Han pasado más de 2500 años desde que Platón compusiera sus célebres diálogos y la humanidad, desde entonces, no ha mejorado sustancialmente el método científico que se encuentra en aquellas páginas. Hacia el final del libro vi de República, donde se expone cómo sería la sociedad perfecta, el filósofo griego inventa y lega para la posteridad esa primera piedra de ciencia. Esto también lo podemos leer en Fedón, tratado que demuestra la inmortalidad del alma y el mismo que cuenta por qué Sócrates es condenado a beber la cicuta. Y también por qué aceptó su injusto destino pese a que tenía posibilidades de luchar contra ello. Y es que Sócrates fue el primer científico y pagó con su vida su intento por encontrar la verdad, pues socavó los cimientos culturales de la época, dado que el mito todavía era considerado veraz o posible.
Platón, como parte del método científico, plantea la hipótesis. Del terreno de la filosofía pasamos al de las matemáticas o geometría, pues la construcción de una hipótesis para los geómetras es posible mediante modelos a escala y semejantes al principio de la verdad. Por ejemplo, al ocuparnos de la geometría tenemos que echar mano de triángulos y paralelepípedos y, su vez, conocer sus propiedades básicas, como la suma total de sus ángulos. Aquello recuerda mis días de postulante a la universidad, cuando llenaba mis cuadernos no de versos o historias, sino de cuadrados y rectángulos para despejar teta o alfa en el problema. Gracias a una conjunción de hipótesis realizada miles de años atrás en la antigua Grecia, sabemos que los triángulos equiláteros tienen sus tres ángulos iguales en sesenta grados o que el teorema de Pitágoras —otro filósofo y matemático muy importante— indica que la suma al cuadrado de los catetos en un triángulo rectángulo es igual a la hipotenusa también al cuadrado. Aquellos son principios que han devenido en axiomas comprobables y comprobados. Esto todavía no es la verdad, advierte Platón en sus célebres diálogos, sino el camino a ella. Una vez que conocemos estos principios, podemos hacer a un lado las herramientas que nos llevaron a las hipótesis y continuar, mediante un método deductivo, hacia el gran friso de la verdad.
Pues bien, este no es otro que el camino de la ciencia moderna que conocemos, pilastras en las que se apoyan las repúblicas del siglo xxi. Es la manera en que los científicos, en sus relucientes laboratorios y tras sus impecables mandiles, analizan y estudian a los virus y bacterias que actualmente atacan a la humanidad, por ejemplo. El mundo acaba de salir de una pandemia y sin garantías de que no ocurra de nuevo, las investigaciones deberían seguir incentivándose en las universidades. Tras trabajar con una hipótesis inicial de por qué el covid-19 mató a millones de personas en el mundo se encontró un principio a base de recolectar datos y analizar pacientes. Tras esto se supo que el covid-19, como muchos otros virus, atacan el sistema respiratorio y puede ser más mortal para los niños y las personas mayores, y puede agravarse por otros factores. Aquello es parte de la verdad, pues todo estaría relacionado y de ejemplo tenemos que los opuestos se complementan, es decir, la vida viene de la muerte como el día de la noche. Su constante búsqueda, gracias a la cual Platón construyó su filosofía y definió virtudes como la belleza y la justicia, define el progreso de la sociedad.
Pero el panorama actual nos empuja a la época oscura de la Edad Media, pues son los ignorantes y los bárbaros los que gobiernan países importantes y tienen decisiones influyentes no solo en sus ciudadanos, sino en los del mundo entero. Y los resultados lo vivimos ahora mismo, tanto en el plano nacional como internacional. Platón define justicia como lo que le corresponde a cada uno. No es una definición aislada, sino comunitaria, pues aquello que le merece a cada quien está inserto en función a la sociedad. Por ejemplo, es sabido que los seres humanos tienen aptitudes diferentes y por lo tanto habrán de orientarse a distintas disciplinas del conocimiento. Así, el que nació para ser abogado merece ser abogado, el ingeniero para ingeniero, el zapatero para el zapatero, el gobernante para gobernante, el soldado para soldado y así sucesivamente. Todo con el objeto de cubrir idóneamente, es decir, de asignar con sabiduría, las áreas dentro de la república que cada persona merece ocupar.
Para Platón los gobernantes deberían estar imbuidos del amor por la filosofía, de la búsqueda y contemplación de la verdad, pues son ellos quienes determinarán, con sus decisiones, el fracaso o éxito de la sociedad. Pienso que el autor de Fedro declararía que vivimos en behetría y que las repúblicas han sido tomadas por bárbaros y, sobre todo, se ha hecho pedazos la naturaleza de las aptitudes, pues los que gobiernan, evidentemente, no han nacido para ser gobernantes. Analizando el panorama actual podría decir que el sistema de gobierno es en realidad una oclocracia, nombre en los diálogos filosóficos para la enfermedad de la democracia, como oligarquía lo es para la aristocracia.
Finalmente, ante el avance y acentuación del capitalismo tardío, sucedido el estrepitoso fracaso del comunismo, no ha habido nada que se oponga al actual sistema en que vivimos y nada que, ni siquiera, le pueda poner un freno. Las humanidades, lo que dio origen a la creación de las universidades, vienen siendo desterradas y solo prevalece lo que se sume a la gran máquina y pueda generar dinero. El resultado ya lo estamos viendo, no es necesario que nos proyectemos en el futuro para caer en la cuenta de que es el tiempo de la tiranía de los imbéciles.
Los principios y virtudes no percibibles por nuestros cinco sentidos que, no obstante, constituyen ideales a seguir, han sido removidos por la producción de bienes, poder y dinero, justamente lo que Sócrates denunciaba como flagelos. Tal vez es momento de regresar a las fuentes, de volcarse a las humanidades, pero con el añadido de que Platón y Aristóteles sean criticables o mejorables y que sepamos la deuda que tienen con la filosofía egipcia o india. Del mismo modo, hay que reconocer que la filosofía no es únicamente una actividad intelectual de Europa, que existe también en China, África y en los Andes sudamericanos. En suma, volver a la búsqueda de la verdad y dejar atrás etiquetas que solo han contribuido al problema que actualmente enfrentamos.
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