domingo, 19 de febrero de 2017

"Relatos salvajes" o el homo sapiens sapiens del siglo xxi

Es la tercera vez que veo aquel film y mi entusiasmo, a diferencia de lo que podría suceder con la relectura de algunas novelas o el consumo de otras películas, continúa fortaleciéndose. En Argentina el trabajo de Damián Szifron, quien antes solo había escrito y dirigido cortos y series de televisión, ha causado un alto revuelo. Y no es para menos. Son seis historias sublevantes nacidas de la modernidad en el que el mundo entero vive. La primera reúne a un montón de conocidos, amantes y antiguos amigos de un tal Pasternac en un vuelo de avión. Cuando se descubre que todos los tripulantes conocen al piloto, justamente el tal Pasternac, el avión comienza a sufrir turbulencias sin que nadie pueda entrar a la cabina principal. Finalmente, el avión se estrella en la casa de dos ancianos cuando el que fue su siquiatra golpea la puerta y le insiste que en que ellos son inocentes; los verdaderos culpables son sus padres, precisamente tales ancianos. Rápidamente, nos enteremos de que fue atormentado por sus compañeros en el colegio, padeció la incomprensión de los profesores y, más adelante, sería apabullado por el juicio atroz de un crítico contra su trabajo como músico; por último, hasta su prometida terminó engañándolo con su mejor amigo.
Pero si solo nos centráramos en esa historia, no habría elementos que nos lleven a pensar que el film es sublevante y diríamos que aquel personaje sería, solamente, un desafortunado de la vida. No obstante, la segunda de ellas ya nos da las primeras pistas para colegir que, en realidad, el problema es la sociedad. Una antigua autoridad de un pueblo llega a un restaurante perdido en una carretera. De pronto, la mesera lo reconoce. A pesar del tiempo transcurrido, tiene grabado en la memoria su rostro y, en especial, su accionar: por su culpa su papá se suicidó, al ahorcar financieramente a su familia, e intentó seducir a su mamá a tal punto que tuvieron que abandonar su ciudad. Y lo que es peor, ahora el tipo quiere ser alcalde de un condado más grande. Todo esto la mesera le cuenta a la cocinera, una mujer madura, quien le propone envenenarlo y así colaborar con la limpieza del mundo. La mujer ya había estado en la cárcel y confiesa que ese aislamiento era mejor que estar de vuelta a la sociedad. Nuevamente, una historia que nos remite a aquella gran interrogante que Fedor Dostoiésvki propusiera en Crimen y castigo: ¿es válido pasar por encima de lo ético, de lo normativo, y asesinar a un ser hostil y miserable, cuya presencia solo contamina el entorno donde se desarrolla?
No obstante, es el tercer relato donde el infierno burocrático y las diferencias de clase desatan una mortal pelea. El dueño de un Audi manejaba plácidamente por la carretera cuando, en una curva, intenta pasar a un carro viejo y lerdo. El chofer de este último no lo deja avanzar y, adrede, le cierra el paso. Al dejarlo atrás, el dueño del Audi lo insulta y le muestra el dedo medio. Pero más adelante se le pincha una llanta y, mientras espera a que lo asista la grúa a la que llamó, lo alcanza el segundo chofer. La devolución al insulto es abruptamente desproporcional: el tipo le arranca una pluma del parabrisas, se lo raja a palos y finalmente lo mea. Vemos, en esta gran historia, que el inconformismo del pobre y la repentina posibilidad de desahogarse es brutal, lo mismo que la posterior respuesta del rico: ambas clases se miran de lejos y con odio (lo demuestra el insulto desde su carro, a sabiendas de que no podría alcanzarlo), y entonces el más mínimo roce se resuelve con encendidas agresiones y un desenlace mortal, totalmente atroz.
Los dos relatos que continúan son contundentes: el llamado “Bombita” y el del hijo de un ricachón que atropella a una mujer embarazada. En el primero, el protagonista de la historia es el muy talentoso actor Ricardo Darín, quien interpreta a Bombita, un ingeniero químico especializado en explosivos y demoliciones. El día del cumpleaños de su hija compra una torta, pero al volver al auto se da con la sorpresa de que la grúa municipal se la llevó al depósito. Convencido de que había sido un error (lo que efectivamente era cierto), exige las disculpas del caso y una respectiva indemnización por el dinero y el tiempo (esto último irreparable, pues se perdió el cumpleaños de su hija y su esposa, en un efecto dominó, acabaría pidiéndole el divorcio). Pronto, Bombita ha de caer en un infierno burocrático que le hace perder los estribos: ataca con un extinguidor la ventanilla donde lo atendía un burócrata. Es como si K. (el recordado héroe de El proceso y El castillo) y Karl Rossman perdieran los estribos y reaccionasen con furia ante el hilo infinito de los laberintos a los que se vieron compelidos. Al final, pese a que fue acusado de terrorista, Bombita termina siendo considerado un héroe por los ciudadanos: con su furibundo reclamo y desahogo las personas se sienten identificadas, pues no hay quien no haya sido víctima de la pilla burocrática. Y en la siguiente historia, la corrupción es el protagonista total. Un hijo de ricachón atropella y mata a una mujer embarazada, y echa a la fuga. Pero como era de dinero, y a sabiendas de que nadie lo había visto, sus padres le ofrecen al jardinero que asuma la responsabilidad y que diga que él manejó el carro, borracho. Le prometen medio millón de dólares, oferta que el hombre acepta. Llaman al abogado de la familia para que dirija el caso, pero cuando llega el fiscal algo sale mal: este se da cuenta de la celada y entonces tienen que negociar. Y es aquí donde la ambición y la corrupción se exhiben como dos ardientes soles. Al final los actores se revelan, en palabras del propio padre, como una “manga de buitres” y todos, desde el humilde jardinero, pasando por el fiscal y el opulento abogado, lo único que quieren es una tajada gorda.

El último relato —el de la pareja de recién casados—, sin embargo, lo encuentro sin muchos méritos y me parece que es porque se aleja de la temática que muy bien exhibió en las otras historias. Sin lugar a dudas, las mejores piezas son “Bombita”, “El más fuerte” y la historia del atropello. Se puede entender que la película parte de que el ordenamiento hace agua desde lugares, o situaciones, que deberían ser sus puntos más fuertes: el orden y celeridad en los procesos burocráticos. En lugar de restructurar y mitigar de base aquello, solo se oculta la superficie en un acto que se asemeja al de un perro persiguiendo su propia cola. Así, hay una relación lógica muy eficaz en cada historia: la sociedad, que “es una mierda” en palabras de la cocinera que envenenó al antiguo alcalde, concibe seres atormentados hasta la náusea por flagelos tales como la burocracia, la corrupción y las diferentes escalas. Relatos salvajes es, sin duda, un aporte vital que nos ayuda a entender al homo sapiens sapiens del siglo XXI y que teje un espejo de nosotros mismos a tal punto que, como aquel bárbaro ante la piel de un lago, terminamos espantados de nuestra propia imagen.

domingo, 12 de febrero de 2017

"Humillados y ofendidos" de Fedor Dostoievski

Tal parece que en esta genial novela de Dostoieveski, pero no tan comentada como Crimen y castigo o Los hermano Karamázov, no existen culpables. El príncipe, personaje ruin, volcán argumentativo que alimenta toda la historia, por propia iniciativa no genera el mal, sino que, como se lo confesara al joven escritor Vania, protagonista y narrador, en una entrevista, es simplemente honesto consigo mismo, con su carácter inalienable de ser humano. Él no cree en idealismos, en inspiraciones ni es afecto a nada espiritual. Y no cree porque no siente. Materialmente el amor, la bondad, la comprensión por el otro no toca el más duro de sus nervios, por lo que se entrega sin remordimientos a las más bajas pasiones que todo ser humano puede albergar.
De ahí que el príncipe se burle de la unión de su hijo Alíosha y Natasha. Materialmente, es una unión que no conviene. Ella es hija de administradores de tierras y él heredero de un príncipe. Su amor es absurdo, pues su unión no lleva a nada. Al final Alíosha es persuadido por su padre de la mejor manera: conociéndolo y, por ende, manipulándolo. Sabía que su hijo era bueno, pero no tenía voluntad, sus resoluciones son castillos de arena que la más leve resaca desmorona. Así, bastó que le presentara a Katia, la hija de la condesa, para que el lujo y confort de aquella vida desviaran el amor que sentía por Natasha, a quien nunca dejó de amar. Katia es buena y lo aprecia, pero Natasha comprende realmente su modo de ser, sus debilidades, y lo admite tal cual; es decir, ama hasta sus defectos. En cambio, Katia está atraída por su físico, por la buena posición que tiene su padre el Príncipe.
En este punto, conviene recordar cómo es que el príncipe se hizo de una gran fortuna si su ascendencia no formó parte de la realeza opulenta. Pues adquirió tierras, mejor dicho, las usurpó al viejo Smith, abuelo de Nelly —otro personaje humillado y ofendido—, al raptar a su hija, personaje que sí creía en el amor, en ideales. En aquellos tiempos de la Rusia zarista, el propietario de la tierra también era propietario de las almas que vivían en ella. Es decir, era dueño de los campesinos y su anterior ascendencia y posterior descendencia, trabajando para el señor a perpetuidad. Esto también aparecería en la obra de Tolstoi, tanto en Anna Karenina como en una de las mejores novelas escritas alguna vez La guerra y la paz, guerra por los intereses bélicos de los humanos y paz por sus nobles sentimientos que alcanzan protagonismo.

Pero, me parece, Dostoievski se muestra más ambicioso por momentos que Tolstoi, dada su capacidad para retratar con claridad la psiquis de sus personajes. Esto último es lo que perdurará en el tiempo y no el retrato congelado de Rusia antes de la Revolución Rusa. La geografía y nombre de personajes cambiará, pero los sentimientos humanos seguirán ahí, latentes, esperando que vuelvan a ser retratados. De pronto aparecerá el Príncipe, un ser calculador y frío. Actualmente existen muchos príncipes en el poder, en la política, personas que no creen en ideales ni en sentimientos. De pronto aparecerá Vania, un noble y joven escritor que no tolera las injusticias, que quiere vivir de un oficio que, en la mayoría de los casos, solo puede dar satisfacciones personales. De pronto aparecerá Nelly, una víctima del escarnio de la vida, inocente en el más amplio término de la palabra, su autodestructivo comportamiento se entiende a partir del aciago destino que el mundo le tenía deparado. De pronto aparecerá Natasha, una joven que, al igual que Vania, lo deja todo por el amor, se enamora perdidamente sin importar de quien; prueba de esto es que ame al hijo del Príncipe, sin importar que aquello lastime a sus seres queridos: sus padre. De pronto, vagando por las calles, alrededor de pequeños negocios, uno se puede encontrar con el viejo medio loco (escena con la que se abre el libro), la mirada perdida, taciturno y en harapos, con un perro a sus pies. También con el viejo Smith en una ciudad tan diferente a San Petersburgo, donde se habla un idioma tan distinto como el español, donde la gente tiene otras características físicas y donde ya han pasado más de doscientos años desde que Dostoievski publicara Humillados y ofendidos.

domingo, 29 de enero de 2017

"Muerte de Catulo", primer poemario de Marco Antonio Murillo

Decía Frederick Engels, el gran filósofo inglés, que sumergiéndose en la obra de Honoré de Balzac aprendió más sobre el impacto de la Revolución Francesa en la Francia de aquel entonces que leyendo libros de historia, más sobre el nuevo burgués y con, ello, la transformación de la sociedad del siglo XIX. Y es que la literatura, a diferencia de cualquier disciplina científica, tiene la capacidad de recrear y entender desde una ubicación privilegiada cualquier devenir que se quiera narrar: desde la solitaria vida de un individuo contemporáneo hasta la era arcaica grecolatina, por ejemplo, tanto en poesía y narrativa. Reflexionando sobre la historia, esta tiene que mantener cierta distancia con los hechos que analiza, para así sostener un tono objetivo sobre lo que va contando. En cambio, en la literatura uno puede romper esa línea de la fantasía con lo real y crear, en el amplio sentido de la palabra, un mundo que no obedece a ninguna regla, sino todo lo contrario.
Sin duda, esto sucede en Muerte de Catulo (2009) primer libro del poeta yucateco Marco Antonio Murillo, con el que ganó el premio Rosario Castellanos y actualmente becario para la fundación de las Letras Mexicanas. Por lo general, uno empieza a escribir sobre su tiempo y en ello desfilan los recuerdos de infancia, de adolescencia, primeros amores y la partida de algún ser querido, como puntos de quiebre o heridas sobre las cuales la escritura busca ser cicatriz. Murillo también toma este inicio, pero de una manera diferente: aquellos sentimientos o situaciones mencionadas aparecen a través del personaje Catulo, uno de los poetas más importantes de la época de oro romana. Por ejemplo, enfoquémonos en el siguiente poema: “A fin de cuentas, las palabras escritas en los muros/ terminan borrándose/ por el sol y nuestros ojos; ya sólo queda/ devolver en ruinas/ todas aquellas cosas que nombramos./ Al amarte, yo mismo me he nombrado”. Sin mencionarla, Lesbia está presente en estos versos, aquella amante que le causara tantos dolores a Catulo. Así, el tema del amor aparece, más claramente, en “al amarte, yo mismo me he nombrado”. Siguiendo la ilación de las líneas precedentes, el poeta al entregarse al amor, a ese terrible amor, se destruye, pues todo lo nombrado —como una manera nostálgica de tratar de evocar, sino ya revivir, lo que el tiempo ha arrebatado— por las palabras se ha perdido. El antiguo imperio, sus peristilos y pilastras dóricas, sus atrios y salones, son ahora escombros que el ejercicio de la poesía trata de dar vida nuevamente. Lo mismo ocurre con Catulo: al nombrarse es porque, igual que su antigua ciudad, es escombros.
Los siguientes versos toman la posta de la cita previa: “Pero ¿a quién engañar? Lesbia lo sabe./ Ella ha leído en periódicos y muros,/ e incluso de la boca de otros amantes,/ cada una de esas líneas,/ y no le importa quién las escribió”. Quien escribe esas líneas es, indudablemente, Catulo. Pese a ello, pese a que la inspiración ha venido de Lesbia, a ella no le importa. La autoproclamación de ser ruina ahora está ejemplificada en esta nueva cita y refleja muy bien lo que el poeta debió sentir ante la indiferencia de su amada, además de ser una ventana que nos deja vislumbrar ese sentimiento tormentoso al leer “de la boca de otros amantes”. Notemos que todo el poema está escrito en primera persona, lo que es una manera de darle voz al poeta latino y acercarse más a su dolor y a ese mundo de desventuras.
Pero no solo aquel amor autodestructivo desfila por los versos de Murillo. Una colosal nostalgia se puede leer en la siguiente cita: “Cuánto me entristece ver que esta mañana en la ciudad derrumban/ las últimas estatuas para levantar rascacielos, árboles que no/ darán fruto sino sombra”. La voz de Catulo, gracias a la poesía, puede proyectarse en el tiempo y contemplar los cambios que hay en torno, y sobre, su antigua ciudad, cuyas crónicas “hoy son el único documento que ha/ quedado”. Una vez más, la escritura, como una forma de mencionar o cantar lo perdido es lo único que ha podido dejar testimonio y recordar la antigüedad. Aquel pasado, en contraste con la modernidad está muy bien expresada en la siguiente estrofa: “Cuánto me entristece ver que el amor, el odio, y otros grandes/ sentimientos y palabras son sólo envolturas, colillas que se/ amontonan en las acequias”. Quizá el amor y el odio hayan sido los motores de las grandes historias épicas, como núcleos de los cuales se desprendían otros. Solo la Ilíada tiene de eje central el rapto de Helena, una historia de amor que oscila entre el odio y en la que se desprenden otros sentimientos, como el honor, muy importante entonces. Pero parecería que la actualidad (“envolturas, colillas que se/ amontonan en las acequias”) supone una pasividad y frustración que ya no concibe grandes epopeyas. Será por eso que ante ese pasado perdido, el oficio de la escritura cae como un reproche: “En contra del presagio de los profetas, ves arder tu casa, sus cenizas/ también se perderán en la noche de los siglos./ Cuánto me entristece verte escribir con un dedo al aire creyendo/ que al final podrás salvarte del fuego”. Aquellos últimos versos, están escritos en segunda persona, lo que constituye un llamado de atención de Catulo a sí mismo, una forma de preguntarse, pesimistamente, si valió la pena haber cantado.

Pero el poema que condensa mejor la temática de Muerte de Catulo, podría decir, es el siguiente: “Lo escribo no/ para que me admiren/ las generaciones/ que vendrán./ Tampoco para amarte/ cuando ya me haya ido./ Sino para que el tiempo/ el tiempo/ que logré derrotar/ después de treinta y tres años,/ se detenga, y los días/ que sigan a éste, siempre/ sean el día de hoy”. La escritura se erige como una lucha contra el tiempo, una lucha por sobrevivir a él y construir un gran artefacto incólume al paso de los años. Si el imperio, como la cuna de la civilización por aquel entonces, y el amor, como la fuerza pasional que hace feliz o infelices a las personas, han sucumbido al tiempo, la escritura parece resistir. Si pensamos en que Catulo sigue siendo un clásico, por ende, un referente mundial, tenemos que darle la razón. Aquello parece confirmar, recordando a Kafka y a Pessoa, por ejemplo, que la literatura es un oficio póstumo. Murillo con Muerte de Catulo ha podido completar esa vida —con un notable juego de voces que mezcla la primera, segunda y hasta tercera persona— de treintaitrés años que dejó un legado que sobrevive.

domingo, 11 de diciembre de 2016

"Train to Busan": mucho más que una película de zombies

No es de extrañar que el cine surcoreano haya dado una extraordinaria película como Train to Busan. Títulos como The Chaser (sobre el mundo sórdido de la prostitución en Corea del Sur) de Hong-jin Na y Dongju (sobre la ocupación japonesa en Corea durante los años cuarenta) de Joon-ik Lee solo confirman el buen momento que está viviendo aquel cine oriental. Ni qué decir de cintas mundialmente vistas como Samaritan Girl o Spring, Summer, Winter… and Spring del ya consagrado y talentoso director Kim Ki-duk. En esta ocasión la temática a desarrollar es archiconocida: la plaga rabiosa de los zombies. Pese a ser un tema tan mentado —con producciones archimillonarias que, sin embargo, muchas veces han terminado en fiascos—, el joven realizador Sang-ho Yeon ha logrado que su trabajo se diferencie notablemente de todas las cintas financiadas por Hollywood y por otras grandes industrias del cine, como el británico.
¿De qué trata la película? Un hombre de negocios y su pequeña hija, a pedido de esta última, un día viajan en tren a Busan, en Corea del Sur, para un rencuentro familiar. Pero durante el trayecto hechos insólitos suceden: un repentino incendio en la ciudad, un animal silvestre que revive inexplicablemente y finalmente una estación, adonde van los protagonistas, que es tomada por los zombies. La película, más allá de apelar a la acción y a los efectos especiales, explora la condición humana de las sociedades contemporáneas, y para esto se sirve de aquella plaga que azota al mundo entero. Así, esta es solo un pretexto para desnudar los flagelos del hombre actual y afilar una dura crítica contra la sociedad. De ahí que esta película sea diferente al clásico film de zombies. Estos, al menos los que la industria hollywoodense ha producido, son una ecuación aislada que los sobrevivientes al holocausto deben de resolver: cómo escapar de la epidemia y no perecer en el intento. Así, producciones que van desde Night of the Living Dead, de George Romero, hasta World War Z, de Marc Foster y protagonizada por Brad Pitt, ofrecen al espectador una situación extrema de sobrevivencia que, sin embargo, no tienen ninguna crítica al modelo actual socioeconómico, por ejemplo, ni al carácter esquivo y egoísta que este ha podido desarrollar en las personas. Son películas entretenidas y hasta interesantes, que en el mejor de los casos no aburren y ayudan a pasar las horas, pero que carecen de la profundidad que las grandes obras de arte pueden tener. Es así que en Train to Busan la epidemia de los zombies está al servicio de la intención del autor, la que es mostrar la soledad e indiferencia que reina en el mundo actual, por lo que tiene alcances mayores que el montón de otras cintas mencionadas no.
Por ejemplo, mucho antes de que los hechos violentos se desencadenen la película nos muestra escenas del hombre de negocios y su pequeña hija: cómo este está entregado a su trabajo, lo que ha deteriorado su matrimonio y, por consecuencia, afectado el desarrollo emocional de su hija en el hogar. Esta es una niña solitaria, triste, retraída, que a punta de sinsabores ha madurado rápidamente en la vida, haciendo a un lado los justos juegos pueriles que un infante de su edad necesita para desarrollarse a plenitud. De ahí que sea ella quien convence a su papá de viajar a Busan para rencontrarse con su mamá. En apariencia, en aquel cuadro de pérdida de valores y crisis emocional solo estarían ellos tres, la familia disfuncional. Pero conforme la película avanza vemos que aquello se repite en los demás personajes que componen la historia. El caso más repudiable, sin duda, es el del otro empresario coreano, mayor que el padre de la niña, quien está dispuesto a todo para sobrevivir; es decir, para salvarse a costa de los demás.
Por otro lado, todos los personajes son extáticos: los esposos, el empresario inescrupuloso, la pareja de jóvenes enamorados y la pareja de hermanas mayores. El único que sufre una transformación, producto del caos que le tocó vivir, es el padre de la niña. Escapando de la peste, es ayudado desinteresadamente por los grupos de personajes mencionados, incluso también por un vagabundo que se unió a ellos. Antes de eso, él solo pensaba en sobrevivir a solas con su hija y esta, advirtiendo lo que tramaba su padre, es quien lo confronta y, finalmente, le hace cambiar de parecer. Démonos cuenta de que los personajes más puros, más nobles, son los jóvenes, es decir, los que menos tiempo tienen viviendo en el mundo de hoy. De ahí que la niña sea la más sensible, seguido de la pareja de jóvenes enamorados.
En la literatura abundan las novelas que también se apoyan en catástrofes mundiales para desnudar al hombre contemporáneo. Dos obras maestras al respecto son Ensayo sobre la ceguera de José Saramago y La peste de Albert Camus. Aquellos escenarios caóticos fungen de pretexto ideal para analizar la conducta humana y crean interrogantes que confrontan a los lectores. Lo mismo ocurre en Train to Busan: la epidemia de los zombies pone de manifiesto la naturaleza de los seremos humanos y qué tipo de valores engendra la sociedad actualmente. Sentimientos como la soledad, la vacuidad por la vida y el extremo individualismo son reinventados en esta película bajo la mirada particular del joven director de cine coreano.

Para terminar solo queda resaltar la actuación de la joven actriz Soo-an Kim y estar pendiente de la próxima película de Sang-ho Yeon o de cualquier otro realizador coreano que siga en la misma dirección artística mencionada al comenzar estas líneas. Un gran ejemplo del uso de espacios cerrados (la mayoría de hechos ocurren en los vagones estrechos de los trenes) y abiertos (ya cuando toda la ciudad es tomada por los zombies) es Train to Busan, cuyo director ya había dado a luz cintas de animación. Estamos ante un trabajo que tanto en forma como en contenido resulta descollante.

domingo, 27 de noviembre de 2016

"El cerco de Lima", de Óscar Colchado Lucio

Borges decía que las buenas obras sobreviven a las malas traducciones. Quizá debió agregar que también a las malas ediciones. Pese a ello, El cerco de Lima de Óscar Colchado Lucio, publicada en el 2013, destaca por su temática y fluidez de estilo, así como por su estructura al hacer un notable uso de saltos en el tiempo y cambios de perspectiva narrativa, de primera a tercera persona en función al contexto y al impacto que busca generar en el lector. La violencia interna que sacudió al país por dos décadas y causó heridas imborrables en la sociedad peruana, ya ha producido novelas que han ganado importantes premios internacionales, y con el tiempo quizá se convierta en un género particular, similar a lo ocurrido con la producción sobre la guerra Civil Española, por ejemplo.
En esta obra, a diferencia de Rosa cuchillo, el autor desarrolla la lucha armada en la urbe. Un acierto es que nos ayuda a entender, en su totalidad, la visión del mundo de los otros, de las minorías, elemento fundamental que la buena literatura posee. De esta forma, Colchado Lucio no presenta a los terroristas como un montón de fanáticos oligofrénicos carentes de escrúpulos. Todo lo contrario: los hace humanos y, y lo más importante, comprensible su postura, en función a las desigualdades sociales inherentes a la sociedad peruana.
Así, exploramos los anhelos y frustraciones de Manuel Rojas Padilla, camarada Alcides, uno de los protagonistas de la historia, militante que hará un trabajo importante de bases y adoctrinamiento de los nuevos cuadros. La pregunta a “¿por qué brotó el terrorismo y tuvo tantos adeptos?”, se responde a través de este personaje. Lo material (factor esencial de la lucha) arrinconó a Manuel, lo que le impidió ascender socialmente y tener una vida digna, en notable oposición a lo que sí tendría cualquier persona de clase media o acomodada. Es así que trabaja como vendedor de frutas en un mercado, ganando un mísero sueldo que solo le permite sobrevivir. En la universidad, adonde ingresa gracias a que unos senderistas preparaban gratuitamente a los postulantes, sufre un terrible desengaño: advierte quiénes controlan los medios de producción, quiénes tienen acceso a los altos puestos, a quiénes protege realmente el Estado y sus fuerzas del orden. Ante ello, con una Izquierda Unida en el parlamento que discrepaba de sus posturas radicales y a quienes acusan de defensores del sistema, no le queda más camino que tomar las armas y luchar por el nuevo Estado.
Por otro lado, está el policía de servicio de inteligencia que narra el primer atentado terrorista con que se inicia la novela. La aparición de este personaje es de vital importancia. Si gracias a Alcides nos interiorizamos en los cogollos del accionar senderista, es por medio de este agente encubierto que conocemos el modus operandi de las fuerzas del orden: su trabajo de espías, su aparente entrega y desenfado por la causa revolucionaria, sus métodos brutales de tortura y represión, así como la espada de Damocles que amenazaba con caer sobre sus cabezas si eran descubiertos. Es notable el capítulo donde se cuenta el origen y desarrollo del grupo Colina, nombre de un miembro del servicio de inteligencia que llegó hasta las más altas cúpulas senderista y que murió en manos de sus propios colegas paramilitares.
Por otro lado, también tiene un rol importante un tercer personaje: el Predicador, quien viste túnicas y se parece a Jesucristo (barba y cabello largo), siendo portador de una fe religiosa basada no en un dios supremo ni en el amor a la humanidad, sino en la vida extraplanetaria, factor allende al orden estatal y a la revolución. Está convencido de que la raza humana fue creada por seres superiores tanto en organización política como en constitución biológica. Es más, cuenta haber volado en un ovni a aquel planeta y ser testigo de la superior vida de tales creadores. Incluso presenta evidencias que respaldan sus increíbles afirmaciones. Este personaje aglutina gente en las plazas, arrastra oyentes en los conos de la ciudad y es respetado por los senderistas, quienes lo ven como un posible foco de difusión de sus posturas.

Esta corta, pero intensa, novela de Colchado Lucio retrata a los representantes de ambos bandos de las fuerzas en conflicto de una manera muy humana: no son brutos, salvajes, fundamentalistas que solo se oyen a sí mismos, son, ante todo, seres humanos sensibles que exhiben las profundas contradicciones concomitante a la existencia. Otras escenas logradas de la novela son la masacre de El Frontón contra reclusos senderistas, así como la aparición del personaje Mario Vargas Llosa en un mitin por la libertad, cuando el gobierno aprista, en un manotazo de ahogado, intentó nacionalizar la banca mientras el aparato estatal se ahogaba en un océano de corrupción. Por sus logros y sus visos de novela fantástica, El cerco de Lima es una obra que escapa de lo estrictamente realista, lo que ya puede diferenciar a Colchado de sus coetáneos. 

domingo, 20 de noviembre de 2016

La fauna humana en "La casa apartada", de Antonio Gálvez Ronceros

El profesor Ricardo González Vigil acierta rotundamente cuando en la presentación de La casa apartada, en la última Feria Internacional del Libro en Lima, dijo que el maestro Antonio Gálvez Ronceros es un autor en el sentido cabal del término. Es decir, su pluma encierra un universo rico, lleno de fantasía e imaginación que se inspira, en este caso y como hiciera en Monólogos desde las tinieblas, en lo rural, en los pueblos alejados de la metrópoli. Hoy quiero comentar directamente los cuentos, pues un autor consagrado como Gálvez Ronceros no necesita mayores presentaciones.
Para empezar, los animales, en estas historias, tiene un peso gravitante y muchos de ellos sufren una metamorfosis que los humaniza. Así pues, esto ocurre con el perro en el primer cuento, “¿Recuerdas?”. Los lectores nos adentramos en el monólogo de un personaje que va recordando lo que ocurría en su pueblo cuando era niño. Frente a su casa había un mendigo que, al tener que ir a comprar comida o resolver algún importante trámite, dejaba, en su lugar a su perro. Para esto disfrazaba muy bien al can, los vestía como él, le ponía una chalina, una gorra y una casaca, de modo que adquiría la fisonomía de un ser humano y la lata con que mendigaba no dejaba de percibir monedas. El cuento adquiere ribetes de gran jocosidad cuando una mujer ebria, para indignación de todo el pueblo, comienza a gritar “¡Pero si es un perro!” señalando con el dedo al perro disfrazado. Pero hay un giro de tuerca en la historia, porque el mendigo regresa y toma, nuevamente, su lugar, haciéndose pasar, además, como ciego. El uso del lenguaje es envolvente, con un ritmo que de por sí ya atrapa al lector y no lo suelta hasta terminar.
El segundo cuento, “Lecturas extravagantes”, también explota muy bien el humor. De esta manera, el sastre de un pueblo confunde las palabras al leer los titulares de los periódicos. Por aquella distorsionada interpretación personal, se sumerge en un estado de compulsiva paranoia. No es sino con la presencia de un aprendiz, quien es el que narra el cuento en primera persona, que el viejo sastre va retomando la cordura nuevamente cuando le leen lo que los titulares realmente decían. Si bien es cierto, en esta historia la presencia de un animal no es tan notoria, no obstante, en las divagaciones del sastre desfilan burras, perros, chanchos y demás animales que uno puede encontrar en los pueblos pequeños y alejados de Lima.
Pero en los tres cuentos siguientes aquel protagonismo animal vuelve a la carga. En “Un perro en la noche” un ladrón de gallinas, al ingresar desnudo a un corral para burlar la vigilancia canina, sufre la mutilación de sus verijas por un perro sabido que no se dejó asustar por su desnudez. El cuento, además de ser hilarante, tiene una flexibilidad real que quizá nos acerca un tanto a lo fantástico, pues el ladrón va a la búsqueda de sus verijas para que una vieja curandera se las pueda volver a poner con el apoyo de ciertas hierbas. El perro demuestra mayor inteligencia de lo que uno puede esperar de un animal y, al final de la historia, vuelve a burlarse del pobre hombre capado. En el siguiente cuento, “Jacinto y manfreda”, es más notorio el peso de los animales en el imaginario de Gálvez Ronceros. Jacinto, un hombre solitario, se enamora perdidamente de una burra llamada Manfreda. Así, la compra y la lleva a su casa, la pasea por su huerta y luego se encierra con ella en veladas interminables. Pero su caso no es excluyente: su vecino, Tomás Pacherres, al ver a la burra también queda enamorado, a tal punto que la rapta y huye con ella. A Jacinto no le queda más que salvar su honra, asesinar a su vecino y huir para siempre de la justicia. En un final abierto, un hombre llega a París y, en un cafetín, es acompañado por una mujer que la voz narradora describe de la siguiente manera: “El cuello es asombrosamente largo y grueso y está cubierto en su totalidad por un collar de muchas vueltas. Y bajo un gorro que impide verle el cráneo y las orejas, se advierte un rostro de grandes ojos laterales que a veces, bien mirado, produce la desconcertante impresión de ser el alargado rostro de una burra”.
En “La casa apartada”, el cuento que da título al libro, volvemos al estilo del monólogo. Así, la voz narradora lleva al lector ante una extraña posibilidad: qué pasaría si uno va a visitar a un amigo que lleva por nombre Juan y de pronto descubre que alguien lo llama “Juan, Juan, Juanjuán, Juan”, pero en su casa solo viven el amigo y su papá, quien se llama Gregorio, y ya frente a nosotros aquella exclamación continúa repitiéndose. Poco a poco descubrimos que quien llama de esa manera es el perro de la casa. Hay un juego con el sonido de las palabras, entre “Juan” y “guau”, como onomatopéyicamente podríamos reproducir el ladrido de un can. Y aunque parezca delirante, y haga pensar que quizá pueda romper lo verosímil, la construcción del relato, la geografía y la naturaleza de los personajes hace que aquello pueda ocurrir en una casa apartada de un pueblo al interior del Perú. Como en “¿Recuerdas?” y “Un perro en la noche”, nuevamente un perro tiene protagonismo relevante en la historia. Como habíamos señalado líneas arriba, su rol no es ordinario, sino que, respondiendo la idiosincrasia del lugar, los animales sufren una transformación que los humaniza y en muchas escenas desaparece esa distancia que hay entre seres humanos y animales, una distancia que los vuelve objetos o los subestima, muy afín a como son tenidos en cuenta en las ciudades. El último relato, “Madrugada triste”, es una excepción a esta poética, puesto que no aparecen animales y más bien estamos ante una historia policíaca que tampoco apela al humor. Así, guarda una identidad distinta a los otros cuentos, pues nos embarcamos hacia otra orilla: el homicidio de una familia entera y su fácil resolución para dar con el asesino. Otro elemento que difiere es que la voz narradora nos da lugares específicos, Oxapampa y Cerro de Pasco, por ejemplo. En cambio, en los otros relatos, al no revelarnos una ubicación exacta, el lector puede fantasear más y no saber en qué región del Perú ocurría ello, si en la costa, la sierra o la selva.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Una gran novela: "Las partículas elementales", de Michel Houellebecq

Como en Ampliación del campo de batalla, Houellebecq nos vuelve a presentar dos personajes antagonistas en entorno a quienes se irá deshilvanando la historia. Si aquella relación se dio entre el narrador sin nombre y Tysserand, ahora, en Las partículas elementales, aquello ocurre con Bruno y Michel. Ambos son hijos de Janine, una parisina que abrazó los postulados de la liberación sexual y de la vida sin frenesí que experimentó el mundo hacia finales de los cincuenta y los sesenta. Pese al parentesco consanguíneo ambos son muy diferentes: el primero, Bruno, es un profesor de literatura que está a la caza de los placeres sexuales, mientras que Michel, un descollante científico, se mantiene alejado de ello y constituye, en función a cómo termina el libro, un hombre que comienza a superarse, pues no depende tanto del sexo, del amor ni del miedo a la soledad. La novela es desgarradora, cruel y apasionante, y el lector contempla, atado de brazos, cómo los personajes desfilan por un infierno llamado sociedad, cómo se derrumban sus esperanzas y cómo es que su vida, por más que luchen contra ello, enfila hacia un sórdido fracaso que el más despiadado de los determinismos les tiene deparado.
Debo empezar resaltando lo que más llama la atención desde un inicio: el estilo ensayístico que la prosa adopta en muchos pasajes. Gracias a esto, uno tiene la sensación de que los personajes son depositados en un formicario, aquella jaula para hormigas que deja ver cómo estas excavan sus túneles bajo la tierra. Del mismo modo, los protagonistas tienen que recorrer, y sufrir, los vericuetos inherentes a la existencia humana. Además del estilo, la narración se mezcla con un vocabulario científico que complementa las escenas. Por ejemplo, cuando la voz narradora intenta explicar por qué Michel y Bruno tuvieron aquellas vidas se da un entrelazamiento con digresiones científicas sobre el adn, los átomos y hasta cómo es que crecen ciertos mamíferos sin el cuidado inicial de sus madres. Lo mismo ocurre al describir la maduración del cuerpo femenino: “A partir de los trece años, bajo la influencia de la progesterona y del estradiol que secretaban los ovarios, la muchacha empezó a acumular grasa en los senos y las nalgas. En el mejor de los casos, estos órganos adquieren un aspecto lleno, armonioso y redondeado; su contemplación despierta un violento deseo en el hombre”. Contrario a lo que podría pensarse, aquella construcción no se siente artificial a lo largo de la novela, ni mucho menos es una salida fácil que la vuelve enrevesada y compleja a la fuerza. Pocos libris han podido mezclar la prosa con datos científicos sin que esto se vuelva una impostura y termine aburriendo al lector.
Pero no daríamos en el meollo si no dijera que el contexto social es determinante. Así, es vital situarnos en una línea específica del tiempo. Y esta es los años setentas, la etapa posterior a las corrientes libertarias que recorrieron la tierra expresados en Mayo del 68 y en el movimiento Hippie, como sus puntos más álgidos. Este contexto es determinante para que la historia funcione, pues la liberación sexual es el gran tema que oprime a sus personajes. El mal, como una genealogía corrompida, viene de la madre, quien precisamente fuera una libertina, lo que marcaría para siempre a sus hijos. Como ambos venían de un hogar disfuncional, Bruno tuvo que crecer en un internando, donde era humillado terriblemente por sus contemporáneos —lo meaban en la cara, el metían un cepillo con restos fecales a la boca y hasta lo obligaban a practicarle felaciones a los más bravucones—. En un entorno así, Bruno no podría desarrollarse normalmente, por lo que, pese a no ser feo, no ser tonto y gozar de cierta posición económica, no era visto como un partido por las chicas. Entonces, su vida será una lucha por ser aceptado sexualmente por ellas. En la otra orilla está Michel (nótese que Houellebecq también se llama así), un hombre que no sabe amar, que no puede amar y que, pese a tener a la hermosa Annabelle a su lado, pues crecieron juntos, no puede consumar su amor. La escena en que la pierde para toda su juventud es majestuosamente cruel y tiene que darse en la raíz del mal: en un campamento hippie. Así, los hermanos y Annabelle viajan a aquel campamento para, supuestamente, pasar una increíble velada. ¿Pero qué sucede? De pronto aparece en escena David, el hijo de un líder hippie, atractivo y con ínfulas de grandeza, que quería ser un rock star. Pronto, Annabelle es seducida por él y pasan dos semanas enteras teniendo sexo en su tienda. Michel, sin nada más que hacer, abandona el campamento.
Pero la novela no solo se limita a narrar tales desencuentros. Al final adquiere tintes futuristas y hasta de ciencia ficción. Lo que trata de ser el texto, y lo logra con extrema maestría, es presentar una pesadilla real: cómo los seres humanos sucumben ante el deseo carnal y ante los sentimientos. Entonces Michel, quien había dedicado su vida a la investigación científica, antes de desaparecer de la tierra, deja un legado para la humanidad: la receta para crear unos clones que no tengan que sufrir por todo ello. Así, al final del libro, nos enteramos que la voz narradora es, en realidad, uno de esos clones que deja como testimonio la vida antes de la creación mejorada de los seres humanos. De ahí que esas digresiones científicas hayan sido necesarias para entender racionalmente por qué el hombre sufría en la tierra. Cuando todo termina, nos enteramos que los seres humanos clonados, despojados del deseo y de los sentimientos, constituyen una mejor especie: viven en armonía, son más sensatos, cuerdos, y han podido convivir pacíficamente con los animales y la naturaleza.

De esta manera, ambos hermanos constituyen dos ejemplares que demuestran por qué el mundo es malo y por qué hubo de encontrarse una solución a ello. Las mujeres que se relacionan con ellos, o que estuvieron cerca, también sufren espantosamente. Me parece que la novela, explora, con la agudeza de un escalpelo, la sociedad contemporánea: sus anhelos, sus aspiraciones, sus temores y pusilanimidad. La propuesta final de Houellebecq es que todas esas promesas de liberación y reivindicación, todas esas modas que se originaron en Estados Unidos, por ejemplo, y llegaron a Europa, en el fondo no eran más que falsas posturas que llevaron a la bancarrota existencial a masas enteras de generaciones. Las referencias a Aldus Huxley con Un mundo feliz, al Marqués de Sade y a la movida hippie tienen un peso gravitante. Los seres humanos, sin saberlo, son esclavos de los edictos de la sociedad, una sociedad, con la acentuación del capitalismo, dominada por el sexo, el consumo y una vacuidad de valores. El único lúcido, y que por ello sufre menos, es Michel, quien crea la receta de los clones para eliminar la humanidad de siempre y, con ello, legar mejores seres a la naturaleza.