando para siempre el firmamento de la humanidad al faltarle, de ahora en adelante, una estrella. Por otro lado, también resulta muy interesante el empleo de la figura de William Campbell. Desde finales de los sesenta cundió una de las más resonantes teorías conspirativas en la que el compositor de “Yesterday” había muerto en un accidente automovilístico en noviembre de 1966. En adelante, fue remplazado por un doble o impostor, dado que la banda estaba en su mejor momento y anunciar la muerte de uno de sus más importantes integrantes habría significado su final. Y con ello la producción de millones de dólares para los músicos y, especialmente, para sus productores y representantes. Delgado Galimberti fabula con ello y lo incorpora a la ficción.

La posibilidad de una realidad paralela y alternativa, es decir, de que científicamente sí existan otros mundos se deja sentir en el personaje Alexis Mardas, quien una tarde se encuentra con John Lennon, cuando este reflexionaba sobre el cosmos y los astros tendido de espaldas en el gras del Central Park, es decir, en el centro del planeta. La física cuántica ya ha probado que eso es posible, en palabras de Mardas, y que el tiempo no es lineal, sino que sus infinitas ramificaciones crean infinitas realidades. Así, podemos decir que la novela tiene, también, cierto toque futurista o de ciencia ficción, pues el debate sobre los agujeros negros y otras dimensiones continúa vigente en la actualidad. De esta forma, en una de esas líneas de tiempo el exbeatle está vivo y su activismo político lo meterá, a la larga, en serios problemas, dado que se lo vincula a cierta actividad terrorista.

Finalmente, la palabra “karma” en el título tiene una doble connotación. Apela a la canción “Instant Karma” de Lennon y al karma de la religión hinduista, donde una acción o causa cometida en libre albedrío tiene una natural consecuencia. En función a ello, los seres humanos, más allá de la muerte, pueden rencarnarse en otro tipo de vida, como animal o vegetal, o, incluso, pueden recibir premios o castigos en la presenta existencia. Por cómo termina la novela, parece ser que John Lennon siempre será John Lennon en la justa medida de sus actos, pues eternamente ha de ser el soñador de un mundo mejor desde el amor y la música. Y esa consecuencia será su fatalidad, en esta notable novela que está cumpliendo diez años de haber sido publicada y que goza de una pulcra edición, pese a que algunos nos quedamos con las ganas de leer más sobre la relación del exbeatle con otros exmiembros como George Harrison y Ringo Starr e, incluso, con Yoko Ono, de quien el autor de “Julia” se aleja, para satisfacción de muchos fans, seguramente.

domingo, 10 de julio de 2022

Rancas, 2022

Cerro de Pasco odia a los forasteros. Especialmente, si vienen de regiones llanas como la costa o la selva. El peor momento de su rencor es la noche: además de descender su temperatura a -10 grados centígrados, la falta de oxígeno impide conciliar el sueño. Si gracias al cansancio y la fatiga del viaje se logra cerrar los ojos, de pronto uno despierta con desesperación, pues la falta de oxígeno obliga a buscar una mejor postura. Literalmente, el efecto es de ahogamiento con una sensación de vómito y migraña. Y así se pasa lentamente la madrugada hasta el despunte del nuevo día. Es imposible dormir en sus alturas, si es que el cuerpo no se ha aclimatado. Pero este proceso es lento, y no sucede en las siete horas de viaje que separa Lima de Cerro de Pasco. Peor aún si se viaja en avión hasta Jauja y de ahí se toma un carro hasta allá.

Con 4500 msnm, es sin duda Cerro de Pasco una de las ciudades más altas del mundo. Para que el viajero se aclimate su cuerpo tiene que producir más hemoglobina en la sangre, que es la encargada de transporta el oxígeno. Cuando se superan los 2500 msnm aquel empieza a disminuir en el aire. Lo mismo, evidentemente, sucede en el cuerpo, por lo que este debe producir más hemoglobina. Pero este, proceso, como apuntaba líneas arriba, toma al menos una semana, razón por la también se ensaña, incluso, contra los cerreños que, asentados en otras zonas, han perdido su aclimatación Al padecimiento del soroche hay que sumarle el espectáculo de la ciudad. Cerro de Pasco está condenada a desaparecer. La actividad minera, en su extracción de cobre y plata, continúa escarbando los cimientos de la ciudad, de tal forma que la minera Volcan ya ha comprado cuadras y cuadras de Cerro de Pasco que dejarán de existir. Esta parte es conocida como la zona vieja, pero en un lugar tan pequeño lo nuevo con lo viejo colindan inevitablemente. De esto da cuenta, por ejemplo, los niveles de plomo, y otros minerales, en la sangre de los pobladores, además de que el agua está racionada y llega, también, sucia de relaves.

Los cerreños, no obstante, quieren la minería, pese a lo ya mencionado y a que ha destruido sus lagunas más cercanas. Estas brillan de radioactividad, sus aguas parecen la superficie de Marte, con tonalidades que van de escarlata a lo ocre. Alguna vez se quiso saber cuánto tiempo podía vivirse en esas aguas muertas. Alguien dejó nadar un pez allí y su cadáver flotó inerte sobre la superficie 40 minutos después. Por ello, las aves, parihuelas, patos, flamencos e ibis tienen que irse más allá, camino a Rancas, donde todavía hay vida y limpieza en el medo ambiente. Una corta caminata por las calles de Cerro de Pasco revela que su vida económica es la minería. Sin ella sería una ciudad fantasma, lo que ya sucede con ciertas casas y condominios abandonados, los que fueron de exclusividad para los ingenieros y directivos de las minas. Si uno camino por la Plaza de Armas, alrededor de la gigantesca estatua de Daniel Alcides Carrión, se encontrará con negocios de toda índole, desde ventas de gorras, bufandas, dulcerías, restaurantes, tiendas y tiendas de artesanías (con pequeños bustos del muki, el duende de las minas) y hasta libros. Pero lo común en las gentes es ese halo de tristeza, esa náusea y jaqueca que expresan sus rostros ya sea por la altura o por el progreso que los mata lentamente. Muchos quieren irse o se han ido de su ciudad.

Escenario diferente ocurre en San Antonio de Rancas. A quince minutos de Cerro de Pasco, Rancas ganó fama mundial gracias a las novelas de Manuel Scorza, especialmente a la primera, Redoble por Rancas. En ella se cuenta la lucha de las comunidades campesinas por recuperar las tierras que el juez hacendado Francisco Montenegro (inspirado en el juez Francisco Madrid) y la Cerro de Pasco Corporation les arrebataban sistemáticamente. El Cerco, aquel personaje cuasi mitológico en la novela, es el encargado de devorar las tierras de los ranqueños. Esta lucha, no recogida por la historia oficial, fue retrata por Scorza con la libertad sin límites que puede ofrecer la literatura. Para muestra un botón: el autor de Las imprecaciones quiso circunscribir su prosa al espacio de la crónica y empezó a redactar Informe de Rancas, pero pronto se dio cuenta que la objetividad no le hacía justicia a los magnos e increíbles acontecimientos, por lo que nació Redoble por Rancas y, posteriormente, todo el ciclo de La Guerra Silenciosa. La matanza en Rancas de la guardia de asalto contra los comuneros y la encarcelación de su abogado, Genaro Ledesma Izquieta, son recordados por la comunidad, de tal forma que siempre se conmemora el dos de mayo, fecha en que nacieron los mártires (el personero Alfonso Rivera Rojas, Teófilo Huamán Travezaño y Silveria Tufino Herrera) de aquella historia.

60 años después, la comunidad de Rancas ha progresado enormemente, alimentada, en gran parte, por el recuerdo de aquella inmolación. Pues al final se logró recuperar las tierras que les quitaban, a tal punto que aquello es reconocido por las actuales leyes del Estado peruano. Como comunidad tienen reglas claras: está prohibido lotizar ni un milímetro de las aproximadamente 19 hectáreas que poseen y no se explotan minerales. Todos son dueños de las tierras y la junta directiva, a quien eligen con votos, es la encargada de tomar las decisiones. Para evadir el costo del progreso de la actividad minera, Rancas ha desarrollado industria y comercio. Por ejemplo, la comunidad es dueña de grifos, de fábricas de yogurt, manjarblanco y leche, y de calzado que ya están comercializando en Lima, además de dedicarse, también, a la esquila (poseen cientos de cabezas de ganado ovino, auquénido, además de vacuno). Y no son antimineros, pues, más bien, trabajan con la minera, de tal forma que le han alquilado un conducto para que aquella desagüe los relaves. Es decir, en vez de depender de una actividad extractivista como la minería, han optado por producir industria peruana, demostrando que comunidad y modernización pueden ir de la mano. Grato también es el recuerdo no solo de los caídos el dos de mayo, sino también la memoria heroica que tienen de su abogado, el gran Genaro, mi abuelo. Sin él, muy probablemente las muertes hubieran sido en vano y el extractivismo se hubiera impuesto a sangre y fuego. Como comunidad, tienen el derecho de elegir a qué actividad se consagran, especialmente con todos los pasivos que la minería en el Perú tiene. De esta forma, Rancas es un ejemplo para otras comunidades de Cerro de Pasco. Por lo dicho, los ranqueños, al no dedicarse a la minería, no viven en el atraso. Tampoco viven en la opulencia, es cierto (lo que casi siempre desencadena en un vertiginoso consumismo), pero sí viven en bienestar social, que es lo más importante.

domingo, 13 de diciembre de 2020

Historias al ritmo de Fernando Carrasco

Acabo de leer Historias al ritmo de Chacalón de Fernando Carrasco y la sensación que queda, al cerrar el libro, es de haber incursionado por bares, conciertos de chicha, pichangas zonales, atracos, balaceras y ajustes de cuentas, es decir, por esa Lima periférica, y convulsa, que todavía no termina de aparecer en la literatura peruana, como bien señala Arturo Quispe en el colofón del libro.

Las grandes migraciones de la sierra a hacia la costa se iniciaron durante los años cuarenta. El Perú era gobernando por el primer mandato de Manuel Prado Ugarteche, José Bustamante y Rivero y Manuel Odría, cuando se dio la diáspora del campo hacia la ciudad, una implosión que configuraría para siempre la capital. Los nuevos habitantes de Lima tomaron los terrenos adyacentes al centro y ahí fundaron la nueva ciudad. Pasarían veinte años para que aquello se cristalizara en la literatura, lo que finalmente ocurrió con escritores como Oswaldo Reynoso, Enrique Congrains y Julio Ramón Ribeyro. La narrativa urbana, así, iba naciendo, o registrando, los cambios de la época y la reconfiguración de la capital: esta no solo era el centro, Miraflores y vecindarios adyacentes, sino Los Olivos, Comas, La Victoria, Cerro San Cosme, El agustino. Es solo con el conflicto, con la pugna de la Lima vieja con la Lima buena que se produjo buena literatura, porque valía la pena contárselo. Quizá podamos incluir, también, en esta lista al primer Vargas Llosa con La ciudad y los perros, en cuanto el colegio militar Leoncio Prado constituye un pequeño cosmos donde están todas las sangres. Pero aquello es un friso ya hecho de nuestra sociedad. En cambio, los escritores citados registran el movimiento de ese cambio por primera vez.

Podemos decir, entonces, que Fernando Carrasco se inscribe en esa narrativa urbana que Reynoso, Congrains y Ribeyro inauguraron a finales del cincuenta y comienzos del sesenta. Si en Los inocentes se registran a los hijos de esos migrantes que quedan al garate en la gran capital o la llegada de esos migrantes en Lima hora cero o la adaptación y sobrevivencia de los mismos en Los gallinazos sin pluma, en Historias al ritmo de Chacalón los lectores nos acercamos a esos mismos compatriotas que, pese al tiempo transcurrido, todavía no han sido incorporados a la Lima centro, es decir, a la Lima privilegiada. Como alguna vez sentenciara Manuel Scorza: “Miraflores es un distrito rodeado de Perú por todas partes”. El aporte, la principal diferencia de Carrasco con tales narradores, es la inclusión de la música en sus historias no como un elemento ornamental, sino como un personaje más. Incluso, podemos decir que la chicha y los boleros constituyen cráteres argumentativos de ígneo poder narrativo, precisamente como aquellas erupciones volcánicas donde se originan todas las historias. Este procedimiento ya lo había demostrado en Bolero matancero, historias de barrios marginales al son de la música popular. Esta vez, las canciones de Chacalón, el que fuera en vida Lorenzo Palacios, es el que dictamina los quehaceres de los personajes y sus sinos: las letras de sus canciones son el marco poético de las historias de Carrasco.

Además, lo meritorio de este libro de cuentos —y no de relatos, pues hay una diferencia: en el primero la poética, los personajes y escenarios, se repiten, mientras que en el segundo no, por lo que no tienen mucho en común— es que difumina los límites del bien y del mal. Esto sucede en, por ejemplo, “Los Once Chavetas”, cuento con que se inicia el libro. En un cerro populoso un equipo de fútbol compite por ganar el campeonato zonal. La oncena está compuesta por delincuentes con un código moral, pues nunca “trabajan” en su barrio, sino en distritos adinerados y alejados. Su capitán, Chaveta, es un delincuente avezado que llega a un acuerdo con la policía en un desenlace inesperado hacia el final. Como en todas las historias, vemos que estos personajes no buscan delinquir, no quieren ser malhechores, sino que la falta de oportunidades y el querer hacerse del confort que el sistema ofrece —ropa de marca, viajes lujosos, carros nuevos, etcétera— los empuja al camino del hampa. Lo mismo sucede en “Robacarros”, donde Emilio, el pequeño de un taxista, sufre un accidente doméstico. Para salvarlo de la muerte, su padre se ve obligado a percibir más dinero, algo que no podrá lograr con su oficio de chofer. Por lo tanto, se ve obligado a contactar a Malacara, un delincuente que aparecerá en otros cuentos de este volumen y que se dedica, entre otras cosas, a la desmantelación de vehículos robados. De igual forma ocurre en el cuento “¡Al ritmo de Chacalón!”, donde Lorenzo, apodado Chacalón por llamarse igual que el cantante, se ve obligado a delinquir, volviéndose un asaltante temido e importante, para sacar adelante a sus tres hermanos menores. Finalmente, esto también sucede en la última historia, “Tú serás la causa de mi muerte”, donde un taxista jubilado de fechorías vuelve a las malas andadas para hacerse de un dinero extra en medio de su necesidad y pobreza: ahora va a ser padre y necesita, por ende, aumentar sus ingresos.

Pero también es cierto que no solo la pobreza empuja al hampa a los personajes. El amor también puede atizar aquel conflicto en los personajes. Por otro lado, hay que anotar que estas historias estallan durante la segunda mitad de la década de los ochentas, cuando el país se hundía en una de las peores crisis de nuestra historia: tanto en “Los Once Chavetas” como en “Tú serás la causa de mi muerte” se menciona a aquel viejo partido político que había tomado el poder y a su líder, el mismo que se suicidara para evitar la justicia en el caso Odebretch. Entonces, estamos ante un libro de cuentos que sitúa muy bien su espacio temporal y geográfico y nos ofrece a los lectores un friso de aquella Lima que no termina de incorporarse a la central, aquella reducida donde la democracia sí parece alcanzar. Como resultado tenemos personajes que sufren un determinismo, pues ninguno cambio su estatus o situación, todos perecen o se mantiene tal cual luego de diferentes peripecias. Mención especial merece “Tú serás la causa de mi muerte”: aquí no simplemente nos situamos en el terreno de los bares, los conciertos de chicha, las balaceras, los atracos, con impenitentes asaltabancos y asaltacasas, sino en el tráfico ilícito de drogas, es decir, en el narcotráfico, un tema que también, anunciamos, ya tendrá su narrador que lo desarrolle aún más.

En conclusión, “Historias al ritmo de Chacalón” es otro buen libro de relatos de Fernando Carrasco. Fiel a su temática, los lectores somos transportados a esa Lima marginal que Reynoso, Congrains y Ribeyro ya habían inaugurado durante los cincuentas y sesentas. El aporte de Carrasco es que continúa desentrañando esos territorios, explorándolos y entendiéndolos y ofreciéndonos un cuadro de nuestra sociedad, gracias al poder de la literatura, que ningún tratado de sociología o antropología podrá lograr jamás. Sintomático es que todas las historias tengan el registro de la oralidad, pues un personaje le cuenta a otro personaje, que es escritor, lo que sucedió en el barrio, lo que les sucedió a ellos o a otros. Este personaje escritor, finalmente, se confiesa en el último cuento del libro y nos da a entender que él está recolectando las historias. Es decir, el efecto logrado es que los propios protagonistas de estos periplos con sabor a cerveza, olor a pólvora y adrenalina de persecuciones, son quienes hablan directamente y sin el filtro del intelectual, aquel que maneja la palabra y que, por tanto, cree tener la razón, subalternizando al otro. Esto no sucede en “Historias al ritmo de Chacalón”. Se podrá decir que la oralidad, esa primera persona, tiene, entre otros, un problema: elimina el suspenso de saber si a nuestro protagonista le llega la muerte, pues de otro modo no podría contar su historia. Este punto débil no llega a empañar los logros que de por sí el libro tiene. Otro narrador, aunque sin el swing de la música, que también se inscribe en esta temática es Richard Parra con Los niños muertos, libro del que también hemos escrito en este blog.

viernes, 30 de octubre de 2020

El Aura o viaje por las partículas elementales del cosmos

 Jorge Luis Borges en Historia de la eternidad, pasando por Platón, Schopenhauer y Nietzsche, formula su propia teoría del eterno retorno. Si el tiempo es infinito y el mundo se compone de un número desmesurado, pero finito, de átomos y partículas, entonces, en alguna vuelta de milenio yo volveré a estar presente en esta mesa y todos ustedes estarán oyendo estas palabras. No de idéntica forma, pero sí de manera paradigmática: si los grandes temas de la humanidad se vuelven cíclicos —el heroísmo y la cobardía, la traición y la lealtad, por ejemplo—, con más razón los cotidianos. Para demostrar esto el autor de Ficciones, incluso, recurre a la física cuántica y a la evolución de las teorías sobre el tiempo. Quiero postular esta noche que el retorno de Miguel Ildefonso, entre otros, es también el tema de la frontera y de las ciudades de El Paso y Ciudad Juárez. Un solo autor, un creador auténtico, es posible de encerrar un universo entero en su poética. Podemos leer versos sobre el desierto en Canciones en un bar de la frontera, Las ciudades fantasmas, El Paso y Escrito en los afluentes, por mencionar solo algunos de los libros escritos por Ildefonso. ¿De qué trata, entonces, El Aura, ¿el último trabajo de poesía que ahora nos entrega? Precisamente de la desintegración cósmica, una temática que asoma inédita en los ya casi veinte libros que ha entregado a los lectores en su carrera literaria.

No obstante, tengo que refutarme a mí mismo: ya en un poema de El hombre elefante y otros poemas el tema del uno y el universo, de cómo un hombre puede equipararse al cosmos, pues es otro pequeño cosmos, se prefigura en “Noviembre”. Citemos: “No sé a dónde va la tierra y su nave la Vía Láctea y su cuarto el universo y el cosmos entero que se encoge y se expande como mi aturdido corazón esta tarde de noviembre”. El movimiento, entonces, es el lazo entre lo humano y el universo, como los siglos y las horas al tiempo, que permite, en este caso, la combustión del poema. La simiente de esta temática se injertada a un nuevo trabajo, donde germina y florece hasta convertirse en El Aura. Citemos, para empezar, la introducción que se titula “Obertura”: “Escribir es basarse en esa estrella gigante que agoniza, o que quizás ya murió, y es su luz la que aún nos hace pensar que estamos vivos, mirándolo. O es esa estrella la que nos mira, somos su fantasma, su luz aun divagante en el espacio conjeturado”. La luz de aquella estrella no es otra que la verdadera luz de la poesía, pues gracias a ello el yo poético compone los versos que vamos leyendo. Nuevamente, su luz sería única inspiración, la consecuencia de estar en poesía.

El misterio de las palabras, entonces, se va develando. Y así como Borges en Historia de la eternidad busca descifrar el del eterno retorno, también Ildefonso nos dice de qué está hecha la voluntad, por ejemplo. Cito, nuevamente, los primeros versos de “Obertura”: “Sé que mi voluntad es de ser cuarzo o materia elegida por los neutrones. Sé que hay un dios en el desgarramiento del tejido del universo que no tiene nombre, ni voluntad ni pensamiento. El dios de no hay dios”. ¿Qué es la voluntad, el hacer del mundo sino un polvo de cuarzo y de neutrones? La mención a dios no es fortuita ni arbitraria, pese a que la ciencia en apariencia explicaría el universo y, así, mataría objetivamente el mito del hacedor. Pero dios está presente aun cuando no lo está al leer “el dios de no hay dios”.

Avanzando en el poemario, podemos ver que este se divide en, además de “Obertura”, “Chet Baker”, “Balada del Cosmonauta en la Materia Oscura” y “Finale”. Debemos anotar que tanto “Chet Baker” como “Balada del Cosmonauta en la Materia Oscura” son dos largos capítulos que, a su vez, se dividen en “Opus I” y “Opus II”. La mención a los títulos no es vana, sino que, como un telescopio hacia el firmamento, nos va revelando la temática y movimiento del poemario. Así el contenido de El Aura es el cosmos y la frontera El Paso-Ciudad Juárez y su forma la música, pues como en las óperas o recitales hay una introducción, un desarrollo y una síntesis, estructura que ya Aristóteles en su Poética había señalado al analizar la tragedia griega. Como sabemos, Chet Baker fue un trompetista de jazz que alcanzó fama durante los cincuentas y sesentas en Estados Unidos. El lector que espere una loa al músico encontrará, perplejo, que en realidad la voz poética nos transporta al desierto de la frontera y a las muertes impunes que ocurren del lado de Latinoamérica en esta primera parte. Citemos: “Santísimas madres en vertederos de sobras de comida/ calles moldeadas en frío amasadas en aplanadas pistas/ para el comal que colma la insidiosa codicia de la autoridad/ desde su insaciable hambre hasta su matemática bondad/ el excedente de palabras no hace a la poesía:/             lo más barroco que existe es el silencio”. Es importante resaltar los dos últimos versos. Tras una descripción cercana al realismo, necesaria para determinar el espacio, la voz poética nos recuerda que aglutinar vocablos no produce el efecto de la poesía. Lo más barroco, o lo más difícil, entonces, es el silencio o permanecer en silencio, lo que en este contexto es disímil: imposible quedarse callado, de palabras y de poesía, con lo que sucede en la frontera.

Entonces, la pregunta cae por su propio peso: ¿por qué este capítulo tan importante se llama Chet Baker si nos habla de Ciudad Juárez? A lo largo de los versos no solo aparece el trompetista, sino también otros artistas y escritores como Marilyn Monroe, William Burrough, Elizabeth Taylor y Jim Morrison en medio de una atmósfera fantasmal o de espejismos, dado que estamos en el desierto. No solo eso, en esa danza poética también aparecen víctimas del feminicidio en la frontera del lado mexicano, nombres como Alma Chavira Farel, Gladys Janeth Fierro, Sagrario González entran y salen de los sueños de la voz lírica. La promiscuidad de imágenes, esa mixtura que puede llegar a multiplicarse como un cáncer, es la expresión de las emociones plasmadas en el poema. Todos esos personajes aparecen, y desaparecen, como si fueran fantasmas, gracias a que estamos escuchando la trompeta, y la voz, pues también fue cantante, de Chet Baker. La poesía, el don de la labrada palabra, tiene ese poder de transportación gracias a la memoria y a la imaginación. Expresado de otro modo, puedo decir te nombro y estás aquí, pues te percibo, lo percibimos, mediante la poesía. Por ende, el sol, la lluvia y la luna de la página de papel es mejor que el sol, la lluvia y la luna del universo. Para muestra un botón. El final de esta sección termina así: “La veré sentada en la barra y me acercaré despacio. Su vestido verde, sus hombros desnudos en donde depositaré mis manos. Un beso en el cuello hará que me pida perdón”. Y unos versos más adelante: “Chet ronca en la otra esquina de la barra. Su ronquido también es una melodía; alguien sopla dentro de él, él es el instrumento”. En otras palabras, Chet está allí no como persona física, sino como melodía: su música hace posible su aparición que se materializa en el poema.  

La tercera parte, “Balada del Cosmonauta en la Materia Oscura”, como su nombre ya prefigura, constituye un viaje por la vía láctea y el planeta tierra, un viaje por los átomos y partículas de las que está compuesto el universo. Y este viaje permite la aniquilación del yo, que es un estar en todos los lugares al mismo tiempo. La aparición de Galileo Galilei, nuevamente, no es fortuita y responde a ese afán de contemplar y entender el mundo. Quiero resaltar de esta sección el ritmo con el que están compuestos los versos. Cito parte de una estrofa: “Callar no es estar en silencio, no dormir es tragar la humedad del invierno y masticar el asma de amar en sotana marrón como San Francisco descalzo en medio de estos muros blancos como si fuera el mundo un nosocomio manejado por el dinero que se extrae de la roca que heredó del meteorito”. Son muchos los autores que han intentado transportar el ritmo, el síncope, de la música a la literatura. El caso más inmediato que mi memoria me ofrece ahora es el de Jack Kerouac, quien rescribió todo On the Road en tan solo tres semanas, su más celebrada obra, cuando creyó encontrar el ritmo del jazz en la prosa con que su amigo Neal Cassady le escribía cartas. De igual forma, esta sección de El Aura se caracteriza por un estilo musical y fluido, que se lleve por delante la sintaxis y todos los signos de puntuación, pues estorban, el mismo estilo que tenía Chat Baker al tocar su trompeta. En este caso, el ritmo de la música, la improvisación divina del jazz, le sirve a Ildefonso para tratar el tema divino del cosmos y del universo. Esto último queda diáfano en “Finale”, capítulo con que se cierra el libro. Cito: “Ray Charles Baudelaire es el dios africano que en un lugar del universo se sienta a pescar cometas, meteoritos, estrellas fugaces”. Un gran músico y un gran poeta se encargan de los quehaceres supremos de la existencia, y a la vez revelan sus influencias sobre nuestro autor.

Para finalizar, El Aura cumple con ser ese eterno regreso del que hablábamos y para el cual citamos a Borges al comienzo. Pero no es un retorno idéntico, sino un retorno reinventado: el tema de la frontera es trenzado con una nueva temática que ha ido aflorando con más fuerza en los últimos trabajos poéticos de Ildefonso: el caos del universo, las partículas elementales con las que están compuestas la realidad fuera de la hoja de papel y la desintegración del yo en esquirlas regadas por todas partes. Nuevamente, como todo autor que es dueño de una poética singular, aparecen la música, la musa, los viajes, los bares, El Paso y Ciudad Juárez con ese añadido que es el cosmos, lo que constituye una nueva expansión en el trabajo de nuestro autor.